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Esto
de deshojar esperanzas me conmueve. Tengo una sensación
de vacío funeral comparable a esas hojas que en noviembre
caminan hacia su propio ataúd. No lo puedo remediar
por más que salgo a la búsqueda de los luminosos
astros para olvidarme, aunque sólo sea por un instante,
de la tempestad que soporta el mundo. Las hogueras de la
intransigencia pegan fuerte en la vida. Ahí están
los negros eslabones del terror que cada día nos
encadenan más al abismo, reflejando la imagen de
que podemos ser nada en cualquier momento. Por desgracia,
desatendemos lo más vital, la propia existencia.
Sin embargo, nada, por duro y fuerte que se perciba, es
capaz de destruir el esfuerzo solidario cuando nace del
corazón. Lo que sucede es que hoy pocas cosas germinan
desde dentro y con la claridad debida. Este es el grave
problema que padecemos. Con estas formas, el mundo de las
ideas, se nos va de las manos. Esa costumbre necia del político
de turno de irritar a los ciudadanos mediante un globo sonda,
es un manifiesto patético de la falta de coherencia
en cuanto a la concepción de la vida social a la
que está llamado a servir. Reducir la cuestión
política, a pura mediación de los intereses
o, aún peor, a una cuestión de demagogia o
de cálculos electorales, nos lleva a un estado febril
de ambiciones sin sentido; una manera ruin de pretender
gobernarnos.
Para
huir de esta sensación de vacío, me parece
que lo más sensato es ponerse en movimiento y reponerse
en los valores de la autenticidad. Una receta del novelista
José Luis Sampedro nos recuerda lo mismo: “El que
no arde no vive”. Sólo las aguas que besan con dulzura
vuelven radiantes los campos. Pienso que es necesario poner
el corazón en lo que hacemos. Así es como
se pueden fomentar y encender encuentros, conciliar discrepancias
y reconciliar actitudes. Esta pauta conciliadora es una
buena invitación para ilusionarse y contrarrestar
desencantos. Con escuchar y ver lo escéptico que
miramos la vida ya se nos echa encima el mundo. Hemos perdido
la sensibilidad a un sabor común y a una sabiduría
propia, a tener la misma visión prioritaria del valor
de las especies y de las cosas. Nos hace falta un pensamiento
universal que nos dignifique. Las percepciones gozosas no
dependen tanto de que mejore nuestra situación económica
como de las ganas que pongamos en conseguir metas con las
que compartir vidas. Precisamos unos de los otros para estremecernos
y que vuelvan a brotar las alas del poeta.
Realmente
tenemos el corazón muy dañado. La poesía
puede regenerarnos. Aquello de que la belleza nos limpia
y nos levanta el ánimo, se refleja por si misma.
Nos hace falta ese caudal de latidos parnasianos. Lo cierto
es que también parece que están de capa caída
nuestras reglas de juego constitucional. O sea de vida.
Por lo que se escucha y se oye, el panorama es desolador.
¿Qué presagian, qué auguran con disgregarlo
todo? –me pregunto. Qué martirio. Cuidado con el
capricho de lo que se siembra y con las virtudes que se
desechan. Que el paso de la convivencia a la confrontación,
una vez iniciado, produce una riada de odios de difícil
detención. Para que esta sensación depresiva
cambie (y nos cambie) depende un poco de todos y un mucho
de los gobiernos que deben retomar los aires de la prudencia
como abecedario de equilibrio y semántica de lenguas.
Fuera boicots, algo propio de las mentes caprichosas y de
los maniáticos mezquinos.
El
vacío que se constata nos bordea, nos muerde, y de
la herida emana una sensación de desespero. Ante
lo cual, yo me pregunto: ¿Dónde está
la razón de aquellos poderes que prescinden de la
reflexión histórica para hablarnos de futuro?
¿Para qué la recomendación de lecturas
populistas que nos hablan de ética sentimental, o
mejor dicho, de una ética secular basada en derechos
camuflados que suelen conducirnos (e inducirnos) al decaimiento
total? ¿Por qué ese afán destructor
de borrar ideales de vida y valores morales compartidos
por la mayoría? Eso de que el ciudadano, como si
fuese un cuerpo sin emociones, quede a merced de quien ejerce
el poder, es la mayor de la esclavitud a la que podemos
llegar. Todo se ha vuelto como muy incierto. Sonrisas que
nos engañan, besos de dudoso latido, abrazos que
nos llevan a la tumba, labios que nos matan, manos que nos
modulan a su antojo… Luces vacilantes, en definitiva, que
nos hunden porque no son de verdad. El huracán de
la farsa, del fingimiento y del fraude, tan propio en este
mundo actual, destruye la confianza, nos disloca (y nos
descoloca) hasta desacoplarnos de la humana convivencia.
Bajo
esta sacudida de vacío, lo frívolo es rey
y señor. Lo insustancial avanza en este otoño
que llamamos invierno hacia ese invierno que llamamos primavera.
La confusión nos divide en bandos contrarios y en
bandadas dominadoras. La cuestión no es la verdad,
sino el dominio de las personas para que no piensen nada
más que en sus afines. Esta postura bobalicona que
agita nuestra mente, nos está llevando a un caos
de frenéticos delirios y de malignos pensamientos.
Las consultas de psicólogos y psiquiatras se encuentran
desbordadas, incapaces de atajar el problema cuando se vive
en un mundo de disfraces. La cultura de la terapia, cuando
la pureza está ausente de los corazones, tampoco
nos llena. El ser humano es algo más de lo que cada
uno opina, dice o se desdice, aconseja o sugiere. Por eso
es tan de justicia y de ciudadanos libres, respetar la dignidad
de la persona como tal. Sin duda, este es el camino para
desterrar la sensación de vacío que aflige
y descorazona a tantas gentes. Si los mártires han
encontrado el vigor necesario para vencer el odio con el
amor y la violencia con el perdón, nosotros también
podemos reencontrarnos con una fuerza que nos llene, la
del entendimiento (por amor) para vencer incomprensiones.
Con una consigna: La verdad por delante, siempre. Más
duele una puñalada trapera, constantemente.
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