Ahora
que tenemos tantos observatorios de vida desparramados por
el mundo, se me ocurre proponer un laboratorio analítico
de conductas. La primera que debería pasar por rayos,
es la propia sociedad. Estoy seguro que ganan los infelices
por mayoría absoluta a los felices. La estupidez de
los intereses se ha convertido en el ídolo de la muchedumbre.
El soborno entre poderes, la corrupción escudada en
instituciones, los escándalos entre personas que debieran
ser ejemplo en la buena dirección del timón,
por desgracia, están a la orden del día. Calvario
que nos desordena logros y nos desconcierta caridades. Coexisten
grupos organizados para beneficio de sus afilados, no los
afiliados para beneficio de un bien común. Cada uno
coge el bastón por donde le conviene y arrea sapos
por la boca según el lucro personalísimo. Esto
es un caos de provechos (y aprovechados) al que habría
que poner remedio.
Sucede
que por no ser, no somos francos ni con nosotros mismos. Teniendo
en cuenta que son las relaciones entre personas lo que da
valor a esta sociedad, deberíamos hacer más
vida desinteresada. Eso de que todavía la humanidad
se divida por convites: los que tienen más almuerzos
que hambre y los que tienen más hambre que almuerzos;
causa verdadero pavor. Por mucha esperanza y almíbar
que pongamos en Naciones Unidas, en los ofrecimientos, salvas
y demás compromisos adquiridos, cuando la sociedad
se disgrega y pierde el sentido común, resulta bastante
difícil el cumplimiento de promesas. Cada día
son menos las personas, o instituciones, que luchan contra
el cúmulo de injusticias reinantes, incondicionalmente
entregadas a sembrar convivencias; y más, los oportunistas,
que se apuntan a llenarse los bolsillos con las migajas de
los excluidos.
En
vista de cómo está el patio de usuras, el saludable
viento de la concordia del Premio Príncipe de Asturias,
ha hecho justicia al devolvernos un poco de luz ante tantas
sombras de rentas y botines puestas en veda, premiando a una
de las congregaciones católicas más entregadas
a un espíritu solidario, con razón son Hijas
de la Caridad, porque su vida se fundamenta en la práctica
de las virtudes de humildad, sencillez y caridad, añadidas
a las del respeto, compasión y cordialidad para servir
a los pobres. Llevan consigo, y hasta el infinito, el amor
creativo. Estoy seguro que, si en la maquina social, el amor
fuese motor y la persona amante, el clima sería más
pacífico y el ambiente más pacificador.
Debemos
emplearnos a fondo en cambiar esta sociedad repugnante de
intereses. Siempre unidos, como la admirada y querida Compañía,
a la que San Vicente imprime una originalidad propia, que
conviene llevarse a los labios del corazón: “tendrán
por monasterios, las casas de los enfermos; por celda, una
habitación de alquiler; por capilla, la parroquia;
por claustro, las calles de la ciudad y las salas de los hospitales;
por clausura, la obediencia; por rejas, el temor de Dios;
por velo, la santa modestia”. Bella expresión
para abrazarse a esta vida que a veces se nos presenta como
una cadena de fracasos.
Al
fin y al cabo, podrá ser una comedia de enredo formar
parte de la familia humana, pero estar fuera de ella, a todas
luces, es una trágica tragicomedia. En todo caso, nos
interesa interesarnos los unos por los otros, puesto que vivir
en soledad es otra forma de morir.