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Dientes para el ratón/ - Ramón Tun Cab*

 
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POR SIGLOS, EL ratón había recibido los dientes de los niños que a cambio de un regalo se los brindaban a la hora de mudar.

Existió una época en que el ratón tenía trabajo diario, pues corría de un lugar a otro para recibir el diente que algún pequeño le dejaba. Eran numerosos los niños y, por lo tanto, los regalos también.

En épocas muy lejanas, al principio de su labor, el ratón atendía a los niños de piel morena, porque los mayores sabían de su existencia y enseñaron a sus pequeños a respetarlo y brindarle sus piezas dentales cuando era el momento de mudar.

Al paso de los años hasta los niños de piel blanca que comenzaron a poblar aquella ciudad le brindaban sus piezas dentales. Pero la urbe crecía más y más y por lo tanto el trabajo del ratón aumentaba.

—Fue una época bonita -pensó algo triste el ratón-, porque todos los niños creían en mí y esperaban con ansias el momento de mudar. A veces tardaba varios días en recoger un diente, porque era demasiado el trabajo...

El anciano ratón suspiró profundo desde su escondite. A lo lejos se vaían las luces multicolores de la ahora gran ciudad. Escuchaba el ruido de los automóviles y sabía que entre esas calles, entre aquellas casas vivían millones de niños que no sabían de él. Había sido olvidado.

—¿Será que ya estoy viejo y no me entero del momento en que los niños pierden la dentadura y me la ofrecen? —se dijo el roedor.

Con esa idea en la mente salió de su escondite para ver de cerca y detenidamente a los niños. Quería espiar por las ventanas para saber de las nuevas inquietudes de los pequeños y enterarse de cuando éstos perdían algún diente.

Le costó mucho trabajo subir a los grandes edificios para ver desde las ventanas a los pequeños que se encontraban en sus casas.

—No me gusta ese programa mamá, cámbiale de canal a la televisión...

—En el último cuento del "Pato Donald" no aparecen los "Chicos Malos"...

—El panda es muy simpático...

Al escuchar esos comentarios en diferentes ventanas de un enorme edificio, el cansado ratón bajó triste. Ninguno de los niños que había escuchado habló de él, tampoco hacían comentarios de sus dientes.

—Hace muchos años, los niños hablaban siempre del momento de mudar. Y ahora no ocurre así —pensó el roedor.

El ratón pensaba y pensaba en su suerte. Sin el recuerdo de los niños hacia él, consideró que su misión había terminado en esa gran ciudad. Hacía años que no recibía dientes y tampoco daba regalos a cambio.

Continuó con su recorrido por esa gran urbe y las voces de los niños eran similares: Hablaban de patos parlantes, de hombres que vuelan y destruyen montañas. Los niños habían olvidado al ratón que en otros tiempos se encargó de recoger sus dientes.

—¿Va a inyectarme para sacar el diente doctor?

—Así es. Con una inyección no sentirás dolor alguno a la hora de extraerte ese diente que se ha aflojado...

El ratón alcanzó a escuchar esa conversación y se aproximó a la ventana de donde provenían las voces. Era un consultorio dental y sentado en una enorme silla un niño esperaba que el médico le extrajera la pieza afectada.

—En otras épocas los niños se ataban un hilo al diente flojo para extraérselo y así, con todo y cuerda, me lo arrojaban o colocaban en algún rincón de su casa para que fuera a recogerlo. Ahora todo es diferente -siguió con su pensamiento el ratón.

El médico extrajo el diente, lo puso en el cesto de la basura y el niño salió feliz del lugar, acompañado de su mamá.

Quizo el ratón volver a su refugio, pero no quería darse por vencido y se fue a los alrededores de la gran ciudad.

—¿Crees que el ratón venga por mi diente esta noche mamá?

—Sí hijo, el ratón vendrá y te traerá un regalo muy bonito.

—Hace ya varios años que lo espero y no llega. Mi diente sigue allí, en el rincón de la casa, sin que aparezca el regalo.

—Ya vendrá el ratón, ya vendrá...

El cansado ratón dio un salto de gusto cuando escuchó esa conversación salida de una humilde casa. Vio al niño que sostenía en la mano el hilo del cual pendía un diente.

—Espero que ahora sí venga el ratón y me deje un buen regalo —dijo en voz alta el pequeño y se dispuso a dormir.

—Cuando el niño quedó dormido, el ratón tomó el diente, le dejó un enorme regalo y ya feliz continuó su camino por esos lugares. A su paso siguió encontrando dientes de niños que aún creían en él.

Terminó muy cansado aquella noche, pero feliz de encontrarse con niños que aunj creían en él. No sabía si por viejo o por el ruido de la ciudad no había escuchado antes el llamado de los pequeños que le ofrecían sus dientes. Pero desde esa noche tomó la determinación de seguir con su labor para llevar felicidad a cambio de piezas dentales.

Así, cuando pierdas algún diente, no olvides que existe un ratón que no se ve, pero se lo lleva a cambio de un regalo.

 
 

*Ramón Tun Cab nació en Lerma, de raíces calkinienses. / Fuente: El silencio cambia de voz. Sergio Witz y María de Lourdes Coyoc Damián. Campeche, Cam, 1996. 230 Págs.