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Ignacio Sanz, el domador de palabras / Manuel Quiroga Clérigo

 
 

Ignacio Sanz, Voces para la vida. El domador de palabras. Autor: Ignacio Sanz. Ediciones SM, Madrid, 2005, 139 págs.

La lacerante sorpresa está en los últimas párrafos del relato. Pero mientras tanto asistimos a un insólito espectáculo: el de un padre lanzado voces para la vida, para el futuro. El sociólogo, alfarero, castellano y poeta Ignacio Sanz Martín, nacido en Lastras de Cuellar (Segovia) en 1953 y parte del paisaje urbano de la bella ciudad del Acueducto, nos regala otra preciosa narración, esta vez inserta en la Colección “El Barco de Vapor” y, por tanto, especialmente recomendada para lectores a partir de los 12 años, donde un padre dedica todo el amor a su hijo a través de veinte cartas maravilladas donde, ya, se configura como “El domador de palabras” que da título al libro. Escribimos este comentario en San Vicente de la Barquera, frente a ese mar azul y lleno de promesas que es el mismo Cantábrico que preside los escritos que su padre dedica a Marcelo… Pero vayamos por partes. Y las partes son que los padres de Marcelo están separados. Su progenitor se siente algo culpable de lo poco que está con su hijo, por lo cual desde un pueblecito cántabro en el que se está rodando una película, de la cual es guionista y ayudante del director, le va contando las cosas que suceden en el rodaje. Y al tiempo le habla de cómo comenzó a leer, de cuál fue su primer amor, de alguna fechoría que otra y, sobre todo, de la extrañeza que siente por no tener cerca de Marcelo. El muchacho asiste a estas confesiones y va conociendo de una manera más profunda a ese hombre que ha dedicado su vida a escribir historia, a domar las palabras, a instaurar voces y frases para el amor y la cordura. Ese hombre es nada menos que su padre, y las cartas no hacen más que irles acercando, incluso con promesas de futuro y anécdotas que descubren de una manera más amplia, si es posible, el amor que el padre siente por su hijo. También resulta emocionante asistir al rodaje de una película, ver cómo los actores aman o sufren, como el director se desgañita, como los paisajes hacen presa en el espíritu de los hombres, como el trabajo une… Pero lo importante es ver como a través de esas veinte cartas se va reconstruyendo un amor entre el padre y el hijo que, circunstancias de la vida, parecían haber alejado. Decimos que para el final nos deja Ignacio Sanz otra sorpresa, otra emoción, esta más profunda todavía. Mientras tanto ha sucedido la vida, y eso nada puede borrarlo. Buena literatura para quienes comienzan a insertarse en el mundo de la fantasía que no es otro que el universo de las palabras.

Manuel Quiroga Clérigo. San Vicente de la Barquera, 19 de mayo de 2005.

 
 

Fuente: Texto enviado por Manuel Quiroga Clérigo, de Madrid, España.