Medio
mundo mira de reojo al otro medio y nadie queda a salvo. El
rascacielos del odio es tan bravo como la venganza de un mar
picado. Saltan chispas en doquier mar y, en tierra, el terror
es diluvio diario entre civilizaciones incivilizadas dispuestas
a cargarse la vida, a las que habría que civilizar
con un diálogo más del corazón, puesto
que en el alma del ser humano se da la aspiración del
bien. Se dice que para hacer frente al terrorismo que vive
hoy el mundo, es necesaria una respuesta internacional sin
fisuras, pero también pienso que tenemos que trabajar
en abrirnos alianzas entre unos y otros, crear un clima de
convivencia más humana.
Un mundo
en estado de alerta, o de alarma, o alarmado por el terror,
precisa de unos cuidados de interioridad y de interiorización
ciudadana, para llegar al redescubrimiento de la belleza existencial,
más allá de los horizontes limitados por poderes
mundanos, que todo lo reducen a un cultivo cultural sumergido
en el materialismo atroz y en el consumismo más bestial.
Un mundo cebado por el rencor, enconado en la irreverencia,
no puede llegar a ser un lugar de encuentro, de vida y de
verso. La comprensión sí que es un buen germen
para que nazca un mundo distinto al actual, empotrado en el
límite incesante de la catástrofe; un mundo
menos distante en corazones y más sabio en vivir para
los demás, una buena manera de también vivir
para sí.
En cualquier
caso, este diluvio de acciones salvajes y de coacciones feroces,
de tomar la justicia como cada cual le venga en gana, es una
forma de morir deshumanizadamente toda la humanidad. Frente
a tanta incomprensión e intolerancia entre culturas
que han de compartir una misma vida, lo más sensato
es buscar abecedarios de reconciliación y conciliar
posturas. Aunque tenemos el derecho a defendernos del terror,
también tenemos el deber de hacer hasta lo imposible
para que no se produzca la barbarie. Quien mata cultiva sentimientos
de desprecio hacia al mundo, hacia sí mismo y hacia
todos. Piensa que la verdad en la que cree, la libertad en
la que sueña, la justicia a la que aspira, se impone
a mano armada. Por ello, es vital que las culturas se cultiven
en propuestas de vida, lejos de bandos intimidatorios y de
toda violación a la dignidad de la persona.
Con buen
tino, los líderes del G8 anunciaron su intención
de incrementar la cooperación para proteger los transportes
de posibles ataques terroristas. “Trabajaremos para
mejorar” a la hora de “compartir información
sobre el movimiento de terroristas por las fronteras internacionales”.
Ciertamente, en estos tiempos azarosos toda colaboración
es necesaria; pero, a lo anterior, sumemos un níveo
tono que lo da el perdón para reponerse y ponerse en
conversación, antes que el timbre de la paz se pare;
y, con ello, el corazón del mundo, ahogado por el terror,
deje de latir para todos.