Una
casa será fuerte e indestructible cuando esté
sostenida por
estas cuatro columnas: padre valiente, madre prudente,
hijo obediente, hermano complaciente.
Confucio
La
autoridad de los padres, no ejercida de manera correcta hacia
los hijos crea una serie de conflictos que ponen de cabeza
a la familia. ¿Te has puesto a pensar que los niños
cuando nacen todos son amorosos, comprometidos, juguetones,
curiosos, etc. Y que a medida que van creciendo, estos niños
se convierten en niños malcriados, intolerables y dan
muchos dolores de cabeza a los padres? Pues te diré
que los niños son los que menos responsabilidad tienen
en su formación. A medida que crecen los padres van
conduciendo el hijo de acuerdo dentro de un esquema de autoridad
que puede funcionar en su formación o bien este esquema
es el caos para el niño y sobretodo para la familia.
Los
padres deben saber cómo infundir respeto y autoridad
a sus hijos para que la educación que pretenden proporcionarles,
sea una educación de calidad y calidez en donde el
respeto a la autoridad sea bien entendida.
Errores
que debilitan y disminuyen la autoridad de los padres son:
La
permisividad. Es imposible educar sin intervenir. El niño,
cuando nace, no tiene conciencia de lo que es bueno ni de
lo que es malo. No sabe si se puede rayar en las paredes o
no. Los adultos somos los que hemos de decirle lo que está
bien o lo que está mal. El dejar que se ponga de pie
encima del sofá porque es pequeño, por miedo
a frustrarlo o por comodidad es el principio de una mala educación.
Un hijo que hace "diabluras" y sus padres no le
corrigen, piensa que es porque sus padres ni lo estiman ni
lo valoran. Los niños necesitan referentes y límites
para crecer seguros y felices.
Ceder
después de decir no. Una vez que has decidido a actuar,
la primera regla de oro a respetar es la del no. Nunca se
puede negociar el no, esto es el error más frecuente
y que más daño hace a los niños. Cuando
vayan a decir no a su hijo, piénsenlo bien, porque
no hay marcha atrás. Si le han dicho a su hijo que
hoy no verá la televisión, porque ayer estuvo
más tiempo del que debía y no hizo la tarea,
su hijo no puede ver la televisión aunque lo pida de
rodillas. Hay niños muy bien entrenados en este teatrito.
En cambio, el sí, sí se puede negociar. Si usted
piensa que el niño puede ver la televisión esa
tarde, negocie con él qué programa y cuánto
rato.
El
autoritarismo. Es el otro extremo de la permisividad. Es hacer
que el niño haga todo lo que el padre quiere anulándole
su personalidad. El autoritarismo sólo persigue la
obediencia por la obediencia. Su objetivo no es formar a una
persona equilibrada y con capacidad de autodominio, sino hacer
una persona sumisa, esclavo sin iniciativa, que haga todo
lo que dice el adulto. Es tan negativo para la educación
como la permisividad.
Falta
de coherencia. Ya he anotado que los niños deben de
tener referentes y límites estables. Las reacciones
del padre/madre deberán ser siempre dentro de una misma
línea ante los mismos hechos. Si hoy está mal
rayar en la pared, mañana, también. Igualmente
es fundamental la coherencia entre el padre y la madre. Si
el padre le dice a su hijo que se ha de comer con los cubiertos,
la madre le debe de apoyar, y viceversa. No permitas caer
en la trampa de: "Déjalo que coma como quiera,
lo importante es que coma".
Gritar.
Perder los estribos. A veces es difícil no perderlos.
De hecho todo padre sincero reconoce haberlos perdido alguna
vez en mayor o menor medida. Perder los estribos supone un
abuso de la fuerza que conlleva una humillación y un
deterioro de la autoestima del niño. El niño
se acostumbra a los gritos y cada vez hace menos caso. Al
final, para que el niño haga caso, habría que
gritar tanto que ninguna garganta humana está concebida
para alcanzar la potencia de grito necesaria para que el niño
reaccione. Gritar conlleva un gran peligro inherente. Cuando
los gritos no dan resultado, la ira del adulto puede pasar
fácilmente al insulto, la humillación e incluso
los malos tratos psíquicos y físicos, lo cual
es muy grave. Nunca deberán llegar a este extremo.
No
cumplir las promesas ni las amenazas. El niño aprende
muy pronto que cuanto más promete o amenaza un padre/madre
menos cumple lo que dicen. Cada promesa o amenaza no cumplida
es un trozo de autoridad que se queda por el camino. Las promesas
y amenazas deber ser realistas, es decir fáciles de
aplicar. Un día sin tele o sin salir, es posible. Un
mes es imposible.
