Durante
años siempre quise tener una barbita
de esas de chivo y un bigote como de cáscara de coco,
parecido al de Emiliano Zapata o al de Pancho Villa. Sin embargo,
las andanzas de la vida no me lo permitieron, ni me dieron tiempo.
Al llegar mi adolescencia tuve una época de exploración
espiritual; en esa edad encontré una iglesia protestante.
El
ministro de la Iglesia que visitaba siempre dictaba las normas
establecidas de la vestimenta y nadie se oponía;
es más, si alguien osaba desobedecer su decreto prohibitorio
de tener, siquiera, las patillas cortadas en algún estilo
considerado por la junta directiva como sexy....¡Caput!
se iba directo al infierno, y sin escalas. Asi que el arte, la
literatura y las ciencias no tenían cabida en el concepto
religioso de este personaje, que sólo alcanzaba a condenar eternamente
todo lo que fuese pecado. ¡Hasta dónde
llega la fe! O la conformidad filosófica de un cristiano
que se somete a las locuras de su líder.
Poco
después
vino la tragedia de Waco, Texas, con el caso tan sonado de David
Koresh; la verdad es que ese evento motivó mi decision
de abandonar mis hábitos espirituales o al menos a tomarlos
con mas calma. Asi pasó mi adolescencia y mi bigote fue
censurado por motivos religiosos.
En
mi vida sentimental las cosas iban más o menos. Por cuestiones
del corazón había olvidado mi apariencia y
de los modales, además de que mis instintos folclóricos,
mexicanos, de tener el bigote a lo charro y una vida bohemia
no compartían
mucho en común con la ausencia de mi bigote, me sentia
desnudo en la cara, y con cara de niño.
Pasaron
algunos años y mi ilusión de tener una
aspecto renegado y desaliñado seguía latente, pero
me di cuenta que mis genes mayas no me permitían tener
la belleza de los bigotes de mis ídolos revolucionarios. ¡Pero
por Dios! !Qué tragedia más grande para un mexicano! ¿Se
imaginan ustedes a Pedro Infante o a Jorge Negrete sin bigote? ¡Hasta
Cantinflas tenía medio bigote! Sin embargo, el destino
siempre nos da sorpresas y yo tenía una ventaja secreta.
Pronto descubrí que mi herencia materna hispano-árabe, me
preparaba un sublime regalo ¡Sí podía crecer
pelo en la cara!, y viviendo en un país frío aún
más.
Entrando
a mis veintes, me salía pelo en la cara, en
los brazos, por todos lados y, por supuesto, mi ilusión
de tener un buen bigote y una espesa barba estaba cada día
más cerca de realizarse. Ahora, sólo necesitaba esperar y esperar,
y tratar con cariño la mata de pelos negros tiesos que
salían de mi cara y que -según yo- me hacían
lucir más atractivo.
El
día que cumplí veinticinco
años de edad, en las más profundas negociaciones
entre la estética y la genética, mi compañera
amorosa me regaló un arma para hacer más fácil
mi aventura quijotesca. Ese día de octubre recibí una
rasuradora eléctrica; yo sabía que existía
tal adelanto tecnológico magnífico, pero créanme,
después de tantos años yo nunca había tenido
o usado un artefacto de esos. Y ahora como parte de la magia
de la tecnología podía cortar y podar los pelitos
más grandes y dejar que sus hermanos en queratina los
alcanzacen, para hacer una alfombra de pelos que satisficiese
mi ego latino.
Por
fín tuve mi bigote y barba como habia
querido desde niño; lo que no había considerado
es que ahora está de moda que los chicos anden rasurados, musculosos,
bien vestidos y olorosos; atrás quedaron los tiempos en
los que las abuelas decían “el hombre es como el
oso, mientras más feo y peludo, más hermoso”....
los metrosexuales son la nueva moda.
...
al cabo de un mes, el bigote me fastidió. |