Narrativa

Y el dios de los vientos se quedó sin aire / Mario Aranda González

 
 

Hace muchos años la península de Yucatán era un paraíso; la mancha urbana estaba lejos de los medios rurales; la flora y la fauna se mantenían en perfecta comunión con la naturaleza.

Eolo Durán Castillo arribó a Cuchjoloch, donde haría sus prácticas normalistas. Rápido se adaptó al entorno: por las mañanas enseñaba el alfabeto, por las tardes convivía con los campesinos y practicaba el béisbol con ellos. Su comprensión de la lengua maya le despertaba simpatías.

Todos los niños con salud son traviesos; un día perdió la paciencia con un fosilillo repetidor y le arrió dos cinturonazos. Luego supo que su padre, alcohólico y pendenciero, traía en jaque a los pueblerinos cuchjolochenses. Un hilillo de preocupación lo mantenía en vigilia, escuchando el golpeteo incesante de la lluvia en su techumbre de lámina galvanizada.

Fuertes toquidos a la puerta lo sacaron de sus cavilaciones. Al abrir, sus ojos chocaron con la siniestra silueta de un hombre a caballo, con sombrero y gabardina. Los relámpagos iluminaron dos o tres veces un rostro y aspecto patibularios. Sintió miedo.

La voz aguardentosa del jinete lo hizo sacudirse y sentir frío en la espalda.

-Maestro, ¿es cierto que usted le pegó a mi hijo?

-Mire usted señor, su hijo es un poco travieso.

-Sí es un poco terrible, pero es mi hijo. ¿Le pegó? ¿Sí o no?

La puerta se cerró con un golpe de viento. Las rodillas le temblaban, pero trató de aparentar calma.

-Tiene razón en estar molesto. Nunca volverá a pasar.

-Entonces sí le pegó, ¿verdad?

Aun los socialistas invocan a Dios cuando sienten que la hora final se acerca. Era soltero, pensó en sus padres y hermanos, en sus compañeros y maestros, y con débil voz contestó, al tiempo que pensó muy fuerte ¡PERDÓNAME, DIOS MÍO!:

-Sí (y unas lágrimas se confundieron con las últimas gotas de la lluvia).

El hombre introdujo una mano en el oscuro gabán, al tiempo que decía resuelto:

-Pues ¡esto es para usted!

El normalista esperaba con pavor el machetazo que arrancara la flor de sus proyectos juveniles.

-Tenga esta piernita de venado, porque mi hijo es un cabrón.

 
 

Fuente: Soy normalista. Anécdotas y comentarios. Varios autores. Hecelchakán, Campeche, 1996. 180 p.