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(3 de julio de 2005)
 
Cómo lograr autoridad positiva en los padres // Ernesto Rodríguez Moguel
 

Una casa será fuerte e indestructible cuando esté sostenida por
estas cuatro columnas: padre valiente, madre prudente,
hijo obediente, hermano complaciente.

Confucio

La autoridad de los padres, no ejercida de manera correcta hacia los hijos crea una serie de conflictos que ponen de cabeza a la familia. ¿Te has puesto a pensar que los niños cuando nacen todos son amorosos, comprometidos, juguetones, curiosos, etc. Y que a medida que van creciendo, estos niños se convierten en niños malcriados, intolerables y dan muchos dolores de cabeza a los padres? Pues te diré que los niños son los que menos responsabilidad tienen en su formación. A medida que crecen los padres van conduciendo el hijo de acuerdo dentro de un esquema de autoridad que puede funcionar en su formación o bien este esquema es el caos para el niño y sobretodo para la familia.

Los padres deben saber cómo infundir respeto y autoridad a sus hijos para que la educación que pretenden proporcionarles, sea una educación de calidad y calidez en donde el respeto a la autoridad sea bien entendida.

Errores que debilitan y disminuyen la autoridad de los padres son:

La permisividad. Es imposible educar sin intervenir. El niño, cuando nace, no tiene conciencia de lo que es bueno ni de lo que es malo. No sabe si se puede rayar en las paredes o no. Los adultos somos los que hemos de decirle lo que está bien o lo que está mal. El dejar que se ponga de pie encima del sofá porque es pequeño, por miedo a frustrarlo o por comodidad es el principio de una mala educación. Un hijo que hace "diabluras" y sus padres no le corrigen, piensa que es porque sus padres ni lo estiman ni lo valoran. Los niños necesitan referentes y límites para crecer seguros y felices.

Ceder después de decir no. Una vez que has decidido a actuar, la primera regla de oro a respetar es la del no. Nunca se puede negociar el no, esto es el error más frecuente y que más daño hace a los niños. Cuando vayan a decir no a su hijo, piénsenlo bien, porque no hay marcha atrás. Si le han dicho a su hijo que hoy no verá la televisión, porque ayer estuvo más tiempo del que debía y no hizo la tarea, su hijo no puede ver la televisión aunque lo pida de rodillas. Hay niños muy bien entrenados en este teatrito. En cambio, el sí, sí se puede negociar. Si usted piensa que el niño puede ver la televisión esa tarde, negocie con él qué programa y cuánto rato.

El autoritarismo. Es el otro extremo de la permisividad. Es hacer que el niño haga todo lo que el padre quiere anulándole su personalidad. El autoritarismo sólo persigue la obediencia por la obediencia. Su objetivo no es formar a una persona equilibrada y con capacidad de autodominio, sino hacer una persona sumisa, esclavo sin iniciativa, que haga todo lo que dice el adulto. Es tan negativo para la educación como la permisividad.

Falta de coherencia. Ya he anotado que los niños deben de tener referentes y límites estables. Las reacciones del padre/madre deberán ser siempre dentro de una misma línea ante los mismos hechos. Si hoy está mal rayar en la pared, mañana, también. Igualmente es fundamental la coherencia entre el padre y la madre. Si el padre le dice a su hijo que se ha de comer con los cubiertos, la madre le debe de apoyar, y viceversa. No permitas caer en la trampa de: "Déjalo que coma como quiera, lo importante es que coma".

Gritar. Perder los estribos. A veces es difícil no perderlos. De hecho todo padre sincero reconoce haberlos perdido alguna vez en mayor o menor medida. Perder los estribos supone un abuso de la fuerza que conlleva una humillación y un deterioro de la autoestima del niño. El niño se acostumbra a los gritos y cada vez hace menos caso. Al final, para que el niño haga caso, habría que gritar tanto que ninguna garganta humana está concebida para alcanzar la potencia de grito necesaria para que el niño reaccione. Gritar conlleva un gran peligro inherente. Cuando los gritos no dan resultado, la ira del adulto puede pasar fácilmente al insulto, la humillación e incluso los malos tratos psíquicos y físicos, lo cual es muy grave. Nunca deberán llegar a este extremo.

No cumplir las promesas ni las amenazas. El niño aprende muy pronto que cuanto más promete o amenaza un padre/madre menos cumple lo que dicen. Cada promesa o amenaza no cumplida es un trozo de autoridad que se queda por el camino. Las promesas y amenazas deber ser realistas, es decir fáciles de aplicar. Un día sin tele o sin salir, es posible. Un mes es imposible.

