| Todo
ya está listo para comenzar. Son las 16:30 horas
y el "Chavalillo" y su cuadrilla esperan atentos
en la puerta del ruedo la llamada del clarín.
El "Chavalillo", sin mediar palabras con sus
compañeros, se aparta sigilosamente del grupo
para dirigirse hasta un árbol de roble en donde
se encuentra sujeto un descomunal toro enmascarado,
lo observa detenidamente, lo reconoce y exclama con
voz encabronada que provoca el sobresalto de un grupo
de curiosos:
-
¡Me lo imaginaba! ¡Otra vez! ¡Uta
madre! ¡Es el pinche "Samurais"! ¡Qué
chinga! ¡Ni modo, me tendré que jugar la
vida de nuevo! ¡Ni pedo!
El
"Samurais" había sido toreado en infinidad
de fiestas de pueblo, por eso el torero al reconocerlo
se sintió estremecido. No era para menos, pues
aparte de los tremendos sustos que había causado
en los ruedos, algunos toreros no vivieron para contarlo.
Tenía una bien ganada fama de asesino. Las muescas
se le notaban en sus descomunales y puntiagudos tarros.
Se
escucha el ronco clarín y los toreros se aprestan
a entrar; es el paseíllo de rigor, el acto más
atractivo y vistoso en el inicio de una fiesta brava,
perderse esta gloria es como si le arrancaran a uno
el alma en pedazos.
En
el centro del ruedo, fijado sobre el piso, sobresale
un escamoso tronco de huano. En él se sujetará
al toro y luego se le dejará libre para jugar
con la vida o la muerte con su eterno burlador, el hombre.
Ahí
entra el "Samurais", de un negro brillante
el color y lo traen los hermanos González: "Perucho",
"Huelús", "Dzus", "'P'
eex" y un agregado el "Pelón Tuz".
El toro viene aprisionado en una maraña de tensas
cuerdas vaqueras.
Se
asoma a paso lento y con el rostro enfundado en un antifaz
de pita de fibra de henequén. Por su peligrosidad
no se le ha permitido ver a nadie, pero tiene la libertad
de saborear en el ambiente el miedo que causa su impresionante
figura, él está acostumbrado a producir
sensaciones y más si se trata del hombre.
Se
le sujeta en el madero a través de una serie
de cadenetas. Le ciñen en el formidable cuello
una relumbrante y ancha cinta roja y le cinchan la panza
con una soga nueva y áspera para convertirlo
en un gran saltarín o en un jijo de la chingada.es
decir, exprimirle el coraje para convertirlo en un excelente
contendiente.
¡Suelten
al toro! ¡Suelten al toro! ¡Suelten al toro!
Anuncia la trompeta, y se afloja la costura, y la máscara
cae lánguidamente al suelo, y se levanta la soberbia
testuz. Ahora comienza la danza de la muerte. Un pie
adelante, luego el otro, retrocede dos tres pasos, agacha
la cabeza, la levanta retadoramente sobresaliendo su
enorme giba, gira el cuerpo por completo, araña
nuevamente el piso, el polvo oscurece la visión,
muge demoníacamente y de sus belfos borbotea
un tsunami de saliva. El Samurais ya está listo
para el combate. El "Chavalillo" no se asusta,
se le templa el ánimo, se le engarruña
la piel, se le templa de nuevo y se le expanden los
cojones, pero ya está listo también.
El
gentío explota de alegría, juega con la
palabra chusca y altisonante que son los ingredientes
necesarios en esa clase de fiestas.
El
toro muge encorajinado, reta, retrocede, patalea, inclina
y levanta la rizada cabeza muchas veces para tomar fuerza.
Y el torero sale decidido a enfrentarlo como los buenos.
Ambos gladiadores se miran a lo cabrón, juegan
a ver quién domina a quien:
—
¡Hei toro! ¡Hei toro! ¡Hei toro, aquí
estoy! — reta el matador.
El
inminente encuentro se produce, y el toro bebe glotonamente
un tinaco de aire y coraje, mientras la capa se despliega
en un rizoso abanico de un rojo encendido, y luego el
capote entra en el juego, y los insultos también.
Pero al final de cuentas, como viejos amigos, se dan
la mano "¡Gracias a Dios!"
Al
Samurais" lo habían traído de Ticul,
Yucatán por un paisano avecindado en ese lugar,
Ramón Ucán (RIP) quien lo había
prometido desde mucho tiempo atrás; hasta que
cumplió y de qué manera.
Ahora
las corridas de toros comienzan casi a las 17:00 por
la llegada del progreso: ya se cuenta con lámparas
en el ruedo. Y los palcos donde el sol alumbra ya no
existen.
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