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El regalo/ - Esmeralda Valenzo Rodríguez

 
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Muy lejos de la ciudad, en un poblado donde nunca sucedía nada, donde la vida pasaba sin sobresaltos, en una humilde casona, la fuerte lluvia golpeaba la ventana. Era tan fuerte que parecía que los cristales, en cualquier momento, podrían romperse. Una pequeña de escasos 6 años veía a través de la gran ventana cómo la lluvia caía sobre los pastos y árboles que había alrededor de su casa; aunque era de noche y el cielo estaba cubierto por gruesos nubarrones, la luna tímidamente trataba de iluminar el sendero que permitía llegar hasta ese lugar. La abuela que se encontraba cerca de la chimenea, mientras tejía un chal, escuchaba cómo el agua del rio cercano corría con más fuerza y rapidez.

- ¿Abuela, crees que el rio se desborde?- preguntó la pequeña poniendo en su tono de voz un leve acento de preocupación y miedo.

-No, hija, no tengas miedo-.Respondió la abuela.

-¡Ven acá!-Dijo la anciana dejando el tejido que sostenía en sus manos y al mismo tiempo abría sus brazos para abrazar a su nieta e infundirle valor. Ella sabía cuán peligroso era que el rio se desbordara ya que ambas estaba solas. Su hijo y su nuera habían viajado a la ciudad para poder abastecer lo que les haría falta para pasar el temporal de lluvias, ya que cuando esto pasaba el rio crecía y no había manera de poder salir pues los caminos se inundaban y de esa manera toda comunicación se volvía imposible hasta con el poblado más cercano. Sabía que los padres de su nieta no regresarían hasta el día siguiente. Tomó a la pequeña Ana la sentó en sus cansadas piernas y le dijo:

-No debes de tener miedo, hija. El río jamás nos hará daño. ¿Recuerdas cómo cuidó a tu abuelo cuando cayó de su caballo y se hundió en sus aguas? Fue un día igual a éste en que llovía muy fuerte.

-Sí-, respondió Anita-. Recuerdo que abuelito dijo que la corriente del rio lo había empujado a la orilla para que no se hundiera y lo dejó junto a un árbol caído para que pudiera agarrarse de sus ramas y se pusiera a salvo.

-¿Ves?- Respondió la abuela-. El rio nos cuida porque siempre nosotros hemos cuidado de él y hemos respetado su cauce normal.

-¿Qué es cause, abuelita?- Preguntó la pequeña.

-Es el caminito por donde el rio acostumbra pasar.

Respondió la abuela sonriendo por la inocencia de su nieta.

-Sabes hija-, dijo la abuela-. El rio es como un gran señor grandote, grandote, grandote y cuando llueve imagínate en tu mente que abre su boca grandota, grandota, grandota para que junte en ella toda el agua que puede, para que cuando no llueva todos tengamos el agua que necesitamos para poder sobrevivir. Además, para que no le falte agua a los animalitos del campo y tome la tierra.

-¿La tierra toma agua, abuelita?- Pregunto la pequeña abriendo sus ojitos tan grandes como pudo, asombrada por lo que la abuela le acababa de decir.

-¡Claro que sí, hija! Tiene que tomar mucha agua para mantener vivos a los árboles y para que todo lo que sembramos también crezca y nos dé frutos y tengamos para comer.

De pronto un fuerte rayo cayó cerca de ahí. La pequeña se refugió más en los brazos de su abuela. La luz de la vela empezó a debilitarse queriendo apagarse por el fuerte viento que entraba por alguna ranura de la casa.

-¿Abuelita, falta mucho para que termine de llover?-Preguntó con ansiedad la pequeña Anita.

-Quizás, hija-, dijo la abuela queriendo tranquilizar a su nieta.

-Voy a contarte una historia. Cierra tus ojitos pues vamos a dar un paseo por un hermoso jardín. Así que imagina que tú estás ahí.

Anita cerró sus ojos mientras su abuela empezó a contarle la historia. De pronto dejó de escuchar la lluvia, el rio y se vio en medio del bosque, justo en el lugar donde tantas veces iba. Le encantaba estar ahí: jugaba con las mariposas, bailaba con las plantas, platicaba con los pájaros. Era su mundo donde ella se encerraba día a día; había tomado esa costumbre en un afán por huir del miedo que le daba estar cerca del rio.

