El corazón de Ah' Canul - 12
 
No. 12
La fiesta de la Colonia de Fátima
1956
Andrés Jesús González Kantún
 

¡Aquellos tiempos!

 

Toros saltarines

En un espectacular salto de altura olímpica, la mole vibrante de maciza carne libra limpiamente la crestería humana de avaros espectadores—más que avaros por el pago de entrada, amigos del peligro— que encaramada en racimos sobre la reja de entrada del coso taurino, observa sorprendida como el toro volador, cual cometa en fuga, le pasa por encima sin ocasionar, por fortuna, ningún daño.

Fue un salto gigante de corcovada carne que irrumpe sorpresivamente en otro nuevo escenario en donde pulula un hervidero de personas de todas las edades y géneros que degustan el ambiente único de fiesta tradicional en la búsqueda de un lugar para distraer a los sentidos de la vista y del gusto.

Una locomotora de vapor desbocada que bufa y bufa, haciendo un túnel sin esfuerzo en la marejada humana. Una tienda de veladoras se interpone en su camino y rasga un jirón de tela que se engancha tremolante como bandera en su incipiente cornamenta, dejando al descubierto a una hermosa criatura de cobre que en ese momento en cuclillas se bañaba. Desconcertada ante el allanamiento de su improvisada morada apenas le da tiempo para ponerse de pie y cubrirse sus partes vergonzantes, pero dejando libre a dos aterciopeladas y turgentes palomas prestas a levantar el vuelo, que en otra situación daría tiempo para desplegar las alas a ios adoradores de ia voluptuosidad.

El cebú —más que enfurecido, atemorizado— sigue su paso trepidante en la autopista, causando revuelos mil. En el climax del terror, cae de pronto del cielo una enramada de roscas con sabor a gloria que se engarza perfectamente en el cuello del animal, deteniéndolo instantáneamente. Son los hermanos González (D'zus, P'esh, Hueluz y perucho) que a tiempo llegaron para evitar males mayores.

El terremoto se apacigua, más no el susto colectivo dejado en el alma de los fiesteros que tuvieron la mala suerte de aparecerse en el paso de la bestia saltadora.

Esta historia de los cebús saltarines y del susto que causaban era un hecho común en cada fiesta.

Reminiscencias infantiles que aún se sostienen agazapadas en mi alma triste que ya no aguanta para más, el tiempo aprieta más y más, inexorablemente.

O témpora! O mores!