Este tiempo me ha hecho entender que ya no sirvo para mucho, que me falta algo, como si la vida que llevo, la vida que tengo está muy desperdiciada y que por más que le haga no aguanta más estirones.
De eso, me di cuenta; así como también que casi todo lo que yo sé dejó de serme útil de golpe y porrazo.
Fue por marzo cuando vino el aislamiento más o menos colectivo.
Al principio lo vi como un mal momento, pero, aunque muy amenazante para mi seguridad y de las personas de mi entorno, muy lejano.
A pesar de que nos separaba gran distancia, pronto comenzó a hablarse de muertes y más muertos por doquier: China, el Asia, Europa toda.
La muerte enseñoreada haciendo su trabajo, igualando pobres y ricos, niños, jóvenes y ancianos, ¡pero todo ocurría muy lejos!
Después mi inquietud creció, primero, porque ese desconocido se acercaba cada vez más y, estaba escarbando hasta por debajo de los pies de uno, haciendo que cayeran personas que tenían nombre y apellido, y con miedo me escondí como si hubiese hecho algo, sin saber qué.
Comencé a sentirme cercada, acechada, apergaminada por el ¡Quédate en casa!, sin embargo, con más apego a la vida.
Y yo, para que la parca no me oyera, para que no supiera de mí y no se le ocurriera venir a visitarme, escondí mi libertad. Todo para alargar tantito más mi esperanza de vivir pues se ha abierto el reino de Hades, insondablemente, son días de temor y llanto generalizado.
Han transcurrido ya, más de cinco meses y aquí estoy, petrificada, ¡sin saber qué hacer!
Siento que debo volver, ¿volver? ¡No de la misma manera!
Incorporarse a la vida de ahora, donde forzosamente hay que hacerlo conviviendo con el peligro, requiere despertar potencialidades que permitan seguir admirando el sol, la luna y las estrellas; disfrutar de la compañía tan cruelmente arrancada, abrazar a aquellos que nos son tan cercanos y valiosos.
Es necesario aprender a vivir los días iluminados por el Sol que ha sido mudo testigo de los aconteceres de los que vivimos aquí en esta Tierra, la cual, en este paro humano forzado, se ha recuperado de los males que le hemos infringido, mismos que debieran ser cuestión de análisis y acción renovadora.
Una pregunta surge de la garganta colectiva: ¿Cuándo se calmará esta vorágine?
|