-¿Qué habrá más allá de este lugar?-Pensó la pequeña.

Entonces, decidió saber qué había más allá de lo que veía. Caminó mucho, se internó en lo más espeso del bosque. No supo cuánto tiempo caminó pues el cansancio la venció y se recostó junto a un árbol para descansar un poco, quedándose dormida.

De pronto, sintió que algo revoloteaba en su rostro. Despertó y vio a una diminuta niña volando enfrente de ella; se talló los ojos pensando que aun estaba dormida y al volver a abrirlos vio a dos niñas en miniatura volando. Volvió a cerrar sus ojitos y se pellizcó su bracito diciendo en su mente: “estoy soñando, no hay niñas pequeñitas volando, no puede ser cierto esto”.

-¡Por favor, abre tus ojos! ¡No temas somos reales y somos las hadas del bosque! -Dijo una de las diminutas criaturas.

Lentamente abrió sus ojos la pequeña Anita. Asombrada aun, por lo que estaba viendo, de su boca no salía palabra alguna. Quería expresarse, decir algo, pero no podía. La sorpresa la tenía paralizada. La que parecía ser el hada reina preguntó:

-¿Qué haces aquí? ¿Cómo llegaste? ¿Quién eres?

La pequeña Ana con tantas preguntas no sabía a cuál responder.

-Me llamo Anita. Vivo cerca de aquí y solo sé que caminé mucho para ver si encontraba otro lugar tan bonito como el lugar donde yo juego.

El hada que parecía ser la reina se posó sobre su rodilla, la miró y le dijo:

-Hoy has llegado al lugar que está prohibido para los hombres. Es un lugar en donde las personas que llegan aquí, no pueden volver a su casa porque nosotros no podemos permitir que los demás sepan que existimos. Se acabaría nuestra tranquilidad; nuestra vida sería destruida por los hombres en un afán por descubrir al mundo nuestra existencia.

Anita, asustada, con el rostro pálido y triste, tenía sus ojitos llenos de lágrimas porque sabía lo que esto significaba. Pensaba que no vería más a su abuelita, ni a sus padres. Los quería mucho, extrañaría el lugar donde tantas veces había jugado. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el hada que parecía ser la reina.

-Vendrás con nosotros y si nuestra reina decide dejarte en libertad, respetaremos su decisión.

Hasta ese momento comprendió que esa hadita no era la reina. Las hadas emprendieron el vuelo lentamente para que Ana las siguiera. Caminó mucho tiempo. No supo cuánto porque el cansancio la vencía por momentos. Finalmente cruzaron una gran fila de árboles y se quedó asombrada ya que jamás en su vida había contemplado tanta belleza; ni en los jardines más hermosos ella había visto un lugar semejante. Miles de hadas volaban haciendo cada una la tarea que tenía. Todo era hermoso. De pronto, alguien le dijo que hiciera una reverencia. El hada reina estaba por salir, entonces ella inclinó su pequeña cabecita.

-Levanta tu rostro pequeña, quiero mirarte.

Escuchó la voz más dulce que en su corta edad pudiera haber escuchado. Levantó su rostro y miró un hada de tierno rostro, mirada amigable y sonrisa angelical. Le parecía que estaba ante la más hermosa creación que Dios había hecho. El hada la invitó a pasar a lo que parecía su palacio real hecho de las flores más hermosas y los aromas más exquisitos que pudiera imaginarse.

Se sentó junto a una hermosa fuente y más que escuchar el ruido de agua que de ella corría parecían oírse notas musicales.

El hada preguntó:

-¿Cómo llegaste hasta acá, pequeña?

Brevemente, Anita le contó la manera en que ella había llegado hasta ese lugar. El hada la escuchaba atentamente y al llegar a la parte en que las hadas le dijeron que jamás volvería su casa, nuevamente sus ojos se llenaron de lágrimas. El hada voló hasta la altura de su rostro, limpió sus ojitos y le dijo:

-No temas. Quizás te permita regresar a tu hogar. Todo depende de ti.

