| Era una mañana fresca y nublada, del mes de noviembre, en la medianía del siglo pasado, ese día me desperté desde muy temprano, con la emoción que, a mis escasos ocho años de edad, provocaba acompañar a mi padre a un viaje a la Hacienda de Santa Cruz, ubicada a unos 20 kilómetros de la población de Calkiní, lugar de residencia de mi familia.
Después de desayunar y escuchar las recomendaciones de mi mamá, salimos hacia la estación del ferrocarril, ya que en la parte posterior de ésta, se ubicaba el paradero de las plataformas, que a manera de tranvía tirado por un caballo, era el medio de transporte utilizado, en esos tiempos, para el traslado hacia la citada Hacienda.
Esperamos la llegada del tren que venía de la Ciudad de Metida con rumbo hacia la de Campeche y tan pronto como la negra máquina, acompañada de sus carros de pasajeros, se despedía con su penetrante silbato, bufando estrepitosamente entre humo y vapor de agua, acudimos hacia las plataformas para emprender este emocionante viaje.
Con una breve estancia en la población de Nunkiní, ubicada a la medianía del camino y después de haberle cedido el paso, en el trayecto, a otras plataformas que venían en sentido contrario, cerca de las once de la mañana arribamos al patio central de la Hacienda, justo en el momento en el que se iniciaba una pertinaz llovizna, que obligo a colocarme un largo impermeable de plástico, con capucha para la protección de la cabeza, de color gris oscuro, como el de las nubes que cubrían la totalidad del cielo, en esos instantes.
En el trayecto del patio hacia el interior de la Casa Principal, muchos niños curiosos se me acercaban, algunos semidesnudos y otros cubiertos con improvisadas capas formadas con costales de henequén, para protegerse del agua, entre risas, gritos y parloteos en lengua maya, los más atrevidos incluso se acercaban a palpar mi vestimenta. Intuía que el alboroto obedecía a mi extraña presencia, para ellos, ya que en ese tiempo no era común el uso de los impermeables.
La fuerte voz del Administrador de la Hacienda, el Señor D. Juan Loeza Matos, compadre de mi papá, increpándolos en su propia lengua, aplacó el alboroto y apartó de mi cercanía su inquietante presencia.
En lo que los adultos platicaban, e impedido de salir del recinto por la lluvia, desde los corredores observaba el resto de las instalaciones, sin quitar la atención de los pequeños habitantes de la recepción inicial, que desde lejos, continuaban señalándome.
Pasada la lluvia recorrimos, guiados por el Administrador, las instalaciones de la Hacienda: La Casa Principal, con sus alojamientos y oficinas; la Casa de Máquinas, con sus raspaduras de hojas del henequén para la extracción de la fibra; el Huerto, que en aquella época producía abundantes frutas: mangos, aguacates, saramullos, limones dulces, que en tiempos de cosecha se enviaban en grandes cantidades a la cabecera municipal y la capital del Estado, para su comercialización.
Algo de lo que más llamó mi atención, de las instalaciones, fue la esbelta Chimenea, ya que mi papá, al pie de la misma, me proporcionaba unos pequeños lazos de papel que al soltarlos, por la fuerza del tiro de aire que ésta producía, salían como raudas mariposas en busca de libertad, para elevarse al cielo por la boca superior de la alta construcción, lo que para mi representaba un juego de lo más divertido y asombroso.
Terminado el recorrido y de vuelta a la Casa Principal, disfrutamos de la comida, un sabroso pipián de venado, que a sabiendas del compadre de que era el guiso preferido de mi papá, había ordenado preparar, acompañado con deliciosas tortillas recién hechecitas a mano y cocinadas sobre comal de leña.
Ya en la plática de sobremesa, Don Juan dirigiéndose a mí, preguntó.
—¿Qué fue lo que más llamó tu atención?
A lo que respondí.
—La presencia de los Aluxes—, refiriéndome a los niños del recibimiento. —Su cercanía, risas y gritos, me causaron mucho miedo—.
Al escuchar mi respuesta, Don Juan soltó sonora carcajada y a continuación dijo:
—Ellos, en su lengua, decían de ti lo mismo. Que les parecías un alux.
Aluxes: Seres pequeños, que a semejanza de los duendes, de otras culturas, gustan de las travesuras. |