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¡Aquí con el Diablo! / Miguel Suárez Caamal

 
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¡Hagan sus apuestas, señores! ¡Acérquense a este su stand de la lotería! ¡Acérquense que hoy es la noche de su buena suerte! ¡No la deje pasar! ¡Escoja usted mismo las cartillas que desee! ¡¡Vamos, por la cantidad que apueste se puede llevar el doble!!, escuché que anunciaban en un altavoz. ¡A ver joven! ¡Sí, usted, el de la camisa de cuadritos! -oí que me hablaron a través del mismo- ¡No sea tímido y venga a jugar que hoy la suerte puede estar de su lado!

-¿Yyyoo? -dije con voz temerosa.

-¡Sí! ¡¿O es que nunca ha jugado a la lotería?!

-Sí... sí, pero... -iba diciendo, mientras me acercaba titubeante hasta las maderas que servirían de mesas a todos los clientes de esa noche. Había decidido salir a la Feria de San Ángel de la Cuneta, pues estaba de paso como agente de ventas en el lugar.

-¡Vamos, venga! ¡No tenga miedo! ¡La suerte es como la muerte, llega en el momento menos esperado!

Ante la insistencia y pensando que esa noche no tenía más qué hacer, para no fastidiarme, decidí escuchar el consejo. Sin embargo, me detuve un momento, pues recordé que solamente traía quince pesos en el bolsillo. Y por cierto, no eran míos. Correspondían al importe del único pedido que me habían hecho en un pueblo anterior que había visitado, dos días antes de llegar a San Ángel de la Cuneta, donde ahora estaba. Pero dicen por allá que la tentación puede más que la cordura. Para mis adentros me dije: "a lo mejor gano algo más que mi sueldo. Total nadie lo sabrá. Unos centavos menos, los podré devolver con mi salario. Quién quita y le pego".

No seguí pensándolo más. Me acerqué hasta aquel stand de lotería que estaba repleto de clientela. Como pude pedí compermiso, compermiso, a algunos mirones y escogí dos cartillas de todas las que me trajeron.

-Eso es, amigo -me dijo el que parecía ser el dueño de aquel negocio que andaba de feria en feria y que también "cantaría" las barajas en cada juego.

Ya que todos teníamos nuestras respectivas cartillas, el anunciador dijo a través del micrófono:

-¡Ninguno más, amigos! ¡Todos estén atentos o se les "pasa bola"! ¡Mucha atención!...

Y así, después de seis horas, llevaba ganando como cincuenta pesos, que ya era mucho para mí, pues mi sueldo era de diez pesos a la quincena. Ahota tenía, en poco tiempo, casi el triple de lo que llevaba en el bolsillo. Bueno, ni en tan pocas horas, pues al consultar mi reloj, marcaban sus agujas las dos de la madrugada. Aunque por allá dicen que "la ambición rompe el saco", no me detuve y quise seguir en el juego. De nuevo escuchamos al cantador:

-¡Ninguno más!... ¡Empezamos con la botella! ¡Enseguida salió la cobija de los pobres: el soolll! Ahora tenemos al que van a ver sólo cuando tiene tunas: ellll nopaaalll!

Mucho oído, amigos... ¡Tenemos ahora aaaa.... la que nos jala los hilos de la vida: la mueeerrrteee! ¿Nadie aún con la lotería? Bien... ¡El que trae su cuchillo caliente: el valienteee!

-¡Aquí con el valiente! -volví a gritar, creo que por trigésima ocasión.

-De nuevo el joven se ganó esta mano. Felicidades, muchacho. Tenga su premio.

Esta vez me gané treinta y cinco pesos, ya que eso fue lo que había apostado golosamente. Entonces, como si una vocecita en mi interior me dijera: "No tengas miedo, estoy contigo, yo, tu buena suerte. Apuesta lo que llevas ganando en una "llena" junto con los otros quince pesos que traes en el bolsillo." El anunciador y dueño del puesto pareció leerme el pensamiento, pues enseguida se dirigió a mí:

-Vamos, jovenazo. Hoy está de suerte. ¿Qué le parece si apuesta todo lo que trae y se lleva cien pesotes si le atina a la "llena" antes que nosotros? Bueno -expresó dirigiéndose al público que había jugado tantas horas al igual que yo-. Bueno, si alguien más le quiere entrar al sorteo grande y especial de hoy, puede hacerlo, siempre y cuando apueste lo mismo que nuestro joven ganador de esta noche. Veamos, amigo. ¿Cuánto apostará? ¿O es que ya se rajó? me dijo al ver que yo titubeaba. No respondí enseguida pues empecé a imaginar en qué iba a gastar tanto dinero, si es que ganaba. Mas enseguida se pintó la duda en mi rostro. Escuché de nuevo la voz del cantador:

-No me diga que se le arrugó, mi cuate. Vamos, demuestre que hoy la suerte está de su lado. Ya casi me "pela" usted, pero creo que puedo recuperar lo perdido.

