Avanzada
la noche, mientras las titilantes estrellas colgaban del cielo
profundamente azul, el hombre permanecía en su camerino,
con la cabeza baja, mientras lentamente, se quita la pegajosa
cubierta de su piel, como si fuera una excrecencia de esta, pero
con la apariencia de un amasijo de carne putrefacta, efecto seguido
gracias a los toques de maquillaje.
El
traje, de tamaño natural, le cubría casi totalmente,
y escondía la verdadera estructura ósea considerablemente
menor, a su esqueleto.
El
restante se completaba con largas zancas, confiriéndole
el aspecto de un gigante.
El
anuncio, afuera de la carpa, presentaba a ANDRÉ, EL MONSTRUO
DE DOS CABEZAS, promoción de poca justicia, porque aparte
de la suya natural, bastante pequeña, casi calva y cerúlea,
la otra sólo formaba parte del relleno conseguido con pedazos
de estopa y algunos apliques de pintura antes de la función,
para darle realismo.
A
esas horas de la madrugada, cuando los fantasmas nos envuelven
con su halo de misterio, la feria permanecía dormida, con
sus gigantes mecánicos abandonados, los tentáculos
inmóviles, con resto de grasa, apenas apoyados en el suelo,
mientras las barandillas y los escalones, algunos caídos
por el ventarrón de la medianoche, se mostraban grotescos,
despintados, con la pintura levantada en varios puntos, hábilmente
disimulada por el camuflaje de las luces de colores de los juegos.
Serpentinas
de colores y montoncitos de confeti cubría casi toda la
superficie.
Algún
trasnochado jugaba un solitario en un pequeño escondrijo,
una pareja se hacía el amor en silencio, como si no quisieran
turbar la quietud de ese mágico instante, y los más,
dormían en espera del siguiente día, con sus luchas,
sus sueños. Mientras, André se despojaba de su vestuario,
ceremoniosamente, como si hacerlo deprisa, rompiese el hechizo
de sus múltiples actuaciones.
Su
vida, desde siempre, reflejaba una sucesión de fragmentos
de todos los colores: conoció el amor, en una pequeña
artista, con el rostro de una mujer ya vivida, debió sumarse
a la nostalgia cuando ella abandonó las atracciones para
dedicarse a su propio restaurante en un viejo barrio parisino.
Casi
todos sus familiares habían muerto, y el único sobreviviente,
vivía cerca de un laboratorio clínico en las afueras
de la ciudad, muy próximo a la salida de Rubén.
André
sabía de la nostalgia, entendía la soledad como
una urgente necesidad de encontrarse consigo mismo, y nunca se
dejaba abandonar por el miedo.
Casi
había terminado.
Sólo
le quedaban las manos.
Se
las quitó con presteza, y las metió con el resto
de sus miembros, en el baúl negro.
Luego,
arrastrándose con los muñones, se dirigió
a su brevísimo camastro.
Al
pasar por el espejo, no pudo disimular su asombro ante aquella
espantosa máscara de su rostro, con un solo ojo y la nariz
como una gota suspendida en medio de su cara, que le mostraban
en toda la extensión de su fealdad.
Se
recostó en las mullidas almohadas y cerró los ojos.
Mañana
sería nuevamente ANDRÉ, EL GIGANTE.
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