Hace
veinte minutos dejé de amarte.
¿Quién rompió los espejos?
Inútil,
vanamente
tomé la llave del armario:
un viejo corazón de mimbre
guardaba los renglones temblorosos
que nos escribimos. Ya no es igual la casa.
En la cocina gruñe el desamparo,
se amontonan las moscas.
Hace veinte minutos
una aguja de podrido estambre
remienda el infinito.
En los días de tedio no tenemos sombra.
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