POR
SIGLOS, EL ratón había recibido los dientes de los
niños que a cambio de un regalo se los brindaban a la hora
de mudar.
Existió
una época en que el ratón tenía trabajo diario,
pues corría de un lugar a otro para recibir el diente que
algún pequeño le dejaba. Eran numerosos los niños
y, por lo tanto, los regalos también.
En
épocas muy lejanas, al principio de su labor, el ratón
atendía a los niños de piel morena, porque los mayores
sabían de su existencia y enseñaron a sus pequeños
a respetarlo y brindarle sus piezas dentales cuando era el momento
de mudar.
Al
paso de los años hasta los niños de piel blanca
que comenzaron a poblar aquella ciudad le brindaban sus piezas
dentales. Pero la urbe crecía más y más y
por lo tanto el trabajo del ratón aumentaba.
—Fue
una época bonita -pensó algo triste el ratón-,
porque todos los niños creían en mí y esperaban
con ansias el momento de mudar. A veces tardaba varios días
en recoger un diente, porque era demasiado el trabajo...
El
anciano ratón suspiró profundo desde su escondite.
A lo lejos se vaían las luces multicolores de la ahora
gran ciudad. Escuchaba el ruido de los automóviles y sabía
que entre esas calles, entre aquellas casas vivían millones
de niños que no sabían de él. Había
sido olvidado.
—¿Será
que ya estoy viejo y no me entero del momento en que los niños
pierden la dentadura y me la ofrecen? —se dijo el roedor.
Con
esa idea en la mente salió de su escondite para ver de
cerca y detenidamente a los niños. Quería espiar
por las ventanas para saber de las nuevas inquietudes de los pequeños
y enterarse de cuando éstos perdían algún
diente.
Le
costó mucho trabajo subir a los grandes edificios para
ver desde las ventanas a los pequeños que se encontraban
en sus casas.
—No
me gusta ese programa mamá, cámbiale de canal a
la televisión...
—En
el último cuento del "Pato Donald" no aparecen
los "Chicos Malos"...
—El
panda es muy simpático...
Al
escuchar esos comentarios en diferentes ventanas de un enorme
edificio, el cansado ratón bajó triste. Ninguno
de los niños que había escuchado habló de
él, tampoco hacían comentarios de sus dientes.
—Hace
muchos años, los niños hablaban siempre del momento
de mudar. Y ahora no ocurre así —pensó el
roedor.
El
ratón pensaba y pensaba en su suerte. Sin el recuerdo de
los niños hacia él, consideró que su misión
había terminado en esa gran ciudad. Hacía años
que no recibía dientes y tampoco daba regalos a cambio.
Continuó
con su recorrido por esa gran urbe y las voces de los niños
eran similares: Hablaban de patos parlantes, de hombres que vuelan
y destruyen montañas. Los niños habían olvidado
al ratón que en otros tiempos se encargó de recoger
sus dientes.
—¿Va
a inyectarme para sacar el diente doctor?
—Así
es. Con una inyección no sentirás dolor alguno a
la hora de extraerte ese diente que se ha aflojado...
El
ratón alcanzó a escuchar esa conversación
y se aproximó a la ventana de donde provenían las
voces. Era un consultorio dental y sentado en una enorme silla
un niño esperaba que el médico le extrajera la pieza
afectada.
—En
otras épocas los niños se ataban un hilo al diente
flojo para extraérselo y así, con todo y cuerda,
me lo arrojaban o colocaban en algún rincón de su
casa para que fuera a recogerlo. Ahora todo es diferente -siguió
con su pensamiento el ratón.
El
médico extrajo el diente, lo puso en el cesto de la basura
y el niño salió feliz del lugar, acompañado
de su mamá.
Quizo
el ratón volver a su refugio, pero no quería darse
por vencido y se fue a los alrededores de la gran ciudad.
—¿Crees
que el ratón venga por mi diente esta noche mamá?
—Sí
hijo, el ratón vendrá y te traerá un regalo
muy bonito.
—Hace
ya varios años que lo espero y no llega. Mi diente sigue
allí, en el rincón de la casa, sin que aparezca
el regalo.
—Ya
vendrá el ratón, ya vendrá...
El
cansado ratón dio un salto de gusto cuando escuchó
esa conversación salida de una humilde casa. Vio al niño
que sostenía en la mano el hilo del cual pendía
un diente.
—Espero
que ahora sí venga el ratón y me deje un buen regalo
—dijo en voz alta el pequeño y se dispuso a dormir.
—Cuando
el niño quedó dormido, el ratón tomó
el diente, le dejó un enorme regalo y ya feliz continuó
su camino por esos lugares. A su paso siguió encontrando
dientes de niños que aún creían en él.
Terminó
muy cansado aquella noche, pero feliz de encontrarse con niños
que aunj creían en él. No sabía si por viejo
o por el ruido de la ciudad no había escuchado antes el
llamado de los pequeños que le ofrecían sus dientes.
Pero desde esa noche tomó la determinación de seguir
con su labor para llevar felicidad a cambio de piezas dentales.
Así,
cuando pierdas algún diente, no olvides que existe un ratón
que no se ve, pero se lo lleva a cambio de un regalo. |