Educar
a un hijo es una de las tareas más gratificantes que
existen. Pero, también, una de las más complicadas
y que mayor responsabilidad implica. Mantener una actitud
de confianza en las relaciones entre padres e hijos facilita
enormemente esta labor. La confianza asume el papel de cualidad
en la relación educativa y comprende ciertos modos
de actuación, que pueden llegar a constituir un determinado
estilo de comportamiento.
En
muchas ocasiones hemos tenido que aceptar que nuestro hijo,
sabía lo que teníamos que decirle, no obstante,
ignorábamos sus intenciones. Asimismo, nos sentimos
sorprendidos al escuchar que nuestro hijo practica algunas
conductas que, dentro de nuestros cálculos, no le damos
la menor oportunidad de llevar a cabo, pero que nuestras amistades
se encargan de evidenciar lo contrario. Muchos padres de familia,
nos confían preocupados sus problemas porque no saben
"cómo llegar a sus hijos"; que hacen lo posible
por darles confianza, pero son vanos sus esfuerzos; en la
mayoría de los casos fracasan y el resultado agrava
más la situación original.
Debemos
aceptar, aunque nos sintamos frustrados, desencantados y desengañados,
que ha fallado algo que hasta ahora no habíamos hecho
consciente: la comunicación con ellos. Que adolecemos
de uno de los males que caracterizan a muchas familias y cuyas
repercusiones pueden ser serias si no actuamos con la madurez
que el caso lo requiere. La falta de confianza, la ausencia
de diálogo, que son otras formas de designar al mismo
fenómeno, apuntan hacia lo mismo: crear una barrera
entre ellos y nosotros. Un obstáculo que poco a poco
va cogiendo fuerza y dimensión y que más tarde
nos debilita tornándose casi imposible superar por
sus repercusiones en la vida familiar y social.
La
falta de confianza y sinceridad que nos impide comunicarnos
con nuestros hijos es algo que se va formando a partir de
la niñez, agudizándose en la adolescencia, etapa
en la que toma ribetes dramáticos de problema de conducta.
¿Qué
factores impiden la comunicación entre padres e hijos?
o ¿qué es lo que hace posible que la comunicación
se vaya perdiendo a medida que nuestro hijo se desarrolla?
No
existe una sola respuesta a estas interrogantes. Lo que resulta
cierto en la mayoría de los casos, es que ello depende
de nuestro estilo de llevar a la familia, de nuestro estilo
de autoridad, de nuestra forma cómo concebimos la disciplina
y la tolerancia. Como ocurre en todo aquello que concierne
al ser humano, cada escenario, cada ambiente configura nuestra
forma de ser. Nuestra actuación es primordial en la
formación de la personalidad de nuestros hijos. Ellos
se van formando y modelando con las garantías que le
ofrecemos en las etapas críticas de su desarrollo.
Cuando el niño atraviesa la etapa de la dependencia
y de la confianza básicas, debemos estar presentes
para ofrecerles nuestro apoyo; cuando se encuentran en la
etapa de la independencia, ya adolescentes, debemos estar
atentos a sus primeros intentos por adquirir seguridad. En
los momentos que ocurren sus primeras manifestaciones de amor
compartido, nuestra presencia y consejo les da la confianza
en cómo viven sus emociones y hacia dónde se
dirigen sus sentimientos, y como no podía ser de otro
modo, también en las desilusiones y frustraciones que
experimentarán. Todos estos momentos van construyendo
un puente de comprensión con nuestros hijos que tarde
o temprano inclinarán la balanza hacia la confianza
y el respeto, ingredientes necesarios para el entendimiento
y la búsqueda de canales de comunicación. Así,
se va forjando la confianza que es enriquecida a través
del diálogo y el entendimiento. Mientras los padres
tengamos el interés de construir en cada hijo un modelo
de virtudes, pensaremos que todo momento es oportuno para
sacarle provecho, y toda experiencia ganada es un aporte a
la construcción de este ser.
Se
espera que la confianza y seguridad de nuestros hijos se fundamente
en el buen ejemplo que irradiamos, en nuestra diaria forma
de demostrar nuestros afectos y resolver nuestros problemas,
en la transparencia de nuestras intenciones y la facilidad
con que interpretamos las cosas complicadas de la vida.
Por
último: mamás, papás... busquen la empatía
con sus hijos porque el tiempo hará más difícil
las relaciones con ellos y nos quedaremos solos... sin su
cariño.
Recomendaciones
para papás:
1.
Educa la voluntad de tus hijos y sus sentimientos.
2. La cólera es nociva para la educación de
los hijos. Evítala.
3. El secreto que un hijo confíe en ti debe ser como
una piedra lanzada al mar. Se esconde en el fondo, nadie la
ve, descubre, conoce.
4. Da siempre testimonio de tu palabra.
5. Entiende que la misión de ustedes es de orientar,
esclarecer, amar, comprender, incentivar.
6. Tu hijo muchas veces está psicológicamente
agobiado y siente la necesidad de desahogarse. Entiéndelo.
7. Escúchalo. Antes de contradecir a tu hijo, escucha,
analiza y trata de comprender lo que él quiere decir.
Y después habla, pero con amor.
8. Tu hijo precisa consejos y recomendaciones, pero deben
ser bien dosificados, dados con amor y bondad.
9. Ama a tus hijos. El amor siempre trae unidad y conlleva
a hacer obras de bien. Una vida sin amor es una vida vacía
y sin sentido.
10. Evita la crítica. El exceso de críticas
y de censuras elimina el incentivo y el deseo del bien.
11. Señala con amor los errores de tu hijo, aprecia
sus virtudes, incentiva el bien y valoriza sus buenas acciones.