La sonrisa volvió al rostro de la pequeña Anita. Sabía que había una esperanza para regresar a su casa.

-¿Qué debo hacer para que yo regrese?-Preguntó la pequeña.

-Cumplirás con la tarea que yo te dé y si la cumples te prometo que te daré tu libertad.

Anita movió su pequeña cabecita en un ademán afirmativo

- ¿Qué haré?-Preguntó.

-Harás todo lo que hacen las hadas. Trabajarás como ellas, juraras lealtad a la comunidad y mantendrás mi palacio tan limpio y pulcro como está ahora.

Anita juró lealtad a la comunidad y trabajó día tras día. Estaba feliz en ese lugar pues no pasaba el tiempo y todo era felicidad. Cuidaba del palacio real como si fuera suyo, pero había algo que ella aún no podía olvidar: a su familia. Los días pasaban y a pesar de ser feliz extrañaba a su casa.

Un día el hada reina le dijo:

-Hoy volverás con los tuyos, pero antes tratarás de vencer al miedo.

Anita se quedó atenta y temerosa.

-¿A qué le temes más, Anita?- Le preguntó el hada.

-A la lluvia, a los rayos y al río-, respondió la pequeña.

-Hoy irás con las hadas a un río. Ellas te ayudarán para que venzas tu miedo.

Muy temerosa, Anita, caminó junto a las hadas que revoloteando la guiaban por un sendero lleno de flores y pájaros. De pronto, empezó a escuchar un ruido muy conocido. Era el ruido que hacía el agua al correr. Inmediatamente se detuvo, no quería avanzar más. El miedo paralizaba su corazón. Las hadas la tomaron de la mano y la jalaban para que continuara y finalmente llegaron. Ante sus ojos estaba un gran río caudaloso, de hermosas aguas. Las hadas le indicaron que platicara con el río. Anita, incrédula, no comprendía lo que ellas le decían.

-¿Platicar con el rio?

Un hada le dijo:

-Pide al río te permita tocar sus aguas; pídele que no te haga daño; dile que quieres ser su amiga.

Anita obedeció tímidamente se acercó a la orilla del río y dijo:

-Señor río, puedo ser su amiga? ¿No me hará daño? ¿No me hundirá en sus aguas como hundió a mi perrito Blas?

-Al oír esto las hadas comprendieron el porqué del temor de Anita.

Las aguas del río tocaron los pies de la pequeña en un ademán de amistad. Temerosa Anita tocó con sus manitas el agua y poco a poco fue tomando confianza, hasta que finalmente se metió a las aguas del río que tanto miedo le había dado. Nadó hasta que se sintió cansada. había disfrutado como nunca lo había hecho.

Al atardecer regresaron nuevamente a la comunidad las hadas y Anita. Ésta estaba muy feliz: había vencido su miedo al rio. Repentinamente un fuerte viento empezó a soplar y gruesas gotas de lluvia caían sobre ellas. Sintió ese terror que la invadía en cada tempestad, pero inmediatamente recordó lo que hadas le habían dicho:

—No temas a nada, Anita.

Recordó la manera en que ella se había hecho amiga del señor rio y empezó a cantar y a platicar con la lluvia. Le pidió:

-¡Por Favor, querida lluvia, no nos hagas daño, déjame ser tu amiga!

La lluvia, respondiendo a la petición de Anita, empezó a caer más suavemente sobre ellas hasta convertirse en una suave llovizna para no lastimarlas; al ver esto, las hadas le dijeron:

-¿Te das cuenta que si tú platicas con la lluvia te puede escuchar?

-Sí, respondió Anita, no volveré a tener miedo.

Siguieron su camino hasta llegar a la comunidad de las hadas. El hada reina las esperaba y con ella estaban todas las demás hadas.

-¿Cómo les fue?-preguntó el hada reina.

Las hadas respondieron:

-Anita ha superado el miedo ya puede regresar con los suyos.

Se acerco el hada reina y le dijo:

-Anita, has logrado superar las pruebas que se te han indicado, pero aun te falta superar la más difícil.

