Confesaré al inicio de este artículo
diciendo que el mundo gitano ha convivido conmigo siendo niño
y siendo payo, o sea hace más de cuarenta años,
en la localidad leonesa de Cuevas del Sil, barrio de Matoteiro.
Para siempre recordaré aquellas fiestas flamencas, a
la luz de la luna, donde el vino de garrafón y la gaseosa
de cántara, junto a unas pocas viandas, acrecentaban
el festín de una sana alegría gitana, a la que
siempre nos invitaban por vecindad, con el señor y la
señora por delante, previo solicitar el permiso debido
y siempre con la ocasión de una onomástica de
su cultura. Nos separaba un corral y una pared de habitación.
Con el tiempo, pronto me di cuenta que, aunque eran “diferentes” a
nosotros, eran más cariñosos y humanos que muchos
payos. Yo que pasaba las horas detrás de la ventana,
expiando sus danzas y descifrando sus letras, me entusiasmaba
verles tan alegres y tan unidos. El que no era tito, era hermano
y sino primo. Aún conservo unos bueyes realizados en
goma por ellos mismos, una cesta pequeña de mimbres
y una botella forrada con cable, que me regalaron una noche
de reyes. Amén de acudir a la escuela del pueblo con
niños gitanos, haciendo un recorrido de un par de kilómetros
juntos, -el centro escolar se encontraba en el barrio de la
Puerta-, luego el destino, ya en plena juventud, propició otra
nueva coincidencia en la ciudad del embrujo gitano, la Granada
lorquiana. La verdad que he asistido a algunos de sus eventos,
e incluso participado en recitales poético- flamenco
con relativa frecuencia, y reconozco haberme sentido uno más
de la gitanería. No tengo, pues, más que palabras
de gratitud hacia este colectivo, pienso que injustamente tratado
en muchas ocasiones. Hablo, pues, con cierto conocimiento de
causa, hacia un mundo que lo considero cercano y que siempre
me ha sido atrayente y admirable.
El
mundo gitano tiene tras de sí las más profundas
leyendas y se han difundido sobre él historias inverosímiles,
quizás en parte debido al desconocimiento. Ya ha llovido
desde que tenemos noticias documentadas de la presencia de gitanos
en la Península Ibérica, por el Salvoconducto de
la entrada de los gitanos en España, en 1425, del Archivo
de la Corona de Aragón. Lo cierto es que, cuando
este país distaba mucho de ser un Estado moderno y unificado,
los gitanos formaban ya una apiñada tribu y parte del
paisaje humano de nuestras ciudades y pueblos. Su intensa y extensa
presencia, en doquier lugar, nunca ha pasado desapercibida y
la aceptación también ha tenido sus más
y sus menos. El derecho a la “diferencia” no siempre
es aceptado por la masa ciudadana y, máxime, cuando se
está en minoría, aunque ésta sea una pequeñez
relativa. Se han ganado el honorable título de ser culillo
de mal asiento. Lo que tiene sus ventajas, porque dicho hábito
es un estilo de vida inconformista que siempre enriquece y una
forma de subsistencia más interesante que el sedentarismo.
Sus valores culturales, el arte, la música y la tradición
oral, todavía en la época actual chocan con la
mentalidad, usos y prácticas dominantes de las sociedades
democráticas avanzadas como la española.
No
reconocer que aún hoy la sociedad mira a los gitanos
con desconfianza es negarse a ver la evidencia. Una mayoría
de ciudadanos les guarda la distancia. Puede que la tortura del
rechazo haya mermado, al menos el descaro de hacerlo ya no es
tan patente. Por ello, que el Instituto de Cultura Gitana, una
fundación del sector público estatal promovida
por el Ministerio de Cultura, reivindique que España también
es gitana, me parece de lo más justo y necesario. Que
además tenga entre sus objetivos el desarrollo y la promoción
de la historia, la cultura y la lengua gitana, y la difusión
de su conocimiento y reconocimiento a través de estudios,
investigaciones y publicaciones, también me parece un
ejercicio de derechos humanos. Sólo lo que se conoce puede
amarse. Desde luego, es un acto de progreso cultural hacer
llegar a toda la sociedad la legítima aspiración
de los españoles gitanos de lograr el pleno disfrute de
la ciudadanía desde el respeto de su identidad cultural. ¡Bravo!,
por ello. Estoy seguro que multiplicando apoyos a la creación
de artistas gitanos, poniendo en valor lo gitano como uno de
los hilos vertebradores de la cultura española, fortaleceremos
las relaciones y la comprensión, todos ganaremos en convivencia
y, por ende, en calidad de vida.
