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Los hombres del Paleolítico muy probablemente
ya se alimentaban de trigo silvestre mucho antes de
aprender a cultivarlo, cuando todavía eran nómadas
y vivían de la caza y la recolección.
En
una época todavía sin precisar, los primeros
humanos descubrieron la agricultura. La antigüedad
de esta, varía según la región
geográfica donde se investigue su origen y desarrollo.
En
el sudeste asiático, específicamente,
en Tailandia un grupo de arqueólogos de ese país;
encontró en una antigua cueva semillas de leguminosas,
pepinos y pimientos. Al estudiarlas mediante la prueba
del carbono 14, arrojaron una antigüedad de 9700
años aproximadamente.
En
Medio Oriente el trigo se empezó a cultivar alrededor
del año 8000 A.C. En esa remota época
ya se utilizaba en Mesopotamia para satisfacer las necesidades
alimentarias del pueblo. Posteriormente, Egipto, Grecia
y Roma, basaron su alimentación en el trigo.
Tiempo después pasó a Europa y de ahí
los conquistadores españoles lo trajeron al Continente
Americano. En la Nueva España tanto europeos,
criollos y mestizos se encargaron de enriquecer las
variedades de sabores y aromas de los productos de trigo.
A grandes rasgos, así fue como llegó hasta
nosotros el arte de la buena panadería.
Las
típicas historias de tahoneros y panaderías
del pasado que, hoy duermen bajo las sábanas
del tiempo, periódicamente despiertan dulcemente
en los recuerdos de la tradición oral, de generación
en generación.
Hagamos
ahora, un viaje retrospectivo a los veteranos calendarios
de Cronos y; “presenciemos” algunas escenas
de la vida cotidiana de quienes con el buen pan de cada
día, halagaron los paladares más exigentes
de su época.
Seguramente
en cada pueblo, sus habitantes recuerdan gratamente
a sus maestros panaderos de la bella época. Ellos
deleitaron el paladar de sucesivas generaciones con
sus insuperables exquisiteces de la panadería
tradicional.
En
Dzitbalché entre los años treinta y los
ochenta del siglo pasado funcionaron dos panaderías
que monopolizaron la microindustria de la panificación,
por la buena calidad de sus productos. Una de ellas
era propiedad de Don Ramón Heredia Heredia, ubicada
en la esquina de la calle 20 con 23 en la Plaza Principal
de la villa. La otra, pertenecía al Sr. Gonzalo
Centeno quien, para muchos; es el mejor maestro panadero
que ha habido en el antiguo cacicazgo de los Canché.
Estaba en la calle 20 s/n en el céntrico barrio
de San José.
Estas
dos panaderías artesanales, trabajaban con horno
a base de leña. Sus panaderos eran auténticos
artífices en la fabricación de una rica
variedad de pan dulce, como son: tutis, patas, molletes,
cocotazos, camelias, zaramullos, mantequillas, hojaldras,
trenzas y polvorones. Completaba la sabrosa lista el
incomparable pan francés, exteriormente dorado
y crujiente e interiormente esponjado, suave y chicloso.
Ambas variedades son alimentos que siempre han estado
presentes en la mesa de los hogares dzitbalchenses.
En
aquella época no se vislumbraba la invasión
de la comida rápida norteamericana, ni la influencia
de hábitos alimenticios de otras regiones de
nuestro país que, hoy siguen ganando espacios
en el gusto de la gente peninsular.
Tanto
Don Ramón Heredia como el Sr. Gonzalo Centeno
vendían sus sabrosos panes en sus respectivos
establecimientos pero, también tenían
sus vendedores que recorrían las calles de la
villa con el clásico “globo” sobre
su cabeza y dando repetidas palmadas pregonaban su mercancía.
Ninguno de ellos regresaba con sobrantes, pues el producto
se les agotaba en menos que canta un gallo.
Alrededor
de las cuatro de la tarde Don Gonzalo se aprestaba a
transitar por las calles en su bicicleta con dos canastas
de bejuco repletas de pan dulce y francés, delicias
que entregaba en varias tiendas de abarrotes como la
Cooperativa de Consumo “Ignacio Zaragoza”,
hoy llamada “ Profr. Ramón Berzunza Pinto”
y “La Huaca”, esta última funcionaba
en la esquina de la calles 21 cruzamiento con la 22;
propiedad de Don Melesio Escalante Cruz. Su rutina llegó
a ser una escena común en las calles de la villa.
En
los inicios de los años sesentas, cada pieza
de pan dulce o francés costaba aproximadamente
ocho centavos, ya que por un peso el cliente recibía
doce piezas. Al paso de los años, el precio del
pan se ha incrementado paulatinamente hasta alcanzar
los precios actuales que oscila entre los $2.50 y $3.50
por pieza de pan dulce y de $2.50 cada barra de pan
de francés. El tamaño era semejante a
los de hoy pero con una gran diferencia en los precios.
El pan francés, especialmente el que fabricaba
el Sr. Centeno era el auténtico bolillo, que
es muy popular en el Centro y Norte de nuestro país.
Las aromáticas y apetitosas piezas que salían
de los hornos de los Sres. Heredia y Centeno eran los
complementos perfectos para saborear un suculento y
humeante chocolate, preparado en batidor de molinillo
a la usanza tradicional; a la hora del desayuno o la
cena.
Los
habitantes de Dzitbalché disfrutaron por un lapso
de más de cincuenta años, las suculentas
obras de arte comestibles que, se hacían en las
panaderías mencionadas. Sin embargo, extrañamente
Don Ramón padre y Ramón hijo, no dominaban
para nada el oficio de la harina de trigo y la levadura.
Ellos fueron solamente dueños del negocio y para
ello contaban con excelentes tahoneros, tales como:
José Blanco y José Chi y otros más
que, el tiempo ha borrado de la memoria colectiva. En
cambio, el caso del Sr. Gonzalo Centeno es distinto.
El era un consumado y reconocido panadero que transmitió
y heredó a su hijo de igual nombre, el oficio
creador del buen pan. Algunos panaderos que dieron renombre
al negocio Sr. Centeno, son: José Salazar, Raúl
Escalante y Ramón Heredia Santini.
Ambos
negocios pasaron por las etapas naturales de origen,
apogeo, decadencia y desaparición. Don Gonzalo
Centeno falleció el 18 de septiembre de 1970,
quedando su hijo al frente del negocio, quien le dio
continuidad al negocio familiar, aunque no con el mismo
éxito que tuvo su padre. Gonzalo Centeno hijo,
murió el 17 de mayo del 2001. Esto significó
el cierre definitivo de esta popular panadería
tradicional.
Don
Ramón Heredia falleció el 17 de septiembre
de 1979. Unos años más tarde murió
su hijo Ramón Heredia Pérez. Así,
se cierra una etapa de más de cincuenta años
que le dio generosa dulzura y sabor a los paladares
de muchas generaciones. El lector, sin proponérselo
ha participado brevemente en la rutina laboral de los
maestros tahoneros dzitbalchenses de antaño.
Bibliografía
Reader´s Digest, selecciones del. Hechos y Pormenores
pp 248 – 249
México, 1986.
Colaboraciones
Sra. María Centeno Escalante
LAE. Juan Ramón Heredia Navarrete.
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