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Tal parece que el tiempo se había detenido en
ella, ningún acordeón en el rostro, alegre
en el hablar y ágil en el camino, características
que cautivaban a todos las personas que la conocían.
Su
diaria rutina de pedigüeña la obligaba a
un ejercicio incesante y el trato con las personas le
había aguzado formidablemente los sentidos.
Tenía
la costumbre de acudir cronométricamente, cada
fin de quincena a una oficina del gobierno municipal
para solicitar apoyo el cual se le daba puntualmente.
Una ayuda que le hacía creer que era un derecho
adquirido como ciudadana calkiniense, aunque en realidad
una limosna de quien viniese es una decisión
voluntaria, no un compromiso.
Una
mañana, como siempre, llegó presurosa
a la oficina de un funcionario de puertas abiertas para
solicitar la consabida ayuda, cuando el buen samaritano
se palpó las bolsas y advirtió que no
contaba con dinero fraccionado sino billetes le comunicó
a la anciana que volviera otro día. La vieja
entendió, pero en lugar de irse tomó asiento.
El
empleado al ver que no se iba sacó la cartera
del pantalón y le mostró su contenido:
-Abuelita,
mira hoy no te puedo ayudar porque no tengo dinero cambiado,
vuelva otro día.
La
viejecita no se movió. Pero después de
un rato se levantó de alegría y propuso:
-Señor,
señor, no se preocupe si usted me quiere ayudar
deme un billete de los que tiene y le aseguro que no
le molestaré en lo que resta del año,
¿qué le parece?
La
respuesta del burócrata fue una amplia sonrisa
provocada a raíz de aquella salida dada por la
anciana y en pago a su ingeniosidad le entregó
un billete, aunque ella no cumplió con lo convenido.
Y a la siguiente quincena, más exacto que el
calendario maya, ya estaba de vuelta en la oficina del
funcionario público a lo mismo. |