El corazón de Ah' Canul - 54
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El Jéets Méek' en tiempos de los mayas prehispánicos
(Ceremonia semejante al bautismo)
Andrés Jesús González Kantún
Portada - 54
 
Foto proporcionada por Andrés González Kantún
 

“A los cuatro meses, ya estaban los niños dispuestos para la ceremonia del jéets méek´. Se le buscan padrinos para integrarlos a la comunidad. Vienen con un tambor y un flautín, pregonando la fiesta e invitan a conocer la casa de los padres del bautizado.  Los asistentes, al final, les dan una especie de bolo.

La casa primorosamente decorada con cortinas de henequén, como una fibra parecida al lino que usan en sus casas y en sus ropas, sobre las que habían colocado viandas y ofrendas para sus dioses.

Esta vez el ritual estaría dedicado a Chac, Dios de la lluvia, y los padrinos el Ah cuch cab y su mujer, la de las mejillas que siempre sonríen. Traen a los pequeños, todavía con la tabla y vendajes para achatarles las cabezas en las frentes, y con los cascabeles o esferitas de cristal colgándoles de la peluca entre los ojos para torcérselos, que es un primor ver cómo bizquean y cómo se lo tienen de mucha dignidad, y los padres se los dan a los padrinos y éstos los colocan a horcajadas sobre la cadera y comienza la ceremonia.

El padrino se acerca a la estera orientada al sur y toma de ella un cuchillo y dándole vuelta, musita en voz baja y pausada un versillo que reza algo así como: “Aquí tienes este cuchillo, tómalo para que aprendas de la necesidad del sacrificio para aplacar a las plagas y proveer de buenas cosechas”.

Termina la vuelta y el padrino se pone un grano de maíz en la boca, sin masticarlo; toma otro objeto, un pote con tintura azul y le dice al niño: “Toma esta urna y mete el dedo para que sepas vestirte con el color de las ceremonias y de nuestros dioses cuando están airados y ahuyentan al venado y al puerco de los montes, y hay que sacrificar al pavo a la gallina”; termina así la segunda vuelta y se introduce otro grano de maíz.

Agarra el padrino un manojo de hojas sujetas con un cordel y le dice al niño:” Éste que ves y que es suave, blanco y está pintado, contiene las oraciones que has de saber para repetir a Itzamná por los beneficios del Sol, que no se enoje, que no seque nuestros campos y que no opaque al Dios Chac con sus rayos, ni ahúme las aguas de los suelos, ni de los cenotes. Pídele por la vida y la abundancia”.

Así sucede con otros instrumentos, los cuales son alabados y explicados, acerca de sus usos y necesidad.

Viene después la madrina y repite el ritual. Terminado éste, el chiquillo, que berrea aburrido y molesto, se devuelve a sus padres. Se reparten tortillas, gallinas y un brebaje y frutas fermentadas, y se dan las gracias a los padrinos, que con una ceremonia de lujo dicen: “Le hemos hecho el jéets’ méek´a tu hijo y ahora te lo devolvemos para que cuides por él y por sus espíritus, hasta que sea la hora de que vaya a la casa de los jóvenes y conviva en el templo de los sacerdotes”.

 

Comentario

 

El jéets’ méek´ actual conserva una chispa de su esencia ancestral, pero es menos solemne que el de los abuelos.

Consiste en colocar al niño en horcajadas (para abrirle los pies) en la cintura del padrino para ayudarlo a caminar con corrección y rapidez, y el momento propicio, las noches de luna llena, y a una edad, menos de los cinco meses.

Se desarrolla en la casa del futuro ahijado. Ese día de fiesta, se prende una vela que permanece encendida durante todo el ritual. El objetivo del evento, integrar al infante en las actividades del quehacer cotidiano.

El jéets méek´ va de acuerdo con el género. Si se trata de un niño o niña se le explica el simbolismo del acto y el uso de las herramientas de acuerdo con su sexo. Se le abren sus manos para tomar el instrumento respectivo de su futura labor; si es campesino una coa, un rifle o un machete; si es niña, un comal, una olla o tijeras. Después se reparten las viandas tradicionales: hoja de chaya asada, un poco de huevo y pepita de calabaza que simbolizan la vivacidad y ternura.

El jéets méek´, según las creencias mayas, convierte al niño en un ser trabajador. Por eso en nuestra región a las personas flojas o lentas en las tareas diarias las regañan con la siguiente expresión: “¡No te hicieron jéets méek’, muévete!”.

Nuestra gente ha perdido el simbolismo de cada uno de los actos promovidos en el ritual del jéets méek´, así como la pérdida de las nueve vueltas al derecho y al revés que se hacen de la mesa principal.

Lamentablemente, estos ritos ya no se practican más que en algunos poblados del municipio calkiniense. Al ritmo del desarrollo con que va la sociedad actual, estas prácticas solamente se conservarán en los libros sobre tradiciones regionales. Es innegable que la ascendencia nuestra llegó a manejar el esoterismo religioso, común en todas las culturas del mundo, con el objeto de encontrar el beneficio de su propia raza.

Bolo: Antes, un objeto como un símbolo de abundancia; hoy, dinero que lanzan los padrinos al aire y recogen los niños en un bautizo católico.

Referencia bibliográfica: Gonzalo Guerrero de Eugenio Aguirre, págs., 205-208.