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Un mexicano sin bigote / Francisco Ucán-Marín

 
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Durante años siempre quise tener una barbita de esas de chivo y un bigote como de cáscara de coco, parecido al de Emiliano Zapata o al de Pancho Villa. Sin embargo, las andanzas de la vida no me lo permitieron, ni me dieron tiempo. Al llegar mi adolescencia tuve una época de exploración espiritual; en esa edad encontré una iglesia protestante.

El ministro de la Iglesia que visitaba siempre dictaba las normas establecidas de la vestimenta y nadie se oponía; es más, si alguien osaba desobedecer su decreto prohibitorio de tener, siquiera, las patillas cortadas en algún estilo considerado por la junta directiva como sexy....¡Caput! se iba directo al infierno, y sin escalas. Asi que el arte, la literatura y las ciencias no tenían cabida en el concepto religioso de este personaje, que sólo alcanzaba a condenar eternamente todo lo que fuese pecado. ¡Hasta dónde llega la fe! O la conformidad filosófica de un cristiano que se somete a las locuras de su líder.

Poco después vino la tragedia de Waco, Texas, con el caso tan sonado de David Koresh; la verdad es que ese evento motivó mi decision de abandonar mis hábitos espirituales o al menos a tomarlos con mas calma. Asi pasó mi adolescencia y mi bigote fue censurado por motivos religiosos.

En mi vida sentimental las cosas iban más o menos. Por cuestiones del corazón había olvidado mi apariencia y de los modales, además de que mis instintos folclóricos, mexicanos, de tener el bigote a lo charro y una vida bohemia no compartían mucho en común con la ausencia de mi bigote, me sentia desnudo en la cara, y con cara de niño.

Pasaron algunos años y mi ilusión de tener una aspecto renegado y desaliñado seguía latente, pero me di cuenta que mis genes mayas no me permitían tener la belleza de los bigotes de mis ídolos revolucionarios. ¡Pero por Dios! !Qué tragedia más grande para un mexicano! ¿Se imaginan ustedes a Pedro Infante o a Jorge Negrete sin bigote? ¡Hasta Cantinflas tenía medio bigote! Sin embargo, el destino siempre nos da sorpresas y yo tenía una ventaja secreta. Pronto descubrí que mi herencia materna hispano-árabe,  me preparaba un sublime regalo ¡Sí podía crecer pelo en la cara!, y viviendo en un país frío aún más.

Entrando a mis veintes, me salía pelo en la cara, en los brazos, por todos lados y, por supuesto, mi ilusión de tener un buen bigote y una espesa barba estaba cada día más cerca de realizarse. Ahora, sólo necesitaba esperar y esperar, y tratar con cariño la mata de pelos negros tiesos que salían de mi cara y que -según yo- me hacían lucir más atractivo.

El día que cumplí veinticinco años de edad, en las más profundas negociaciones entre la estética y la genética, mi compañera amorosa me regaló un arma para hacer más fácil mi aventura quijotesca. Ese día de octubre recibí una rasuradora eléctrica; yo sabía que existía tal adelanto tecnológico magnífico, pero créanme, después de tantos años yo nunca había tenido o usado un artefacto de esos. Y ahora como parte de la magia de la tecnología podía cortar y podar los pelitos más grandes y dejar que sus hermanos en queratina los alcanzacen, para hacer una alfombra de pelos que satisficiese mi ego latino.

Por fín tuve mi bigote y barba como habia querido desde niño; lo que no había considerado es que ahora está de moda que los chicos anden rasurados, musculosos, bien vestidos y olorosos; atrás quedaron los tiempos en los que las abuelas decían “el hombre es como el oso, mientras más feo y peludo, más hermoso”.... los metrosexuales son la nueva moda.

... al cabo de un mes, el bigote me fastidió.
 
Fuente: Texto enviado por Francisco Ucan-Marín (ucamar@hotmail.com). National Wildlife Research Center. Carleton University (Raven Road). Lab 330. Ottawa ON, K1A 0H3. CANADÁ. Agosto de 2007.