Millares
de gitanos pueblan la nación española.
Son un mundo. La situación de los mismos es muy desigual
y poco uniforme, son reflejo de la sociedad en que viven, donde
unos lo tienen todo y otros carecen de bienes básicos.
La convivencia y la incorporación a una ciudadanía
cada día más plural, no está resultando
fácil para nadie, tampoco para la comunidad gitana española.
La fuerte subida del sector industrial ha concentrado a una buena
parte de la población gitana en los suburbios de las ciudades,
sin haber ganado bienestar social, engrosando bolsas de marginalidad
inconcebibles junto a inmigrantes, además de haber renunciado
a su espíritu nómada. Quizás su patria no
sea el sedentarismo, sino la tierra entera como camino y posada,
el cielo como manto, el sol y la luna como habitación
de sueños, el universo como casa. Otros gitanos tienen
unos comportamientos más estandarizados, tienen menos
hijos y un nivel de formación más alto, que no
quiere decir más sabio, porque hay gitanos sin estudios
que son verdaderas bibliotecas andantes. En cualquier caso, creo
que cada uno debe tener la libertad suficiente para vivir como
quiera, siempre que respete la libertad de los demás.
EL
PROBLEMA ENDÉMICO DE LA EXCLUSIÓN
GITANA
Todavía en las sociedades avanzadas como la española
se tiende a etiquetar “lo gitano” con lo despectivo
y despreciativo, con la marginalidad (drogas y delincuencia),
perjudicando al propio colectivo que vive con sus familias, o
ejerciendo el nomadismo que es lo que llevan en el alma, con
mayor o menor precariedad social a sus espaldas, pero que jamás
han realizado acto delictivo alguno. Pensamos, en consecuencia,
que es un buen acierto trabajar a destajo por contrarrestar los
falsos rótulos. Vale la pena desempolvar prejuicios para
seguir avanzando en la igualdad de trato y de oportunidades de
la población gitana. Algo que, por cierto, recoge el programa
electoral del futuro gobierno socialista y que, dicho sea de
paso, me parece muy acertado. Servidor no sólo lo refrenda,
espera que todos sus acentos se acentúen en cumplimiento.
La difícil inclusión social del pueblo gitano en
España debe,
una vez por todas, de dejar de ser un problema endémico.
Ya va siendo hora. Es preciso destacar la persistencia de aspectos
que requieren la atención de los poderes públicos
para conseguir, de una vez por todas, que los gitanos y gitanas
ejerzan su ciudadanía en igualdad de condiciones que el
resto de la sociedad: Cuestiones pendientes que se refieren al ámbito
de las políticas sociales, y que afectan a una parte importante
de la población gitana en nuestro país. Cuestiones
que afectan al conjunto de la comunidad gitana y que se refieren
a la defensa de otros derechos, al reconocimiento institucional,
a la igualdad de oportunidades, la igualdad de trato, la igualdad
de género y la lucha contra la discriminación,
así como la mejora de su imagen social.
Se
han dado muchos pasos en la promoción social de los
gitanos, pero queda mucho por hacer. En teoría gozan de
los mismos derechos que sus vecinos payos, pero en la práctica
muchos malviven en la marginación y el paro. Esta es la
pura realidad. Por otra parte, junto al deseo de ser considerados
ciudadanos de pleno derecho de la sociedad española, desean,
con no menos afán y desvelo, seguir siendo gitanos, o
sea “diferentes”, y conservar su identidad
y sus costumbres propias. Negar la realidad de que el pueblo
gitano se encuentra en un nivel de pobreza y marginación
mayor que la media nacional, seria mezquino; que suelen ocuparse
en trabajos muy poco cualificados y que sus hijos suelen sufrir
un importante fracaso escolar, es también público
y notorio. La gravedad de la situación, -dice el programa
electoral socialista 2008- de parte de la minoría gitana,
en relación a la educación y su normalización
educativa, sus carencias en cuanto al acceso al empleo en igualdad
de condiciones, la persistencia de núcleos chabolistas
o la situación precaria en cuanto a la vivienda y la permanencia
de estereotipos y prejuicios muy arraigados en la sociedad, son
algunos de los ejes de trabajo sobre los que aún hay que
incidir. Eso presupone el asumir medidas urgentes que garanticen
los derechos sociales de la ciudadanía gitana basados
en la igualdad de oportunidades.
