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Me
parece bien, muy bien, cualquier encuentro que sirva para
fomentar el diálogo, la lucha contra el terrorismo
internacional y las migraciones. Ese fue el poema a recitar
en la inauguración en Barcelona de la V Conferencia
de presidentes de Parlamentos Euromediterráneos.
A sabiendas que, el mejor código de conducta como
el más níveo poema, pasa porque la autenticidad
del latido se haga ejemplo de vida, por aquello de que la
palabra es el espejo de la acción, propongo que desaparezcan
del ambiente esa fiebre de poder, por poder, que quiere
arrebatar libertades. Cualquier donación a dedo,
como prebenda por los favores recibidos, tan de actualidad
para desgracia de todos los demócratas, rompe la
métrica. La corrupción destroza toda poesía.
Porque sin ética, no hay estética y tampoco
deontología que nos salve.
Válgame
el Parnaso que quisiera tener otra sintonía más
óptima en verdad. Confieso que también estoy
por el aplauso del poeta hacia esos parlamentos de luz.
Más que nunca son esenciales para compartir la democracia
y los derechos humanos; hacer tertulia de alma a fin de
que se haga realidad de que, hablando, puedan entenderse
los pueblos. Lo tenemos complicado, sobre todo cuando no
se respetan otras opiniones, formas de pensar diversas,
identidades diferenciadas. La hipocresía social nos
ha vuelto tan estúpidos como mediocres. Bajo este
fuego de lenguas, sin lenguaje claro, entenderse es más
difícil que conquistar un amor imposible. Por ello,
no es de recibo jugar con cartas marcadas y alentar el humo
del negocio antes que las brasas del espíritu. Que
determinados empresarios hagan el agosto al calor del gobierno
de turno, se confundan las amistades con el servicio al
bien común y se desborde el gasto público
a la máxima potencia, genera un daño tremendo
a la convivencia en armonía.
Es
obvio, palpable y evidente, que estoy por la palabra que
sale del alma como verso (el más profundo de los
besos), aire necesario para respirar, sin darse codazos
los unos a los otros, muletazos envenenados o zancadillas
a traición. Lo de aproximarse es norma de poema,
y eso me gusta. ¿Qué cultura sembramos sí
la poesía ha dejado de existir, verso a verso, o
sea, coexistir corazón a corazón, en el mismo
ser que excluye del horizonte cómo ha de vivir y
morir? Es bueno que las palabras vayan acompañadas
de hechos. Que no de hachas. Ya se sabe que, cuando abundan
en demasíe son como las hojas, poco fruto hay entre
ellas. Sucederá lo mismo con la alianza de civilizaciones,
nos gastaremos un pastón para ponerla en marcha y
quedarnos tan sólo en la música.
Los
discursos que quedan en la superficialidad de las olas,
sin adentrarse en el mar profundo del verbo, de la sabiduría,
brotan en desilusión y acrecientan la desconfianza.
Hacen falta personas de conciencia que actúen coherentemente
y pongan sus sílabas al servicio del bien, en última
instancia, al servicio de la justicia y de la paz. Se necesita
valor para ello y poeta para avivar ingenio, cuando no somos
capaces de ejercer una administración responsable
de nuestro hábitat, ni de hacer justicia ante la
injusticia de la creciente desigualdad entre mortales. Eso
de esparcir voces a desconcierto, es muy propio de la charlatanería,
al que le puede la risa tonta, porque es incapaz de confirmar
la primacía de la ética y de los derechos
del ciudadano sobre todo lo demás, para preservar
la dignidad humana que es el poema más perfecto que
existe para cáliz de los poetas que se visten de
falsas independencias, bailando a la consigna del poder
como marionetas del pesebre.
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