La
escasa presencia de la mujer en la política tal
vez encuentre explicación en la clásica
división del trabajo, aunada a un sistema altamente
excluyente además de autoritario. No obstante,
aunque en forma muy lenta y restringida, la presencia
se ha hecho visible en el campo analizado.
Aunque
en los últimos años mundialmente se han
producido avances significativos en materia de equidad
y género, es necesario recalcar que la incorporación
real de las mujeres a la política formal refleja
aún la desigual relación de los géneros
en el ejercicio del poder y en la toma de decisiones
a todos los niveles.
Tal
situación, no privativa de nuestro país,
ha captado la atención de personas que se han
dado a la tarea de promover líneas de acción
cuya consecuencia se concretiza en la aparición
de legislaciones que regulan la equidad de género,
la no discriminación y la no violencia hacia
la mujer en los diversos campos existentes; así
como también en lo relativo a la igualdad de
derechos y oportunidades para acceder a los recursos
económicos y a la representación política
y social en los ámbitos de toma de decisiones.
Sí
ha habido avances, se han implementado programas y emitido
leyes favorables a la mujer, pero, se incumplen con
demasiada frecuencia. Hay modificaciones, mas no se
dan grandes modificaciones en el fondo.
Veamos
un ejemplo. En nuestro país, México, en
materia electoral se exige no pase del 60% la participación
de un solo género en una contienda política
y se pugna, además, porque la mujer sea candidata
y no suplente.
En
la realidad, la mujer sigue teniendo en estos menesteres
reducidas oportunidades y salvo excepciones, el hombre
se toma los cargos de mayor importancia por el derecho
de la costumbre.
Si
analizamos la estructura del actual gabinete del Poder
Ejecutivo Federal nos daremos cuenta que del total de
secretarías, sólo tres recaen en mujeres,
esto es menos del 16% y si nos fijamos en las 34 comisiones
existentes en el mismo nivel, sólo seis son desempeñadas
por mujeres, lo que nos arroja menos del 20%.
Según
el CONAPO sólo una mujer ha llegado a ser magistrado
en la Suprema Corte de Justicia de la Nación,
así mismo, en la historia moderna de México,
únicamente ha habido cinco gobernadoras.
Por
lo que vemos, la incorporación de las mexicanas
a posiciones de poder ha sido particularmente lenta
y escasa en comparación con el resto de América
Latina. Nuestro país es de los últimos
en reconocer, incluso legislativamente, los derechos
de las mujeres.
El
otorgamiento de la ciudadanía a la mujer en 1953,
constituyó un gran paso en el proceso democratizador
del país, afianzándose en 1955 cuando
se le reconoce y otorga el derecho al voto, y se fortalece,
aún más, en 1970 al presentársele
la oportunidad de participar en puestos políticos
importantes.
Estatalmente,
al igual que en otras entidades del país, nos
encontramos en tiempos electorales y se escuchan continuos
mensajes en donde se pondera el derecho de la mujer
a participar, activa y directamente, en estos procesos
y en el logro y consolidación del bienestar social
de su comunidad, de su Estado y nación.
Estos
logros por ningún motivo deben ser descuidados,
así como también es necesario estar muy
pendientes y no perder de vista que el movimiento desencadenado
por las mujeres ha sido el desafío más
radical que se ha dado en los últimos tiempos.
El
camino ha iniciado, hay que continuarlo.
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