“...ni
princesa ni esclava,
simplemente mujer...”
Canción
popular
Desde
la antigüedad, se han separado las acciones propias de
los hombres y las mujeres. La mujer no tenía la libertad
que ahora tiene, y este cambio se dio a partir de la época
en que surgió el feminismo. Esta corriente aunque ha
tenido muchos aciertos, ha despertado en las mujeres un espíritu
de rebeldía.
Las
mujeres se rebelaron e iniciaron el movimiento feminista,
tal vez en esa lucha no pensaron que pudieran ser malinterpretadas,
ellas buscaban la igualdad en el aspecto laboral y de otros
derechos, pero su lucha más fuerte fue la liberación
de la mujer del yugo masculino. Bien por ellas.
Pero
desgraciadamente, esa libertad se ha confundido con libertinaje
en el que la mujer pierde toda dignidad y es manipulada fácilmente
como objeto de placer. Es más, los hombres se aprovechan
de esa “libertad” y les exigen que se ocupen también
de labores propias de los hombres y ellos consecuentemente
perdido el respeto y la caballerosidad de los años
de oro de la sociedad: ya no ceden el lugar a las damas, hablan
improperios delante de las mujeres, se comportan como patanes
delante de ellas, y todo esto resulta en detrimento del sexo
femenino.
Hoy
en día este concepto ha traído confusión:
muchas mujeres han abanderado el feminismo en aras de la libertad
o de la rebeldía, pero ¿en qué sentido?
Las
mujeres de este tipo, que se dicen libres o rebeldes, abandonan
su responsabilidad de esposas y madres, las solteras se desnudan
en público imitando a las profesionales y para deleite
de los hombres y degradación de las mujeres; además
tratan de imitar e igualarse al hombre utilizando un lenguaje
vulgar cuando se reúnen con ellos, ¿es eso libertad?
¿es eso rebeldía? No es en ese sentido que debe
ser tomada la libertad o rebelión en el movimiento
feminista; es la libertad de mente, espíritu, pensamiento,
palabra y decisión, sin perder nuestra condición
de mujer; es rebeldía con causa y por razones que valen
la pena.
Es
cierto que hombres y mujeres somos diferentes, aunque sabemos
que el hombre tiene una parte femenina y la mujer una parte
masculina en su configuración genética; por
eso no es posible afirmar que uno sea más inteligente
que la otra o viceversa. La capacidad intelectual es la misma.
Sin embargo, hay que hacer hincapié en la diferencia
de fuerza física que es obvia y es un campo donde la
mujer no podría desarrollar, con el mismo rendimiento,
las labores de un hombre. Es bueno rebelarse del yugo masculino;
porque sabemos que en nuestra sociedad machista, algunos hombres
sojuzgan a las mujeres y no les permiten ni siquiera la libertad
en el buen sentido que mencioné anteriormente.
Sabemos
y reconocemos que el hombre es la cabeza de la familia, es
la autoridad. Y esta autoridad es la que algunos hombres no
entienden muy bien; creen que tener la autoridad es ser dueño
de las voluntades de quienes lo rodean y es cuando se manifiesta
el machismo; y éste sería un tema aparte para
comentar. En este caso podemos preguntarnos ¿quién
es la persona responsable de esta situación? ¿la
mujer sumisa? o ¿el hombre macho?
La
mujer sumisa vive amenazada y asustada, no hay mucho qué
decir de ella, es sólo una sombra del hombre que está
a su lado, no tiene ni voz ni voto; y no estoy hablando de
las talibanes; esto lo observamos también en nuestra
sociedad. La mujer sumisa no se acepta a sí misma como
un ser pensante, funciona como robot manipulada por su hombre
y a veces hasta por los hijos. Son cobardes y son las eternas
víctimas; y a veces les conviene estar así,
pero no es sano, por el bien de la familia.
Y
la verdadera mujer rebelde es aquella que se permite ser ella
misma, que es el eje de su familia, que sugiere de manera
sutil, que lleva el timón o dicta las coordenadas,
que sabe utilizar su astucia para simular sumisión
cuando convenga y rebeldía en el momento adecuado y
de forma discreta; la que lucha por ideales propios y ajenos
que tengan un fin común y de beneficio, no sólo
para ella, sino para la humanidad entera. Es la que lucha
por la justicia desde dentro de su hogar educando a los hijos
y desde su trabajo cumpliendo con excelencia.
En
nuestra cultura, nosotras las mujeres somos el pilar de la
familia (matriarcado disfrazado de patriarcado) y ello nos
pone en una situación muy especial puesto que las decisiones
más importantes de la familia pueden ser tamizadas
por nosotras -si así lo queremos-, pero también
puede ser que hagamos caso omiso a este atributo y entonces
solamente estemos viviendo a través de los hombres
y nuestras vida se convierta en la robotización de
la mujer, tú eliges.
Nosotras
tenemos el poder de decidir y eso nos hace importantes. Somos
madres, hermanas, esposas, hijas y sin la fuerza de nuestra
presencia no existe nada.