| Las
casas comparten las historias de sus habitantes, son
a menudo testimonio de sus actividades, pasatiempos
y proyectos de vida, reflejando las características
de sus personalidades. Su estructura, en especial la
de los templos, se equipara con el cuerpo humano y especialmente
con la psique: los sótanos son el inconsciente,
el cuerpo físico, y corresponde al inframundo
maya; en sus habitaciones se desarrolla la vida cotidiana
y en la parte superior está la cúpula
que es la cabeza, la conciencia moral, en contacto con
el sol, las torres simbolizan los brazos elevados hacia
el cielo alabando a la divinidad. En el cristianismo
el estado de bienaventuranza se alcanza al ascender
las 7 etapas hasta Dios ( Las Moradas de santa Teresa
de Jesús), y corresponden a los 7 sacramentos,
en las pirámides mayas como Kukulcán,
los 7 triángulos de luz que son visibles en el
equinoccio, ascienden hasta Hunab Ku, el Gran Espíritu,
tienen el mismo significado, similar al que encontramos
en el árbol sagrado, la ceiba y al árbol
de la vida del judaísmo. Esta estructura constituye
un mapa para el desarrollo espiritual y una guía
en el proceso de individuación.
La
casa en cuestión, probablemente fué construida
durante el siglo XVII, está situada en Calkiní,
ciudad que fue fundada en 1443 y gobernada por los 9
hermanos Ah Canul, sus territorios abarcaban desde las
cercanías de Campeche hasta después del
puerto de Sisal. En 1541 fue conquistada por Francisco
de Montejo “El Mozo”. La iglesia y el convento
franciscanos fueron construidos en el siglo XVII, sobre
vestigios arqueológicos mayas. Esta casa está
ubicada en el centro de la población, en la calle
principal, frente al parque, fue habitada por el sacerdote
misionero José Joaquín Pérez. Sus
dimensiones originales abarcaban toda la manzana, la
parte central era ocupada por el sacerdote y las alas
eran habitadas por sus hermanos, la derecha por Miguel
y la izquierda por José Ma., los cuales vendieron
al irse a vivir a la ciudad de Mérida. Tanto
la parte central como las laterales contaban con amplios
zaguanes, por donde entraban los carruajes y en el patio
estaba la caballeriza. La arquitectura como es de esperarse
es colonial, sobria, de paredes de gran espesor, techos
elevados sostenidos por vigas de maderas duras, ventanales
alargados en sentido vertical, protegidos con barrotes
sin adornos, hechos manualmente a la forja y grandes
portones de madera para entrar a los zaguanes (el central
es original). Su sobriedad, la ausencia de lo superfluo,
son espacios vacíos para ser ocupados únicamente
por la vivencia espiritual.
Al
paso del tiempo esta casa ha sido testigo y escenario
de eventos no sólo cotidianos, sino también
de cierta importancia histórica, ya que la emperatriz
Carlota Amalia se alojó en este predio, cuando
visitó la península, pernoctando en el
ala izquierda y su comitiva en el ala derecha. Como
deferencia a su investidura, se ofreció una misa
a la mañana siguiente en la parte central, el
10 de diciembre de l865. Las partes laterales han sufrido
algunas modificaciones como la pérdida del zaguán
del ala izquierda, pero aún conservan gran parte
de su estilo original. La parte central ameritó
una reparación mayor hace 20 años conservándose
la estructura y el estilo originales; aún pertenece
a los descendientes del Padre Pérez y en su interior
el tiempo parece no transcurrir.
En
forma paralela y en relación con la historia
de la casa se encuentran los eventos familiares: El
Padre José Joaquín Pérez tuvo una
sola descendencia con Mariana García, Lorenzo
García, que en su niñez fue testigo del
hecho histórico, el cual a su vez tuvo 8 hijos
con Marina del Carmen Fernández Vela, entre los
cuales estaban: el mayor, Francisco, quien fue párroco
de la iglesia de San Cristóbal en la ciudad de
Mérida y también de Tizimín, autor
del himno a los Santos Reyes Magos que aún cantan
los feligreses cuando los gremios entran al templo y
la hija menor, Margarita García Fernández,
se casó con el Dr. Pedro Baeza Romero, originario
de Campeche, médico, profesor de matemáticas
y catedrático fundador del Instituto Campechano,
quien habitó la casa y procreó 6 hijos:
María, los gemelos Fernando y Gonzalo, Eduardo
José, Lucrecia Dolores y Ana Sofía. Después
de una ausencia de 20 años, a su regreso de Nueva
York, Gonzalo habitó la casa y abrió el
café “América”, que fue durante
muchos años, sitio de tertulias, que aún
perduran en el recuerdo de los parroquianos actuales
más longevos y lugar donde estuvo el primer aparato
de televisión de la localidad.
Fernando,
su gemelo, retornó a la casona familiar también
de Nueva York 20 años después de su hermano.
El Dr. Eduardo José Baeza García, pediatra,
profesor y editorialista, de cuya obra inconclusa obtuvimos
gran parte de la información aquí expuesta,
se casó en segundas nupcias con María
Reneé Berzunza Reyes, procreando 5 hijos, entre
ellos, Ana Rosa, tataranieta del Padre Pérez,
cuyo hijo Jesús Eduardo, habita actualmente parte
del predio y atiende una dulcería en el mismo
sitio donde se efectuó la misa anteriormente
mencionada, en la parte restante del predio, en el zaguán
central, está el restaurante “Antequera”,
en donde los parroquianos actuales acuden como antaño
lo hicieron los anteriores, a tomarse un café
y disfrutar de la compañía de los amigos
en su ambiente colonial.
Aunque
ahora estas construcciones ya no representan al poder
político, religioso y económico de antaño,
deben conservarse con el mayor apego posible a su diseño
y estilo originales, pues no son sólo testimonios
románticos del apogeo de una época de
breve esplendor, comparado con la maya milenaria que
le precedió, sino también son elementos
esenciales que nos identifican y constituyen nuestras
raíces. Estos elementos son rastros de nuestra
evolución, al igual que una estela maya, guardando
las debidas proporciones y cada uno dentro de su contexto
cultural, nos permiten hacer un viaje de retorno a nuestros
orígenes y al actualizar los acontecimientos
remotos nos sumergimos en la plenitud del Tiempo Primordial,
del mismo modo que un chamán maya en su ritual,
para traer al presente la capacidad de revitalizar nuestras
desgastadas vidas, liberándonos de los atavismos
y poder comenzar un nuevo ciclo.
El
análisis histórico de ambas épocas
nos enseña que la competencia violenta por los
recursos y la creación de castas privilegiadas
no son bases sólidas para la creación
de una sociedad perdurable y que en el futuro podamos
evitar el error de Ícaro, de querer volar hacia
el sol con las alas de cera de nuestro egoísmo.
En ambas culturas la energía, el Puah maya y
el Poder de Dios del cristianismo, que nos nutre e integra
al vibrante Universo, emana del mismo núcleo
místico lo cual facilita su sincretismo. |