-¿Cuál es?- Preguntó la pequeña.

-Nunca jamás a nadie le contarás dónde vivimos; para el hombre somos sólo fantasía, pero ahora tú sabes que sí existimos y únicamente nos pueden ver las niñas que tienen el corazón noble y sincero como tú.

-Prometo que jamás a nadie le diré dónde viven. ¿Podré regresar algún día?- Preguntó la pequeña.

- ¡Jamás!- Respondió el hada reina de una manera firme y determinante.

Ante esto la pequeña dio un paso hacia atrás, temerosa por la manera en que el hada reina había hablado. Con los ojos llenos de lágrimas siguió escuchando:

-Hoy te damos la oportunidad de regresar con los tuyos. Algo que jamás habíamos hecho. Tu nobleza y tu obediencia te permiten regresar, pero jamás podrás volver a vernos.

-¿Cómo podre regresar? No sé el camino-, pregunto la pequeña Ana

Ante esto el hada reina alzo su cetro y dijo:

-Cierra los ojos. Yo misma te transportaré al lugar donde deseas.

Anita muy triste y llorando nuevamente le dijo al hada reina:

-Permíteme regresar algún día, cuando yo necesite de ustedes, cuando me sienta solita déjame volver, por favor.

Antes de que el hada reina respondiera, se escuchó una voz. Todas volvieron el rostro hacia el lugar de donde provenía. Era una hada ya anciana, pero que todas, incluyendo el hada reina, le debían respeto y obediencia. Era el hada monarca, la antecesora del hada reina; era el hada a la cual todas le debían la vida porque gracias su magia todas ellas estaban vivas. Esto fue cuando el hombre quemó todo el bosque, entonces el hada monarca las libró del morir quemadas llevándoselas muy lejos y juraron que siempre le obedecerían aunque ella dejara de ser la reina de las hadas

Al escuchar esto el hada reina inclinó la cabeza en señal de respeto y se hizo a un lado para dejar pasar al hada monarca.

-Acércate, pequeña-, dijo el hada monarca:

-Por tu humildad y tu buen corazón te voy a conceder un deseo. Ese deseo será que podrás regresar a esta comunidad, siempre y cuando en realidad necesites de nuestra ayuda.

Los ojitos de la pequeña brillaron de alegría. Una gran sonrisa iluminó su rostro, se limpio las lágrimas y dijo:

-Gracias, señora hada, muchas gracias, pero, ¿cómo podré hacerlo si no sé cómo encontrar el camino hacia su comunidad?

El hada monarca sacó de entre sus ropas una hermosísima gota de agua convertida en cristal. Era tan pequeña que se perdía en la manita de la Anita. Luego tomó una pequeña flor disecada y le dijo:

-Cada vez que necesites de nosotros toca el cristal, colócalo en tus labios, sopla sobre él e inmediatamente de saldrán las más hermosas notas musicales que jamás hayas escuchado. Enseguida prende un pétalo de esta flor, el aroma y el sonido nos indicarán que tú deseas vernos; colócate en el bosque donde acostumbras jugar y el hada reina te transportará a nuestro hogar con su cetro mágico. Una cosa más pequeña: nunca vayas a perder este cristal porque sin él jamás podrás regresar a este lugar.

Ante esto el hada reina se acercó a la niña y le dijo:

-Despídete, Anita. Ha llegado la hora de que te vayas.

Todas las hadas formaron un círculo, cantaron y cada una de ellas le regaló una diminuta flor que fueron colocando en la bolsa del abrigo de Anita.

Anita corrió a abrazar al hada monarca para agradecerle el regalo que le había hecho y se fue despidiendo de cada una de las hadas. Al terminar, el hada reina se elevó y colocó justo sobre la cabeza de la pequeña. Giró en círculos de una manera vertiginosa su cetro y mencionó unas palabras: hadachic mukija meniki hadama (que significa es hora de volver a tu hogar).

Anita sintió como empezó a elevarse. Sintió que volaba a un gran velocidad; quiso abrir los ojos para ver qué sucedía, pero recordó que no podía hacerlo porque en ello le iba la vida. Claramente el hada le había dicho que sólo podía abrirlos cuando sus pies tocaran el suelo y sus oídos escucharan las aguas del río nuevamente.