No negociar. No negociar nunca implica rigidez e inflexibilidad. Supone autoritarismo y abuso de poder, y por lo tanto incomunicación. Este es un camino ideal para que en la adolescencia se rompan las relaciones entre los padres y los hijos.

No escuchar. Un buen padre es el que escucha a su hijo aunque esté hablando por teléfono. Muchas veces se quejan de que sus hijos no los escuchan. Y el problema es que ustedes no han escuchado nunca a sus hijos. Los han juzgado, evaluado y les han dicho lo que habían de hacer, pero escuchar... nunca.

Exigir éxitos inmediatos. Con frecuencia, ustedes papás, tienen poca paciencia con sus hijos. Querrían que fueran los mejores, pero ¡ya! Olvidan que hasta la fecha nadie ha nacido con conocimientos y todos requerimos un periodo de aprendizaje con sus correspondientes errores para aprender.

Como deberás actuar para tener autoridad positiva ante tus hijos:

Tengan objetivos claros de lo que pretendemos cuando educamos. Estos objetivos han de ser pocos, formulados y compartidos por la pareja, de tal manera que los dos se sientan comprometidos con el fin que persiguen. Requieren tiempo para platicarlo, incluso, a veces, papel y lápiz para precisarlos y no olvidarlos.

Enseñen con claridad cosas concretas. El niño no entiende cuando le dicen "sé bueno", "pórtate bien" o "come bien". Estas instrucciones generales no le dicen nada. Lo que sí le vale es darle con cariño instrucciones concretas de cómo se toma el tenedor y el cuchillo, por ejemplo.

Den tiempo de aprendizaje. Una vez hemos dado las instrucciones concretas y claras, las primeras veces que las pone en práctica, necesita atención y apoyo mediante ayudas verbales y físicas, si es necesario. Son cosas nuevas para él y requiere un tiempo y una práctica guiada. Valorar siempre sus intentos y sus esfuerzos por mejorar, resaltando lo que hace bien y pasando por alto lo que hace mal. Pensemos que lo que le sale mal no es por fastidiarnos, sino porque está en proceso de aprendizaje. Al niño, como al adulto, le encanta tener éxito y que se lo reconozcan.

Den ejemplo para tener fuerza moral y prestigio. Sin coherencia entre las palabras y los hechos, jamás conseguiremos nada de los hijos. Antes, al contrario, les confundiremos y les defraudaremos. Un padre no puede pedir a su hijo que haga la cama si él no la hace nunca.

Confíen en sus hijo. La confianza es una de las palabras clave. La autoridad positiva supone que el niño tenga confianza en los padres. Es muy difícil que esto ocurra si el padre no da ejemplo de confianza en el hijo.

Actúen y huyan de los discursos. Una vez que el niño tiene claro cual ha de ser su actuación, es contraproducente invertir el tiempo en discursos para convencerlo. Los sermones tienen un valor de efectividad igual a 0. Una vez que el niño ya sabe qué ha de hacer, y no lo hace, actúa consecuentemente y aumentará tu autoridad.

Reconozcan los propios errores. Nadie es perfecto, los padres tampoco. El reconocimiento de un error por parte de los padres da seguridad y tranquilidad al niño y le anima a tomar decisiones aunque se pueda equivocar, porque los errores no son fracasos, sino equivocaciones que nos dicen lo que debemos evitar. Los errores enseñan cuando hay espíritu de superación en la familia.

Usen el sentido común. El sentido común es lo que hace que se aplique la técnica adecuada en el momento preciso y con la intensidad apropiada, en función del niño, del adulto y de la situación en concreto. El sentido común nos dice que no debemos matar moscas a cañonazos ni leones a pedradas. Un adulto debe tener sentido común para saber si tiene delante una mosca o un león.

El amor ante todo. Mantenga la autoridad en un clima de amor, porque el amor hace que las técnicas no conviertan la relación en algo frío, rígido e inflexible y, por lo tanto, superficial y sin valor a largo plazo. El amor supone tomar decisiones que a veces son dolorosas, a corto plazo, para los padres y para los hijos, pero que después son valoradas de tal manera que dejan un buen sabor de boca y un bienestar interior en los hijos y en los padres.

 
Fuente: Texto enviado por el autor