Muere
el hombre, una crisis respiratoria dicen que fue la causante.
Vive el poeta, una permanencia en la poesía
como actitud de vida y un equilibrio en el dominio de si como
manera de vivir, le hicieron grande y eterno, aunque él
no creía en perpetuidades. “No creo en la Eternidad.
/Mas si algo ha de quedar de lo que fuimos /es el amor que pasa”-
dice uno de sus poemas. En ese ancho espacio y en ese largo tiempo,
cultivado para llegar a la esencia de las cosas, entregó la
vida al verso y pudo abrazar al mundo con los acordes de la poesía.
Quiso refrendar su nombre con el poema de la vida, para que todos
le llamásemos Ángel González, incluido él
mismo, y procuró estar por encima del ocaso, en la autenticidad
de la luz, luchando contra viento y marea, huyendo de la enloquecida
fuerza del desaliento.
Consiguió Ángel
González, en este caminar
por la existencia de los muertos porque la vida es lo que nos
queda por vivir, ser lo que quiso ser, en este trajinar donde
nada es igual. He aquí la lucidez de su receta poética
que nos lega para los que seguimos la ruta de la navegación
terrícola, y aún no hemos alcanzado cielo: “Olvidemos/
el llanto/ y empecemos de nuevo, / con paciencia, / observando
las cosas…” Sin duda, observar alrededor y observarse, –como
dice el poeta en las citadas estrofas-, lejos de las rabietas
del presente, injerta otros puntos de vista que iluminan el muro
de las sombras.
Para
que el poeta se llamase Ángel González, y no admitiese
confusión la poética desnuda que albergó el
verbo conjugado para todas las edades y mundos, se vistió de
palabras nuevas en sus andares, viajó por la tierra a
pecho descubierto, puso el acento en resucitar la palabra con
viva paciencia, y se sirvió un destello de amor en cada
paso. Logró un lenguaje claro y clarividente, poniendo
voz a sus transparentes latidos, y, así, hasta pudo
hacer inventario de lugares propicios para el amor. Denunció que
eran pocos los espacios para hacer el corazón, sobre todo
para lo grandioso que es el ser humano, y se halló que
precisaba huir de la realidad, siendo necesario, aunque injusto
sea, vaciar el alma de ternura, porque el odio se sirve a diario
y la amenaza se desenfunda a la primera contradicción
del pensamiento único.
Llamarse Ángel
González es una brillante ironía de un poeta con ángel,
comprometido con lo humano, que no puede llorar “frente
al áspero mundo” (frase que da título al
libro que obtiene el Accésit Adonais en 1956) y que sonríe
a pesar de las inciviles contiendas; porque sonreír, es
un saludable “tratado de urbanismo”, haciéndome
eco de otro de sus volúmenes. En cualquier caso, tomar
como bandera lo irónico, vestimenta que formó parte
de sus raíces parnasianas, aparte de que jamás
sea inmoral, también ayuda a sobrellevar los tragos de
la vida. En su poética, pues, germina el dolor que el
poeta lleva muy dentro, exteriorizándolo en verso, a causa
de horrendas estampas vividas de niño, con una guerra
civil, luego la posguerra y más tarde la dictadura. La
poesía le sirvió para alcanzar horizontes y explicar
el mundo, para responder y responderse a esa necesidad inherente
al hombre de entender la vida.
Ahora,
ya ausente su cuerpo, nos queda el legado de una obra literaria
creciente en sabiduría que, con su lectura, cuando menos
nos hará despertar del letargo, mirar a los extrarradios
marginales ubicados en las lujosas aldeas globales, y pensar
que el verso aún es necesario para transformar el mundo
y hacerlo más habitable a la poesía. El haz de
poemas que Ángel González nos ha donado, en un
abrazo inmenso al mundo, puede servirnos para tomar ese primer
impulso, para romper frialdades, ya que nos evoca a esa viva
estrella que nos revive por dentro, a pesar de los amargos
zumos de la existencia.
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