Sintió cómo suavemente iba bajando y de pronto todo se detuvo. Ella, sin abrir los ojos, movió sus pies, pisó muy fuerte para comprobar que ya estaba sobre el suelo. Agudizó sus oídos y pudo escuchar las aguas del río. Entonces abrió sus ojos y vio que estaba justamente en el bosque donde tantas veces había jugado. Estaba muy cerca de su casa y comprendió que era necesario irse ya que quizás sus padres y su abuela estarían preocupados buscándola.

Antes de irse fue hacia el río. Quería comprobar que no le tenía miedo y sintió una gran paz al ver lo hermoso que era. El señor río envió sus agua muy cerca de donde ella estaba, casi hasta tocarle sus pequeños pies en un ademan de saludo hacia la pequeña. Anita tomó agua con sus pequeñas manos y dejó que se escurriera entre sus dedos: había vencido su temor; ahora era amiga del señor río.

Se dio media vuelta y corrió por el sendero para llegar a su casa antes de que anocheciera. Mientras caminaba no podía creer tantas cosas que habían sucedido: “si le contara a mi abuela no me lo creería”, pensó. Pero inmediatamente recordó que no podía hacerlo, que había hecho un juramento y tenía que cumplirlo. A lo lejos escuchó la voz de su abuela que desesperada le gritaba:

- ¡Anita, dónde estás! ¡Por Dios contesta, niña! ¡Dónde estás¡ ¡Anita! ¡Anita!

Anita apresuró el paso. No quería que su abuela se preocupara. De pronto, algo tocó su hombro. Sintió que era sacudida de una manera brusca.

-Despierta, pequeña, es hora de ir a la cama.

Nuevamente fue sacudida y al abrir sus ojos, muy cerca de su cara, vio el rostro amoroso de su abuela.

-Qué sucede, abuela-dijo la pequeña-¿Dónde estamos? ¿Ya llegué? ¿Cómo me encontraron?

La abuela extrañada dijo:

-Estaba contándote un cuento para que te tranquilizaras porque estaba muy fuerte la tormenta y te quedaste dormida. Esperé a que despertaras, pero como no lo hacías tuve que despertarte yo.

- ¿Estabas soñando Anita?- Preguntó la abuela.

Olvídalo, abuelita. Sólo era eso: un sueño-. Contestó la pequeña con una enorme tristeza porque en ese momento comprendió que solamente había vivido un hermoso sueño.

Sus pequeños ojitos se llenaron de lágrimas. Le habría gustado tanto que todo hubiera sido real, pero eso era imposible, pensó.

Su abuela la tomó de la mano. Caminaron hacia la pequeña recámara para acostarse mientras le preguntaba a su nieta:

-¿Por qué tienes la mano apretada?

-No se abuelita.

La pequeña abrió su manita y vio la pequeña gota de cristal y la flor disecada que el hada monarca le había regalado.

Sus ojitos se abrieron tan grandes que casi se le salen. Recordó que las hadas le habían llenado el bolsillo de su abrigo con flores. Metió la mano y ¡ahí estaban todas las flores! Su abuela le dijo:

-¿Qué sucede? ¿Por qué tienes esa carita de extrañeza? ¿Por qué tienes tantas flores? ¿Dónde las cortaste? ¡Qué hermosa piedrita, parece una gotita de agua! ¿Te la encontraste?

Preguntaba la abuela sin obtener respuesta alguna.

Los pensamientos de la pequeña giraban con rapidez en su cabecita. Recordaba lo que había pasado y asombrada no podía creer que ella había estado en el país de las hadas. Todo había sido real y sus ojitos brillaban de alegría ¿Cómo llegó a ese lugar? ¿Cómo llegaron las flores a sus manos si estaba ella con su abuela? ¿Cómo sucedió todo? Era algo que jamás podría contestarse. Únicamente sabía que cuando ella necesitara de las hadas ahí estaba la gema y los pétalos de la flor para poder regresar.

 

Fuente: Texto enviado por Miguel Suárez Caamal, el 28 de febrero de 2010.