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Poco
después de hablar con Briceida Cuevas, quien me preguntó
cómo veía la conquista desde Madrid y qué
valor se daba desde España al deseo de los pueblos indígenas
por sobrevivir en este momento, tuve ocasión de conversar
con David Yah Balam, auxiliar de investigación maya en
el Instituto Quintanarroense de la Cultura. Este hombre ha escrito
unos cuentos prehispánicos de la Tercera Edad, en cuyos
inicios cita que fue en 1549 cuando los primeros franciscanos
llegaron a Yucatán, entre los cuales se encontraba el
célebre Diego de Landa. Este obispo escribió una
llamada “Relación de las cosas de Yucatán”
que quería ser una historia de los mayas, pero que en
realidad se trataba de la pretendida reconstrucción de
los Códices que él mismo mandó quemar el
12 de julio de 1562 en el atrio de una iglesia. David me relata
que el motivo de mandar quemar estos códices fue que,
una vez aprendida la lengua maya y habiendo comenzado a descifrar
los códices, el fraile se asustó al leer que los
antepasados de los indígenas que él trataba de
evangelizar permitían que en determinados actos les sangraran
las orejas u otras partes del cuerpo y presumió la existencia
de sacrificios humanos, por lo que supuso que era mejor destruir
aquellos testimonios para evitar su perpetuación en un
pueblo que se quería traer al redil de la iglesia. Esta
quema fue el origen de un desconocimiento importante de esta
cultura milenaria que sólo el posterior descubrimiento
de sus ruinas milenarias, los libros del Chilam Balam, las leyendas
del Popol Vuh o tres códices, uno de ellos depositados
en Madrid, que se libraron del fuego, hicieron posible develar
parte de esta cultura que, sin embargo, los propios mayas siguen
conservando en medio de la adversidad. Como datos negativos
de la conquista para este pueblo podríamos almacenar
tal vez demasiados. Uno de ellos, el primer Montejo fundó
la ciudad de Mérida, capital de Yucatán, sobre
la ciudad maya de Ichcaanzihó que había sido un
importante centro cultural y político. También
la catedral de Mérida, excesivamente grande para la población
existente en 1598, se edificó con las piedras que formaban
un monumental centro de adoración maya que, para lograr
este menester, fue destruido. Incursiones posteriores de arqueólogos
norteamericanos o europeos, supusieron la evasión de
restos y documentos que son de primera mano para el estudio
de un pasado esplendoroso y que hoy se conservan en vitrinas,
archivos y bibliotecas inaccesibles a los estudios del mundo
maya. De todas formas, el Méjico mestizo que nació
en Tlatelolco conserva demasiados documentos para el estudio
de los mayas y de otros pueblos de Mesoamérica. Un buen
testimonio está en el Museo de Antropología de
la ciudad de México o en los museos locales. También
la labor de rescate de las tradiciones orales es muy importante
en todo el ámbito maya y las publicaciones como “Mundo
maya”, espléndida revista editada en inglés
y español, que hacen un recorrido permanente por el pasado
y el futuro. Pero lo más importante, me parece, es la
voluntad de quienes se agrupan en talleres literarios, como
el de Calkiní en Campeche o el documento permanente de
la publicación “Nuestra Palabra” de la Dirección
General de Cultural Populares de Méjico que permite la
inserción de trabajos, como relatos, cuentos, tradiciones,
etc., en lenguas indígenas y traducciones españolas
o los acercamientos continuos a los poderes públicos
para lograr publicaciones, financiaciones, para encuentros de
indígenas o la puesta al día de sus posibilidades
gráficas para adaptarlas al acoso de la tecnología
punta o la informática de rasgos anglo. Es una manera
de desafiar a los medios de comunicación y de implantar
sistemas y modos que no permiten la asfixia de una cultura tan
importante. La resurrección de la misma se está
haciendo gracias a revitalizar la tradición oral y del
culto a su propia valía como pueblo, que no habría
perdido su proyección histórica en el siglo XVI
de haber evitado las guerras intestinas y el abandono de su
poder frente a un invasor que difícilmente podría
haberse enfrentado con la cohesión de un pueblo capaz
de construir el universo casi mítico que hoy podemos
contemplar en toda la geografía maya. Una resistencia
a estos conquistadores se ha mantenido hasta la fecha, aunque
sólo sea en el interior de su familia, en su modesto
hábitat de casas de paja, en sus comunidades arraigadas
y solidarias frente al exterior y en la conservación
de su lengua y de sus tradiciones, como son las danzas, cantos
y leyendas primitivas y las ceremonias religiosas que, ahora
católicas, siguen manteniendo creencias antiguas sobre
todo a la hora de la siembra o en otros aspectos de la vida
y la muerte, como son los ritos del bautismo o la honra a los
muertos.
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