Dicho
lo anterior, se compromete el partido socialista, a desarrollar
un Plan de acción, a mi juicio, espléndido para
la población gitana, con las medidas más urgentes
en los ámbitos clave para la garantía de los derechos
sociales de los ciudadanos gitanos, en cooperación con
las Administraciones Públicas. En líneas generales,
son medidas encaminadas al refuerzo educativo y aplicación
de medidas tendentes a reducir el abandono escolar en la etapa
obligatoria, lograr la reducción del absentismo, y mejorar
el logro escolar del alumnado gitano en la educación secundaria,
así como a facilitar la accesibilidad de las personas
gitanas a la formación profesional y ocupacional, promoviendo
la realización de itinerarios individualizados de inserción
sociolaboral y el acompañamiento en el acceso al mercado
laboral, sin obviar el apoyo y formación para el autoempleo
y apoyo a las personas emprendedoras, y la reducción
y bonificación de las cotizaciones a la Seguridad Social
en favor de los trabajadores autónomos que se dediquen
a la venta ambulante, tal como está previsto en el Estatuto
del Trabajo Autónomo, garantizando de esta manera trabajo
con protección social, ya que constituye la principal
actividad económica de las familias gitanas.
UN FUTURO ESPERANZADOR
El
pasado no ha sido fácil para la comunidad gitana.
Recordemos que hasta no hace mucho, en tiempos preconstitucionales,
figuraban en algunos reglamentos de fuerzas y cuerpos de seguridad
del Estado, el vigilar escrupulosamente a los gitanos, observar
sus trajes, averiguar su modo de vida y cuanto conduzca a formar
una idea exacta de sus movimientos y ocupaciones. El presente,
en cambio, a pesar de sus muchas sombras, ofrece un panorama
más halagüeño y esperanzador, aunque nos gustaría
que, en una sociedad avanzada democrática como la española,
todo fuese más rápido. Hay datos reconfortantes,
que nos tranquilizan y animan: la escolarización de los
niños gitanos que se empieza a tomar en serio por parte
de todos los agentes implicados, el progreso en la alfabetización
de los adultos y su buena prensa entre el colectivo gitano, el
aumento de la atención y educación sanitaria como
es preceptivo en un Estado social y democrático de Derecho.
Sabemos también que cada día son más los
gitanos y gitanas que acceden a las Facultades. Algunos ya ejercen
la docencia en la propia Universidad. El caso del primer diputado
caló de la historia española, Juan de Dios Ramírez
Heredia, investido recientemente Doctor Honoris Causa por
la Universidad de Cádiz (UCA), convirtiéndose así también
en el primer gitano que recibe esta alta distinción, es
todo un paradigma.
Otros,
muchos bastantes, tienen una relevancia importante en el mundo
artístico. Este don no hay quien se lo quite.
El Sacromonte granadino como barrio es la auténtica Meca
de la Zambra de donde surgen los más importantes artistas.
