| Allá
por los lejanos principios de los años sesentas,
recuerdo claramente como si hubiera sucedido ayer que,
mientras allá en la intemperie la fría
ventisca nocturna de invierno, hacía sentir sus
estragos, en el interior de nuestra humilde casa de
huano con paredes y piso de tierra; acompañaba
yo a mi madre junto al fogón donde ella freía
en una sartén unos sencillísimos pero,
sabrosos panuchos de frijol.
Los
sentidos involucrados en el proceso del apetito, se
estimulaban al máximo. El único ingrediente
extra de este alimento, eran las tiras de cebolla roja
encurtida con jugo de naranja agria, sal y algo de chile
habanero.
Mi
madre y yo nos sentábamos en pequeños
banquillos de madera, muy utilizados por la clase popular
de aquella época. Desde mi asiento la observaba
en plena labor. Con un cuchillo levantaba cuidadosamente
la piel de las tortillas para ponerles una generosa
cucharada de frijol colado. Luego lo dejaba reposar
sobre la pequeña mesa circular, conocida con
el nombre de banqueta, mueble de origen maya. De a dos
o de a tres, ella ponía en el sartén las
tortillas ya preparadas en la manteca o a veces solía
ser aceite comestible de origen y manufactura peninsular.
Se vendía al público en presentaciones
de un litro, en envases de vidrio retornables. También
se ofertaba al menudeo.
Los
industriales de entonces, eran respetuosos con el medio
ambiente al conservarlo limpio y sano. Algo totalmente
diferente al mundo de nuestros días que se asfixia
en la basura casi imposible de eliminar. Es el alto
precio que paga la sociedad de consumo para vivir en
la decadente "modernidad".
En
tanto el fuego y el aceite hacían su trabajo,
mi madre preparaba el espeso, espumoso, aromático
y rico chocolate casero que, ella misma, tostaba, molía
y moldeaba en forma de tabletas planas. El agua caliente,
el azúcar y la "tablilla" los echaba
al batidor de madera y luego accionaba el molinillo
con ambas manos, a la manera tradicional.
Su
inconfundible y característico sonido que anunciaba
una exquisita merienda o un reconfortante desayuno,
ya no se escucha más en el vecindario desde hace
un buen número de años. Hoy, este valioso
utensilio de cocina ha sido reducido una folklórica
pieza de museo. La licuadora la desplazó en aras
de la "modernidad".
Mi
madre me servía una jícara de buen tamaño
llena de esta estimulante bebida que, sería la
envidia hasta de los ancestrales dioses mayas. Con unos
granos de maíz hacía yo un círculo
para acomodar mi traste vegetal sobre la banqueta.
La
tenue luz de un quinqué con bombilla completaba
este cuadro típico de hace polvosos ayeres. Ni
más ni menos era una clásica escena familiar
de la clase social olvidada del Mayab.
En
ese momento, aquella sencilla cena era la mejor del
mundo, con ella me daba por bien servido. Mi mayor felicidad
es la que vivía a lado de mis padres y los momentos
agradables que pasaba con mis amigos.
El
mérito sagrado de las madres es darle a sus hijos
la mejor alimentación posible y prodigarles amor
y cuidados. Su abnegada entrega las convierte en maravillosas
heroínas y, a veces hasta en mártires,
que dejan en sus hijos recuerdos imborrables de gratitud
y respeto.
Todo
mundo quisiera vivir para siempre en compañía
de sus seres queridos. Sin embargo, no fuimos diseñados
para transitar eternamente en el sendero de la vida.
Por ello, no me queda más remedio que disfrutar
de cuando en cuando, los recuerdos de los pretéritos
tiempos vividos. |