El corazón de Ah' Canul - 20
Inicio
Retoños de mi jardín
Andrés Jesús González Kantún
Portada -20
 
 

Cuando los hijos se van, se va la algarabía y la exhortación. Sólo permanece el cruel silencio que se escucha en todos lados del claustro en que se ha convertido el hogar.

Después de una anhelante espera regresan los sustitutos (los nietos), especialmente los fines de semana, pero ahora son juguetes en miniatura de varios colores y sabores que no dejan nada a su paso como los tornados en las grandes llanuras de Estados Unidos que arrasan todo lo que encuentran a su paso. En balde se enronquecen las voces de los mayores con tantas llamadas de atención para corregir a la turba: ¡aquiétense!, ¡cállense!, ¡cabrones, ahora van a ver lo que les va a pasar!, ¡ se los va a comer el ¡chichí!, ¡ea ven para acá, tú!, ¿a dónde vas? Nada surten efecto, las pequeñas sanguijuelas desbocadas han perdido el oído. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce son… no tienen descanso, forman una batería en paralelo, otras veces en serie: basura por aquí, por allá, frutas sintéticas como balones de fútbol en frenética actividad, un botón del televisor rodando, el papel de baño en trocitos desperdiciados hasta en el último rincón., mordizcos llantos, pellizcos, pistas de aterrizajes forzados al por mayor, bailes y carreras de motos en miniatura por todos lados, los libros en desorden en faramalla por los aprendices lectores, el inodoro un puerto local, un cuadrilátero de box y lucha, los bajos de la mesa una casa rodante de muñecas, utensilios de loza rotas y desparramados, los muebles en brincolines y fortalezas, los dulces enchilados en figuras abstractas sobre el piso, zapatos derechos e izquierdos por todos lados, chicles pegados en las sillas, suelo, paredes y pelo, un verdadero desbarajuste la casa. Una horda de pequeños atilas se la han adueñado; una colonia de liliputienses han llegado en envoltorios de celofán nuevos cruzados con cintas de moños rojos en una isla antes desierta: mis nietos en una anarquía de grandes dimensiones. Las jóvenes cabezas paternas han quedado atolondradas, menos las nuestras, la de los abuelos, que han aprendido a ser pacientes.

Una marabunta infantil ha destrozado todo; que ha pintado cabellos blancos en cabellos negros; que ha sacado arrugas en epidermis tersos, que ha desmadejado el ánimo de padres, aparentemente estrictos, aunque en el fondo de sus pensamientos se enorgullecen de sus niños y mandan a volar sus prejuicios: “jueguen, chinguen, si para eso trabajamos”, gritan en el silencio enloquecedor de sus reflexiones. Un mundo grande en desconcierto apabullado por un cosmos pequeño de diablillos, pero aún así deseado siempre por los abuelos para atemperar los guiños insolentes de la soledad.

Un remolino que viene y se va y cuando no se asoma se busca, porque se ha convertido , a nuestra edad, en una compulsiva necesidad, pero que puede extender un poco más las últimas exhalaciones de vida.

Aguantarlos tiene su premio. El amor intenso que ofrece la ingenuidad es de un valor incalculable, y el beso que nos dan a cada rato, porque lo pedimos, es de un sabor indescriptible imposible de imitar por algún dulcero que se precie como el mejor del mundo, y de encima, el gusto por llevarlos a la escuela que nos convierte en nodrizas por voluntad propia.

Ahora, los nietos, son juguetes del amor, luz de la soledad nuestra, alivio de la opresora rutina, pero para mañana será otro cuento. Cuando llegue ese momento, cuando sean jóvenes , los veremos convertidos en Aquiles en la conquista de la ciudad de Príamo, y de las islas de las sirenas; en ícaros, pero no en alas de cera, sino de titanio, en el desciframiento de laberintos de la vida; beberemos la nata de sus angustias aunque nos indigestemos; festejaremos sus alegrías hasta reventar los carrillos; moriremos en vida si acaso les sirva el regazo nuestro para menguar sus penas; colocaremos en sus sienes laureles y olivas en sus triunfos, aunque fueran los más insignificantes. En fin, estaremos con ellos en todos los campos de batalla, escondidos en el vientre del caballo de troya, para animarlos, para aconsejarlos, para seguirlos apapachando, a esa simiente nuestra que con el tiempo, que aunque no queramos, se irán alejando de nosotros cuando formen otro jardín de policromas flores. Entonces para esas fechas, si todavía vivimos, ellos serán nosotros y nosotros ellos como lo fue en el principio de nuestros primeros meses de vida, y no aspiramos su conmiseración, tampoco la rechazamos. El tiempo pondrá las cartas sobre la mesa y apostaremos de nuevo: poker, pares…nada...nada otra vez benditos sean los nietos que con sus besos nos insuflan más hábito de vida.