Hasta el aire huele a cancionero. Hubo un tiempo, cuando el universal
Curro Albayzín era un niño, que
las cuevas pasaron a ser auténticos templos del arte gitano
y verdaderos museos de vivas historias. El entorno es un verdadero
goce para los sentidos, y la diversión surge en cada esquina,
y en todo momento. “Mi barrio siempre era una fiesta diaria,
un ascua de luz y colorido. Por las mañanas, en las puertas
de las cuevas, comenzábamos a bailar a los sones de nuestros
cantes. Por las tardes y noches, a la voz de las “avisaoras” comenzaba
la juerga: ¡María, qué hay danza! Veredas
y caminos se llenaban de mujeres vestidas con trajes de crespones
y percal, jaramagos y flores en la cabeza. Así comenzaba
el ritual de la zambra”.En Barcelona, los gitanos de la
Calle de la Cera, en el barrio del Portal (la parte del Raval
cercana a Sant Antoni), cuentan que la rumba catalana empezó en
los años cuarenta, con un gitano flamenco, que tocaba
la guitarra y cantaba en las juergas del barrio. Toda esta alegría
se fue contagiando. La verdad que existen representantes gitanos
en todas las artes, no sólo en la música, cante
o baile. Lo llevan consigo, hasta en la misma expresión.
Fíjense sino, en las palabras de la bailaora gitana Manuela
Carrasco, tras recibir la Medalla de Andalucía el pasado
mes de febrero, en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, cuando
dijo: “Me he emocionado hasta las lágrimas”.
En
todos estos avances, de auténtico cultivo de culto
a la cultura, seríamos injustos si no reconociésemos
el tesón de muchas asociaciones de promoción gitana,
gestionadas la mayoría por los propios gitanos, con un
funcionamiento ejemplar. Sin embargo, el estereotipo o imagen
que suele proyectarse del mundo gitano, no suele ser el del gitano
formado y trabajador, con un corazón grande, amigo de
sus amigos, o el del artista que se hizo de la nada, a base de
mucho trabajo y esfuerzo, y que ahora promociona a España
por todo el mundo, sino el del gitano indigente y analfabeto,
cuando no delincuente ocupando las más horrendas páginas
de sucesos.
Pese
a todo, al presente, todavía hace falta superar
el chabolismo. Se podría evitar mucha crueldad. Una sociedad
democrática avanzada tiene que aspirar a esa inclusión
social, propiciando realojamientos en viviendas normalizadas
y en hábitat integradores. Poner en práctica el
Instituto de Cultura Gitana, me consta que ha significado un
hito en la historia del pueblo gitano español y un ejemplo
a seguir, como se está poniendo de manifiesto por la Unión
Europea. Mantenerlo en su pujanza como centro aglutinador ha
de ser objetivo prioritario y persistente, tanto de referencia
de documentación, como de biblioteca y museo. Pienso que
es una buena manera de contribuir al conocimiento gitano. Esto
me parece fundamental, ya no sólo como disfrute de un
bien, sino también como incentivo para el desarrollo de
capacidades creativas. Es evidente que los gitanos son una presencia
viva entre nosotros y que lo gitano en la cultura española,
lejos de estar ausente tiene una presencia destacable en todas
las artes, literaturas y ciencias.
En
medio de sus noches y días, el auténtico gitano
que es una casta de valor y temple admirable, no reniega de serlo,
es más se siente orgulloso siéndolo, y lucha por
ahuyentar las connotaciones peyorativas con su propia guasa.
En los momentos más duros de su vida afloran siempre los
valores gitanos. Dicho nervio no está escrito en ningún
documento oficial, pero la palabra dada, no duda, es palabra
dada, sobre todo en el respeto a la familia. La identidad personal
del gitano viene en gran medida determinada por ella: siempre
será miembro de esta o de aquella familia y cargará gustosamente
con sus ventajas e inconvenientes. Otro valor gitano es la veneración
por los miembros de más edad. Los mayores son acreedores
de un respeto especial porque acumulan la memoria y la sabiduría
de la vida. Son poseedores de la cátedra viviente. También
tienen una concepción más humana del trabajo que
los payos. El trabajo no lo es todo ni lo más importante
para un gitano. El gitano no vive para trabajar, trabaja para
vivir. Lo fundamental es la vida con lo que eso conlleva de arte
y música, la familia y convivir en familia. La hospitalidad
y la solidaridad con los miembros de la etnia es otra de sus
lecciones estéticas. El respeto a los muertos es algo
sagrado. Ofender la memoria de un familiar difunto se considera
una ofensa gravísima. Son, igualmente, valores muy apreciados
en el pueblo gitano el sentido de justicia y libertad, o el mismo
respeto a la naturaleza.
