Desde
niño sabía cómo hablar
con Dios.
Sí, con Dios. Su mamá se lo
había enseñado:
Háblale profundamente,
desde el fondo de tu corazón, háblale
desde tu esencia,
desde lo más final y distal de tus
raíces
y sólo entonces estarás hablando
con Él.
Y
desde niño lo había hecho.
Cuando se sentía confuso, adolorido,
confundido,
sabía entonces que tenía que
hablar con Él.
Siempre
supo que era un monólogo.
Era aquella una catarsis en la que desfogaba
sus miedos,
aquello a lo que él llamaba pecados
y errores,
pero que siempre, al final, se sentía
reconfortado.
Pero
sucedió que un día sucedió
lo que nunca,
en los días de su eternidad, había
sucedido.
Sucedió el suceso de que le contestaron,
con hechos, con palabras, con acción.
Desde
entonces lo llaman
“el loco del pueblo”.
Todos hacen escarnio de él,
pero él es feliz.
En su inconciente conciencia
balbucea y solamente dice:
Gracias, gracias,
al oír el sonido metálico
de una moneda que cae
en su pote metálico de pordiosero.