El corazón de Ah' Canul - 17
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Aguzando los sentidos
Andrés Jesús González Kantún
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Tal parece que el tiempo se había detenido en ella, ningún acordeón en el rostro, alegre en el hablar y ágil en el camino, características que cautivaban a todos las personas que la conocían.

Su diaria rutina de pedigüeña la obligaba a un ejercicio incesante y el trato con las personas le había aguzado formidablemente los sentidos.

Tenía la costumbre de acudir cronométricamente, cada fin de quincena a una oficina del gobierno municipal para solicitar apoyo el cual se le daba puntualmente. Una ayuda que le hacía creer que era un derecho adquirido como ciudadana calkiniense, aunque en realidad una limosna de quien viniese es una decisión voluntaria, no un compromiso.

Una mañana, como siempre, llegó presurosa a la oficina de un funcionario de puertas abiertas para solicitar la consabida ayuda, cuando el buen samaritano se palpó las bolsas y advirtió que no contaba con dinero fraccionado sino billetes le comunicó a la anciana que volviera otro día. La vieja entendió, pero en lugar de irse tomó asiento.

El empleado al ver que no se iba sacó la cartera del pantalón y le mostró su contenido:

-Abuelita, mira hoy no te puedo ayudar porque no tengo dinero cambiado, vuelva otro día.

La viejecita no se movió. Pero después de un rato se levantó de alegría y propuso:

-Señor, señor, no se preocupe si usted me quiere ayudar deme un billete de los que tiene y le aseguro que no le molestaré en lo que resta del año, ¿qué le parece?

La respuesta del burócrata fue una amplia sonrisa provocada a raíz de aquella salida dada por la anciana y en pago a su ingeniosidad le entregó un billete, aunque ella no cumplió con lo convenido. Y a la siguiente quincena, más exacto que el calendario maya, ya estaba de vuelta en la oficina del funcionario público a lo mismo.