LA
APUESTA DE LA MUJER
GITANA
Creo
que han de ser los propios gitanos quienes han de ser los primeros
en adquirir el compromiso, aunque algunos -me consta- a través del asociacionismo ya lo vienen haciendo, de
acabar con determinados comportamientos que, aunque no son ni
mucho menos generalizables, están dando lugar a que en
algunas barriadas y ciudades se identifique a la comunidad gitana
con el tráfico de drogas y el dinero fácil. Estas
formas de actuación, aunque en su haber tenga el atenuante
de las condiciones a veces inhumanas que soportan y viven, han
hecho y están haciendo un daño inmenso al pueblo
gitano. Por otra parte, estimo que una sociedad democrática
avanzada tiene que pasar de las “etiquetas” y tener
otra altura de miras. No se puede pensar, y mucho menos opinar
a la ligera, que la mayor parte de los gitanos son unos chorizos
de tomo y lomo, promotores de violencias, que no pueden vivir
junto a los payos, y que hasta las chabolas les quedan grandes.
Pues se dan este tipo de dictámenes sociales, tanto explícitamente
como tácitamente, que es otra forma de hacer daño.
En
el desarrollo y evolución de cualquier cultura, las
mujeres han tenido un papel de suma importancia. Nos lo recuerda
un reciente manifiesto de las mujeres de la Fundación
Instituto de Cultura Gitana. Transcribo parte del texto: “Al
igual que sucede en otros pueblos, la mujer gitana desde su rol
de trasmisora de valores ha contribuido a mantener viva nuestra
cultura. No podemos dejar de reconocer la lucha que tuvieron
nuestros antepasados -sobre todo las mujeres- por hacer que nuestras
tradiciones y valores no se perdieran, salvaguardando así nuestro
patrimonio. Si no hubiera sido por ellas, nuestras/os mayores,
que supieron trasmitirnos desde pequeñas la grandeza
de nuestra identidad y de nuestro papel como mujeres, la cultura
gitana no hubiera podido subsistir frente a tantas adversidades
que sufrió a lo largo de la historia…. La
lucha de las mujeres por conseguir espacios de igualdad sigue
siendo difícil, pero hemos de tener la capacidad de tomar
decisiones con voz propia. En este camino, hemos ejercido la
labor de cambiar algunas de nuestras costumbres y tradiciones
por otros nuevos valores que están en consonancia con
el tiempo en que vivimos, pero siempre que este cambio
esté acorde con nuestra idiosincrasia y que nos permita
incorporarnos a la sociedad mayoritaria sin que ello obligue
a renunciar a la pérdida de algunos valores como la unión
familiar, la solidaridad, la libertad, etcétera. Somos
mujeres que avanzamos al ritmo de nuestra sociedad, acorde con
los valores constitucionales que rigen nuestra convivencia”.
Partiendo
de que la contribución de la mujer al bienestar
y al progreso de la sociedad, sea gitana o paya, es incalculable;
el manifiesto, anteriormente citado, de las mujeres de la Fundación
Instituto de Cultura Gitana, creo que es tan oportuno como reivindicativamente
justo. Sin lugar a dudas, la verdadera promoción del pueblo
gitano necesita de la participación comprometida de la
mujer gitana. Dicen que ese es su reto y que debe ser fruto del
trabajo conjunto de hombres y mujeres. El siglo XX, en todo caso,
aportó un cambio fundamental a la visión del mundo
de los Gitanos con dos acontecimientos de gran valor histórico
para su pueblo: el primero fue la beatificación de Ceferino
Jiménez Malla, humilde Gitano español, mártir
de la guerra civil de 1936; el segundo, la solicitud de perdón
a Dios por los pecados cometidos por los hijos de la Iglesia,
también contra los Gitanos, pronunciada por el Papa Juan
Pablo II el 12 de marzo, 2000, durante las celebraciones litúrgicas
del Gran Jubileo. Estoy convencido de que en el siglo XXI, serán
las mujeres gitanas, las que nos van a dar grandes lecciones
de su saber estar y ser en la sociedad actual desde su rol de
trasmisora de valores gitanos, salvaguardando la grandiosidad
de su cultura. |