En
los prados sin niño sólo inocencias vanas
nos devuelven la imagen que procede del llanto.
Ni siquiera unos versos suscitan la tristeza
de aquella soledad que burla las miradas
y despedaza tréboles, cosechas o rosales.
Son prados de violencia con escena de angustia,
doloridos reflejos de siberias y páramos
Se encuentran muy lejanos el amor y la vida,
las orquestas de flores y el mapa de las aves.
Es como un cementerio despojado de horarios
con la sombra infinita que recurre a los bosques
y a todos los vestigios de las torpes batallas.
Se acumulan momentos de astutos vendavales,
las horas de violencia y soledades turbias
o peregrinaciones de nieblas y de harapos.
En los prados sin niño no es posible la herida
pPero tampoco el pájaro. Sólo son clandestinos
escenarios abiertos a todas las rutinas,
a los claustros antiguos del dolor impensado.
De repente sucede que intensas amapolas
ponen nuevo color junto a arbustos y acequias
en las inmediaciones de la hierba agostada.
Entonces nos parece que algún niño invadiera
ese pequeño caos del sándalo furtivo
y la melancolía, el lugar de la tarde.