Sudorosos y cansados, con la fatiga reflejada en los rostros, unos con la mirada perdida en el vacío por la derrota sufrida; otros, con la mirada de triunfo en las pupilas por la victoria alcanzada; los menos, tendidos en el campo de batalla, acompañados por los cantos de los pájaros que se refugiaban en sus nidos al caer la tarde; los luceros se prendían ya en el cielo y la luna, como avergonzada y tímida, como mudo testigo de aquella crueldad, apenas si se asomaba por entre las ramas de los árboles y dejaba filtrar unos rayos de luz, dándole un tinte fantasmal al paisaje que olía a dolor, a muerte, a tristeza infinita.
Don Francisco de Montejo, El Mozo, acompañado de su primo don Francisco de Montejo El Sobrino, así como de su fiel cronista don Blas González y de su secretario don Rodrigo Álvarez, así como de los Pachecos, don Melchor y don Gaspar, sin faltar en estos menesteres el capellán de la tropa, el misionero de la orden de los franciscanos, el padre don Francisco Hernández, quien solícito daba los últimos auxilios espirituales a los caídos en la batalla.
Así acabaron los 100 años del cacicazgo de Ah Canul, así terminaron aquellos tiempos de paz cazando en los montes y cultivando en sus sementeras el maíz y el frijol, el chile y el camote; o bien pescando en las frescas aguas de las costas, las distintas especies marinas que aderezadas con sal y chile, nutrieron a la raza de bronce. Así culminó una época de paz y tranquilidad, pues a partir del 3 de enero de 1541, Calkiní comenzó su nueva vida. Fue poco más de un mes que los hispanos conquistadores se aposentaron en estas tierras; reconociendo el territorio, caminando sus veredas, pasando sus ojos en los senos tangentes de las jóvenes mayas, deleitando sus miradas con la hermosura de nuestras mujeres, de cuerpos torneados y cinturas juncales; fueron poco más de treinta días que estos cielos cobijaron a poco más de un centenar de españoles durmiendo bajo nuestro cielo azul, respirando la frescura del aire de la mañana, bebiendo las aguas del pozo Haalim, guareciéndose a la sombra del ceibo Tuucan, y saboreando la carne de venados y conejos, de palomas y perdices, y de frutas y verduras. Por aquí pasaron los Montejo, el Adelantado, el Mozo y el Sobrino; por aquí transitaronn los Pacheco, los capitanes Rosado y González, así como Moreno y Almaraz, Alfonso Reynoso, Jorge de Villagómez, Francisco de Bracamonte, Francisco de Zieza, Gonzalo Méndez, Juan de Urrutia y tantos y tantos más que sería tan largo enumerar y dos Blas González tomando nota detallada de todo cuanto acontecía en esta aventura que ni ellos mismos sabían que les deparaba el destino, pues tan pronto veían llegar la noche como llegaba el sol de la mañana y a continuar con la aventura de conquista.
Y el capellán, por señas y como Dios le diera a entender, con la cruz en alto y con la palabra de Dios en los labios la internaba por los caminos, recorría las veredas llevando su doctrina cristiana siempre por delante, pues ese fue el fin primordial de la conquista, no sólo la búsqueda de tesoros, sino rescatar más alma para la Iglesia Católica.
La tristeza de los vencidos dio paso a la alegría de los vencedores, y así comienza en paz una conquista religiosa y la luz del cristianismo desplaza a la idolatría y a la sombra de los evangelizadores se inicia una nueva vida en Ah Canul y el sol brilla de nuevo para todos, conquistados y conquistadores.