Pensaba
sobre ese don excelente de la naturaleza que es la libertad,
señal distintiva de los seres racionales, mientras
extendía la mirada por el mar del universo e injertaba
el corazón de poesía. Me siento con poco aire
de libertad. Y cuando el alma se siente herida por las rejas
ciudadanas, acostumbro a salirme para reencontrarme. La opresión
que soportamos es algo tremendo.
Yo
no encuentro libertad. Está ausente de nuestro diario
de vida. Esto es un gravísimo problema que hemos de
curar con urgencia. Cuidado con esos falsos libertadores (se
reproducen como cucarachas) que cultivan mentiras en sus aparentes
jardines, donde crecen injusticias y arbitrariedades a raudales.
El panorama no es muy tranquilizador. Nadie se fía
de nadie. Nadie respeta a nadie. Un juego peligrosísimo
que crispa y lo que convulsiona acaba explotando. Eso de que
el derecho del más fuerte sea lo que vence me destroza
la esperanza.
Se
impone la fuerza del chulo antes que el diálogo del
serio. El estado de dominación e intervencionismo que
soportamos es tan cruel que nos deja sin aliento. Lo de luchar
por el bien común es pura hipocresía. Tanto
tienes (de poder) tanta libertad (de movimiento chulesco)
posees. No son pocas las personas que abusan de su poder sin
preocuparse de la objetividad rigurosa.
Esta
libertad falsificada que nos pretenden inyectar en vena para
nada nos pacifica. La excesiva politización de derechos
fundamentales nos deja sin derechos dignos. Nos los roban.
Nacen por ley natural, o sea, de vida. Son geniales para crecer
en humanidad como persona. Por desgracia, cada gobierno quiere
imponer su ley ideológica y hace su negocio pensando
en las urnas. Esto es un calvario. Se utilizan todas las artimañas
habidas y por haber. Como si fuese un reto. Se reta con descaro.
Se ponen a punto los cebos en las autonómicas ratoneras
como si los humanos fuésemos ratones. Se nos perdona
la vida si somos afines. La muestra, este botón. Ya
estamos en vías de otra ley educativa (de nombre),
puesto que nos aborrega y deshumaniza. El Estado quiere educar
a nuestros hijos. ¿Habrá mayor esclavitud?
Con
este panorama, la paz social no tiene ganas de abrazarnos.
No nos soporta. Le caemos mal. Los acuerdos de convivencia,
los pactos entre humanos, son cada día más difíciles
porque se parte de la farsa. Y si algo se pacta es más
bien por conveniencia de intereses. Alguien debería
poner orden en este diluvio de desórdenes. No vayamos
a seguir expropiando libertades y conquistas de siglos. Las
aguas sólo se serenan cuando prevalece un clima de
confianza. Lo genera un sol responsable y una luna verdadera.
Los satélites de la mentira están consiguiendo
que España sea un pueblo menos libre y más mezquino.
Me resisto a vivir según el político que nos
legisla a su antojo. Prefiero vivir según la naturaleza,
es decir, de acuerdo con la moral y la virtud.