Haz clic
 

La casa de la abuela / Élmer Cocom Noh

 
Portada
 

Ese día le dimos cristiana sepultura a la abuela, y nos marchamos del pueblo. No había ninguna razón para quedarnos más tiempo en este lugar. ¿Para qué? Con ella, enterramos los recuerdos, el último capítulo de la historia familiar de los García.

La casa no fue ningún problema. Quedó al cuidado de Florencia, la muchacha que papá contrató hace algunos años para la servidumbre de la abuela y que, debido a las circunstancias de la vida y a su orfandad, no dudó en aceptar nuestra oferta.

Nunca pensé en regresar, pero ahora, después de largo tiempo, estaba nuevamente frente a la casa de la abuela: una casa, por cierto, bastante vieja y con las paredes cayéndose a pedazos, una casa de habitaciones amplias y techo alto, cuyas vigas de madera siempre me recordaron el tormento del Nazareno. Las ventanas con sus barrotes semejaban una prisión; éstos, a pesar del rudo metal con que fueron labrados, sucumbían lentamente ante la tentación del óxido.

“Veinte años son muchos”, me dije y levanté la mirada dándome cuenta de los nubarrones que ensombrecían el cielo. Empezó a llover. Apuré el paso y crucé la calle. 

−Florencia, abre la puerta −dije, mientras golpeaba con mis nudillos la dura madera. Nadie contestó.

−Florencia −insistí−; por el amor de Dios, abre la puerta, con este tiempo voy a pescar un resfriado.

La puerta no se movió ningún centímetro. La lluvia arreciaba más a cada momento. Fue en vano mi súplica. Me di la vuelta para ver si venía la muchacha de algún lado. La calle estaba solitaria de gente, pero poblada de sombras. El silencio me calaba los huesos más que la frialdad del agua.

Al protegerme con los brazos, sentí un pedazo de metal pegado a mi pecho. Recordé entonces que un día la abuela, presintiendo su muerte, me regaló una copia de la llave de la casa, por si alguna vez regresaba al pueblo. ¡Cómo fui a olvidarlo!

Agaché la cabeza para quitarme el cordón y tomé la llave con la mano derecha, la introduje en el cerrojo de la puerta y la giré con dificultad. Casi desfalleciente empujé la puerta. Por un rato me  quedé en la entrada de la casa contemplando su interior.

Nada había cambiado en veinte años. El retrato de la abuela junto al del abuelo, el altar con sus santos de madera, la silla mecedora de mimbre, los muebles de terciopelo. “Veinte años no son nada”, me dije. Todo estaba dispuesto, como lo observé el día de su funeral. Todo, excepto la humedad, las telarañas y el polvo en las paredes y en cada rincón de la morada.

Ya en el interior de la casa, busqué en la maleta que llevaba conmigo una toalla para secarme el cuerpo. Luego, con más tranquilidad, me senté en uno de los muebles. Agotado por el viaje y sin más me dormí, no sé por cuanto tiempo.

El fresco de la madrugada, que entraba por las ventanas rotas de la casa, empezaba a entumir mi cuerpo. Advertí entre sueños una extraña presencia. Sentí que alguien me observaba detrás de las cortinas de la sala. Quise encender la lámpara que se encontraba a mi derecha, pero una voz me lo impidió.

−¡No, no, por favor!, no enciendas la luz.

Inmediatamente reconocí la voz.

−Florencia, eres tú, muchacha, me asustaste –dije tembloroso. Entonces intenté levantarme de nuevo, pero ella me lo impidió.

−No, descansa ahora −me sugirió−. Ya mañana platicaremos.

Y me volví a dormir como un niño.

A la mañana siguiente, desperté con la imagen de la noche anterior.

−Florencia, Florencia, ven aquí −grité desesperado. Pero sólo el eco de la casa me respondió.

Al recordar el motivo de mi visita a la casa de la abuela, dejé a un lado mi preocupación por la muchacha; empecé a buscar mis cuadernos de notas. Estuve hurgando en la cocina, en la sala, en las habitaciones y en cada rincón posible, sin éxito; como si la casa se los hubiera tragado.

Después de veinte años, de dolor y de olvido, había comprendido que la vida continúa. Era tiempo de retomar mi oficio abandonado. Pero, sin aquellos papeles, no sería tan fácil. Por eso los busqué con ansia.
Me detuve un instante para recoger la fotografía tirada en el pasillo y la observé con nostalgia, pues en ella yo aparecía sentado en el regazo de la abuela.

“Veinte años no son nada”, me dije y continué con la búsqueda. Sólo me faltaba el cuarto de la abuela. Me dirigí hacia allá. Revisé en los cajones de la máquina, en la cómoda, en el ropero y nada. Entonces vi la puerta entornada del armario invitándome a rasgar su intimidad. Me aproximé a él.

−¡No, no lo hagas! −me dijo una voz femenina que estaba a mis espaldas.

Era de nuevo Florencia. Me dio alegría volver a escuchar su voz tan suave como un suspiro. Me di la vuelta y quedé de frente a ella. Tímida, como siempre, se escondía detrás de las cortinas de la ventana. Me miraba con ternura.

−No, no abras la puerta −pidió con insistencia.

Yo estaba tan empeñado en la búsqueda de los cuadernos que no le hice caso.

−No la abras, por favor −me dijo de nuevo. No entendía su petición. Y para convencerme aún más se acercó hasta donde me encontraba.

−No puedo explicártelo. No entenderías. Mejor vete.

Con tales expresiones, empezaba a inquietarme. Vino a la memoria las imágenes de La leyenda del rey Rodrigo, donde por abrir una puerta trajo la desgracia a España. Sentí temor.

“Estamos en los albores del siglo veintiuno”, me dije. Abría lentamente la puerta del armario cuando Florencia, intempestivamente, se metió en él y cerró la puerta a sus espaldas.

No comprendía la actitud de la muchacha. Algo intrigado, abrí nuevamente la puerta para reclamarle, pero para mi sorpresa no había nadie. El armario estaría vacío a no ser por una cajita negra en lo alto de un estante.

Aturdido por el hallazgo, de manera mecánica bajé la cajita por la que sentía una curiosidad tremenda, tuve una corazonada que me secó la boca, pero a fin de cuentas me negué a abrirla. En una de sus caras tenía pegada una etiqueta, donde se podía leer el nombre de “Florencia Chuc”. Ya no quise saber más. Salí de la casa a toda prisa  y abordé el primer autobús que pasó por el pueblo.

 
Fuente: La casa de la abuela. Élmer Cocom Noh. Colección Ah-Canul, No. 3. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche, 2007. 44 pp.