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(3 de abril de 2005)
 
Un obispo incendiario // Manuel Quiroga Clérigo
 
Poco después de hablar con Briceida Cuevas, quien me preguntó cómo veía la conquista desde Madrid y qué valor se daba desde España al deseo de los pueblos indígenas por sobrevivir en este momento, tuve ocasión de conversar con David Yah Balam, auxiliar de investigación maya en el Instituto Quintanarroense de la Cultura. Este hombre ha escrito unos cuentos prehispánicos de la Tercera Edad, en cuyos inicios cita que fue en 1549 cuando los primeros franciscanos llegaron a Yucatán, entre los cuales se encontraba el célebre Diego de Landa. Este obispo escribió una llamada “Relación de las cosas de Yucatán” que quería ser una historia de los mayas, pero que en realidad se trataba de la pretendida reconstrucción de los Códices que él mismo mandó quemar el 12 de julio de 1562 en el atrio de una iglesia. David me relata que el motivo de mandar quemar estos códices fue que, una vez aprendida la lengua maya y habiendo comenzado a descifrar los códices, el fraile se asustó al leer que los antepasados de los indígenas que él trataba de evangelizar permitían que en determinados actos les sangraran las orejas u otras partes del cuerpo y presumió la existencia de sacrificios humanos, por lo que supuso que era mejor destruir aquellos testimonios para evitar su perpetuación en un pueblo que se quería traer al redil de la iglesia. Esta quema fue el origen de un desconocimiento importante de esta cultura milenaria que sólo el posterior descubrimiento de sus ruinas milenarias, los libros del Chilam Balam, las leyendas del Popol Vuh o tres códices, uno de ellos depositados en Madrid, que se libraron del fuego, hicieron posible develar parte de esta cultura que, sin embargo, los propios mayas siguen conservando en medio de la adversidad. Como datos negativos de la conquista para este pueblo podríamos almacenar tal vez demasiados. Uno de ellos, el primer Montejo fundó la ciudad de Mérida, capital de Yucatán, sobre la ciudad maya de Ichcaanzihó que había sido un importante centro cultural y político. También la catedral de Mérida, excesivamente grande para la población existente en 1598, se edificó con las piedras que formaban un monumental centro de adoración maya que, para lograr este menester, fue destruido. Incursiones posteriores de arqueólogos norteamericanos o europeos, supusieron la evasión de restos y documentos que son de primera mano para el estudio de un pasado esplendoroso y que hoy se conservan en vitrinas, archivos y bibliotecas inaccesibles a los estudios del mundo maya. De todas formas, el Méjico mestizo que nació en Tlatelolco conserva demasiados documentos para el estudio de los mayas y de otros pueblos de Mesoamérica. Un buen testimonio está en el Museo de Antropología de la ciudad de México o en los museos locales. También la labor de rescate de las tradiciones orales es muy importante en todo el ámbito maya y las publicaciones como “Mundo maya”, espléndida revista editada en inglés y español, que hacen un recorrido permanente por el pasado y el futuro. Pero lo más importante, me parece, es la voluntad de quienes se agrupan en talleres literarios, como el de Calkiní en Campeche o el documento permanente de la publicación “Nuestra Palabra” de la Dirección General de Cultural Populares de Méjico que permite la inserción de trabajos, como relatos, cuentos, tradiciones, etc., en lenguas indígenas y traducciones españolas o los acercamientos continuos a los poderes públicos para lograr publicaciones, financiaciones, para encuentros de indígenas o la puesta al día de sus posibilidades gráficas para adaptarlas al acoso de la tecnología punta o la informática de rasgos anglo. Es una manera de desafiar a los medios de comunicación y de implantar sistemas y modos que no permiten la asfixia de una cultura tan importante. La resurrección de la misma se está haciendo gracias a revitalizar la tradición oral y del culto a su propia valía como pueblo, que no habría perdido su proyección histórica en el siglo XVI de haber evitado las guerras intestinas y el abandono de su poder frente a un invasor que difícilmente podría haberse enfrentado con la cohesión de un pueblo capaz de construir el universo casi mítico que hoy podemos contemplar en toda la geografía maya. Una resistencia a estos conquistadores se ha mantenido hasta la fecha, aunque sólo sea en el interior de su familia, en su modesto hábitat de casas de paja, en sus comunidades arraigadas y solidarias frente al exterior y en la conservación de su lengua y de sus tradiciones, como son las danzas, cantos y leyendas primitivas y las ceremonias religiosas que, ahora católicas, siguen manteniendo creencias antiguas sobre todo a la hora de la siembra o en otros aspectos de la vida y la muerte, como son los ritos del bautismo o la honra a los muertos.
 
Fuente: "K'in lakam", No. 2. Revista literaria del grupo "Génali". Calkiní, Campeche, 1995. 40 p.