El corazón de Ah' Canul - 7
 
No. 7
Recuerdos Imborrables
Jorge Jesús Tun Chuc
 

Allá por los lejanos principios de los años sesentas, recuerdo claramente como si hubiera sucedido ayer que, mientras allá en la intemperie la fría ventisca nocturna de invierno, hacía sentir sus estragos, en el interior de nuestra humilde casa de huano con paredes y piso de tierra; acompañaba yo a mi madre junto al fogón donde ella freía en una sartén unos sencillísimos pero, sabrosos panuchos de frijol.

Los sentidos involucrados en el proceso del apetito, se estimulaban al máximo. El único ingrediente extra de este alimento, eran las tiras de cebolla roja encurtida con jugo de naranja agria, sal y algo de chile habanero.

Mi madre y yo nos sentábamos en pequeños banquillos de madera, muy utilizados por la clase popular de aquella época. Desde mi asiento la observaba en plena labor. Con un cuchillo levantaba cuidadosamente la piel de las tortillas para ponerles una generosa cucharada de frijol colado. Luego lo dejaba reposar sobre la pequeña mesa circular, conocida con el nombre de banqueta, mueble de origen maya. De a dos o de a tres, ella ponía en el sartén las tortillas ya preparadas en la manteca o a veces solía ser aceite comestible de origen y manufactura peninsular. Se vendía al público en presentaciones de un litro, en envases de vidrio retornables. También se ofertaba al menudeo.

Los industriales de entonces, eran respetuosos con el medio ambiente al conservarlo limpio y sano. Algo totalmente diferente al mundo de nuestros días que se asfixia en la basura casi imposible de eliminar. Es el alto precio que paga la sociedad de consumo para vivir en la decadente "modernidad".

En tanto el fuego y el aceite hacían su trabajo, mi madre preparaba el espeso, espumoso, aromático y rico chocolate casero que, ella misma, tostaba, molía y moldeaba en forma de tabletas planas. El agua caliente, el azúcar y la "tablilla" los echaba al batidor de madera y luego accionaba el molinillo con ambas manos, a la manera tradicional.

Su inconfundible y característico sonido que anunciaba una exquisita merienda o un reconfortante desayuno, ya no se escucha más en el vecindario desde hace un buen número de años. Hoy, este valioso utensilio de cocina ha sido reducido una folklórica pieza de museo. La licuadora la desplazó en aras de la "modernidad".

Mi madre me servía una jícara de buen tamaño llena de esta estimulante bebida que, sería la envidia hasta de los ancestrales dioses mayas. Con unos granos de maíz hacía yo un círculo para acomodar mi traste vegetal sobre la banqueta.

La tenue luz de un quinqué con bombilla completaba este cuadro típico de hace polvosos ayeres. Ni más ni menos era una clásica escena familiar de la clase social olvidada del Mayab.

En ese momento, aquella sencilla cena era la mejor del mundo, con ella me daba por bien servido. Mi mayor felicidad es la que vivía a lado de mis padres y los momentos agradables que pasaba con mis amigos.

El mérito sagrado de las madres es darle a sus hijos la mejor alimentación posible y prodigarles amor y cuidados. Su abnegada entrega las convierte en maravillosas heroínas y, a veces hasta en mártires, que dejan en sus hijos recuerdos imborrables de gratitud y respeto.

Todo mundo quisiera vivir para siempre en compañía de sus seres queridos. Sin embargo, no fuimos diseñados para transitar eternamente en el sendero de la vida. Por ello, no me queda más remedio que disfrutar de cuando en cuando, los recuerdos de los pretéritos tiempos vividos.