Toros
saltarines
En
un espectacular salto de altura olímpica, la
mole vibrante de maciza carne libra limpiamente la crestería
humana de avaros espectadores—más que avaros
por el pago de entrada, amigos del peligro— que
encaramada en racimos sobre la reja de entrada del coso
taurino, observa sorprendida como el toro volador, cual
cometa en fuga, le pasa por encima sin ocasionar, por
fortuna, ningún daño.
Fue
un salto gigante de corcovada carne que irrumpe sorpresivamente
en otro nuevo escenario en donde pulula un hervidero
de personas de todas las edades y géneros que
degustan el ambiente único de fiesta tradicional
en la búsqueda de un lugar para distraer a los
sentidos de la vista y del gusto.
Una
locomotora de vapor desbocada que bufa y bufa, haciendo
un túnel sin esfuerzo en la marejada humana.
Una tienda de veladoras se interpone en su camino y
rasga un jirón de tela que se engancha tremolante
como bandera en su incipiente cornamenta, dejando al
descubierto a una hermosa criatura de cobre que en ese
momento en cuclillas se bañaba. Desconcertada
ante el allanamiento de su improvisada morada apenas
le da tiempo para ponerse de pie y cubrirse sus partes
vergonzantes, pero dejando libre a dos aterciopeladas
y turgentes palomas prestas a levantar el vuelo, que
en otra situación daría tiempo para desplegar
las alas a ios adoradores de ia voluptuosidad.
El
cebú —más que enfurecido, atemorizado—
sigue su paso trepidante en la autopista, causando revuelos
mil. En el climax del terror, cae de pronto del cielo
una enramada de roscas con sabor a gloria que se engarza
perfectamente en el cuello del animal, deteniéndolo
instantáneamente. Son los hermanos González
(D'zus, P'esh, Hueluz y perucho) que a tiempo llegaron
para evitar males mayores.
El
terremoto se apacigua, más no el susto colectivo
dejado en el alma de los fiesteros que tuvieron la mala
suerte de aparecerse en el paso de la bestia saltadora.
Esta
historia de los cebús saltarines y del susto
que causaban era un hecho común en cada fiesta.
Reminiscencias
infantiles que aún se sostienen agazapadas en
mi alma triste que ya no aguanta para más, el
tiempo aprieta más y más, inexorablemente.
O
témpora! O mores! |