No
negociar. No negociar nunca implica rigidez e inflexibilidad.
Supone autoritarismo y abuso de poder, y por lo tanto incomunicación.
Este es un camino ideal para que en la adolescencia se rompan
las relaciones entre los padres y los hijos.
No
escuchar. Un buen padre es el que escucha a su hijo aunque
esté hablando por teléfono. Muchas veces se
quejan de que sus hijos no los escuchan. Y el problema es
que ustedes no han escuchado nunca a sus hijos. Los han juzgado,
evaluado y les han dicho lo que habían de hacer, pero
escuchar... nunca.
Exigir
éxitos inmediatos. Con frecuencia, ustedes papás,
tienen poca paciencia con sus hijos. Querrían que fueran
los mejores, pero ¡ya! Olvidan que hasta la fecha nadie
ha nacido con conocimientos y todos requerimos un periodo
de aprendizaje con sus correspondientes errores para aprender.
Como
deberás actuar para tener autoridad positiva ante tus
hijos:
Tengan
objetivos claros de lo que pretendemos cuando educamos. Estos
objetivos han de ser pocos, formulados y compartidos por la
pareja, de tal manera que los dos se sientan comprometidos
con el fin que persiguen. Requieren tiempo para platicarlo,
incluso, a veces, papel y lápiz para precisarlos y
no olvidarlos.
Enseñen
con claridad cosas concretas. El niño no entiende cuando
le dicen "sé bueno", "pórtate
bien" o "come bien". Estas instrucciones generales
no le dicen nada. Lo que sí le vale es darle con cariño
instrucciones concretas de cómo se toma el tenedor
y el cuchillo, por ejemplo.
Den
tiempo de aprendizaje. Una vez hemos dado las instrucciones
concretas y claras, las primeras veces que las pone en práctica,
necesita atención y apoyo mediante ayudas verbales
y físicas, si es necesario. Son cosas nuevas para él
y requiere un tiempo y una práctica guiada. Valorar
siempre sus intentos y sus esfuerzos por mejorar, resaltando
lo que hace bien y pasando por alto lo que hace mal. Pensemos
que lo que le sale mal no es por fastidiarnos, sino porque
está en proceso de aprendizaje. Al niño, como
al adulto, le encanta tener éxito y que se lo reconozcan.
Den
ejemplo para tener fuerza moral y prestigio. Sin coherencia
entre las palabras y los hechos, jamás conseguiremos
nada de los hijos. Antes, al contrario, les confundiremos
y les defraudaremos. Un padre no puede pedir a su hijo que
haga la cama si él no la hace nunca.
Confíen
en sus hijo. La confianza es una de las palabras clave. La
autoridad positiva supone que el niño tenga confianza
en los padres. Es muy difícil que esto ocurra si el
padre no da ejemplo de confianza en el hijo.
Actúen
y huyan de los discursos. Una vez que el niño tiene
claro cual ha de ser su actuación, es contraproducente
invertir el tiempo en discursos para convencerlo. Los sermones
tienen un valor de efectividad igual a 0. Una vez que el niño
ya sabe qué ha de hacer, y no lo hace, actúa
consecuentemente y aumentará tu autoridad.
Reconozcan
los propios errores. Nadie es perfecto, los padres tampoco.
El reconocimiento de un error por parte de los padres da seguridad
y tranquilidad al niño y le anima a tomar decisiones
aunque se pueda equivocar, porque los errores no son fracasos,
sino equivocaciones que nos dicen lo que debemos evitar. Los
errores enseñan cuando hay espíritu de superación
en la familia.
Usen
el sentido común. El sentido común es lo que
hace que se aplique la técnica adecuada en el momento
preciso y con la intensidad apropiada, en función del
niño, del adulto y de la situación en concreto.
El sentido común nos dice que no debemos matar moscas
a cañonazos ni leones a pedradas. Un adulto debe tener
sentido común para saber si tiene delante una mosca
o un león.
El
amor ante todo. Mantenga la autoridad en un clima de amor,
porque el amor hace que las técnicas no conviertan
la relación en algo frío, rígido e inflexible
y, por lo tanto, superficial y sin valor a largo plazo. El
amor supone tomar decisiones que a veces son dolorosas, a
corto plazo, para los padres y para los hijos, pero que después
son valoradas de tal manera que dejan un buen sabor de boca
y un bienestar interior en los hijos y en los padres.