Yo solamente atiné a pedir un momento de tregua. Lo hice para tomar una determinación: no sabía si jugaba lo que tenía en total o solamente una parte. Opté por lo primero.

-¿Y bien, jovenazo? ¿Qué nos dice? ¿Le entra o no le entra al toro?

Respiré hondo antes de contestar:

-Le entro con cien pesos -dije sin que yo mismo lo creyera. "Ay, mamita linda y si pierdo, ¿cómo devolveré los quince de la agencia?". Pero volví a decir como si mi voz no fuera la mía:

-Le entro con cien pesos, mi cuate.

-Eso es mi socio. Así se juega.

Y dirigiéndose de nuevo al público, les dijo a través del micrófono:

-¡Ya oyeron, señores! ¿Alguien más le tienta a la suerte?

Nadie intentó acompañarme en esta empresa que ahora me estaba pareciendo loca, ya que tal cantidad de dinero, si perdía, representaba mes y medio de trabajo. Sin embargo, ya no pude retractarme.

-Bien, mi aventadísimo socio. Si lo desea puede cambiar de cartillas.

-No. Me quedo con estas dos -respondí y las apreté contra mi pecho como si fuesen unas tablas salvadoras en medio del mar.

-Si así lo desea, mi cuate. Entonces, empecemos. Pero antes, hay que depositar nuestro dinero ante el público que será testigo.

Fueron tres minutos aproximadamente en que mi contrincante barajó las cartas unas con otras. Yo no me perdía ni un detalle.

Temía que me hicieran chafa, pero no vi nada irregular. Cuando acabó, dijo:

-¡Ahora una "mano santa" las "cortará!"

Y dirigiéndose a una guapa chava le pidió que dividiera en dos el mazo de barajas. Ella lo hizo con gusto mientras yo empezaba a sudar.

-Bien, amigo. Empezamos... Viene la primera. ¡Salió el que nos da sombra gratis: el árbol! Enseguida los dos apuntamos. ¡Ahora tenemos a la vendedora de flores: la chalupa! ¡Y sale la que no es grata pero araña: la araña! ¡Viene ahora la cobija de los pobres: el sollll! ¡El del cuchillo caliente: el valiente!...

Me concentré en mis cartillas, con tanto fervor, que sentí que solamente estábamos yo y el dueño del puesto del juego de azar. Y así fueron saliendo una a una todas las barajas: después del catrín, vino la dama, la botella, el borracho, la luna, la escalera y las jaras, las cuales yo había apuntado. Hubo una larga pausa. Fue cuando alcé la vista y me di cuenta de que mi retador estaba en desventaja con tres figuras. Ahora era él quien sudaba copiosamente y no yo. Y cómo no iba a estar nervioso: cien pesos no se encuentran a la vuelta de la esquina. Me imaginé que posiblemente esa cantidad de dinero la había juntado en seis meses o más tal vez. Me pareció ver en sus ojos un ligero arrepentimiento, pero enseguida quiso demostrar seguridad de que, ahora que me doy cuenta, él estaba lejos de sentir. Sin embargo, continuó con la "cantada".

-¡Vino ahora el que pica con la cola: el alacrán!...

De nuevo me fijé en mis cartillas. Escuchaba atentamente los nombres de las barajas que salían una tras otra, mientras yo las seguía apuntando con mis fichas. Entre tanto, el anunciador continuaba:

-¡La que no usa champú para el cabello: la calavera! ¡El que le canta al sol de la mañana: el gallito!...

Yo sudaba de alegría, pues solamente me faltaban dos figuras en una cartilla y en la otra nada más una: el diablo. De reojo veía al dueño del establecimiento cómo se perlaba la frente y la calva con un abundante sudor. Nada más que en él era de puro nerviosismo porque seguía en desventaja.

Sin embargo, no tardó mucho y sus ojos brillaron de pura emoción cuando le faltaba una también: la estrella. ¡A mí me hacía falta el pinche diablo para ganar!

Enseguida hubo un silencio tan fuerte, que pareció que todo se detuvo a nuestro alrededor. Como en cámara lenta, el señor del stand fue sacando la siguiente baraja. Vi que su mano derecha se movía como si la tuviese atada con pesadas cadenas.

De pronto, el "cantador" se fue escurriendo en el piso de su negocio como si fuese una enorme gelatina, con la baraja del diablo en su mano... ¡Yo había ganado! ¡Mi baraja había salido! ¡Lotería! ¡Lotería! ¡Aquí con el diablo! ¡Aquí con el diablo! -grité con euforia.

Entonces, pensé en no tentar más a mi buena suerte y me fui al hotel. Me retiré porque no quería que me pusieran suero en las venas, como le pasó al dueño de aquel stand de la lotería mexicana, al cual le gané estos cien pesos que me sacarán de muchos apuros.

 
Fuente: Sonarte. Revista, No. 3, del Taller Literario Syan Caan, de Bacalar, Quintana Roo.; 1996. 60 p.