Muy
lejos de la ciudad, en un poblado donde nunca sucedía nada,
donde la vida pasaba sin sobresaltos, en una humilde casona, la
fuerte lluvia golpeaba la ventana. Era tan fuerte que parecía
que los cristales, en cualquier momento, podrían romperse.
Una pequeña de escasos 6 años veía a través
de la gran ventana cómo la lluvia caía sobre los
pastos y árboles que había alrededor de su casa;
aunque era de noche y el cielo estaba cubierto por gruesos nubarrones,
la luna tímidamente trataba de iluminar el sendero que
permitía llegar hasta ese lugar. La abuela que se encontraba
cerca de la chimenea, mientras tejía un chal, escuchaba
cómo el agua del rio cercano corría con más
fuerza y rapidez.
-
¿Abuela, crees que el rio se desborde?- preguntó
la pequeña poniendo en su tono de voz un leve acento de
preocupación y miedo.
-No,
hija, no tengas miedo-.Respondió la abuela.
-¡Ven
acá!-Dijo la anciana dejando el tejido que sostenía
en sus manos y al mismo tiempo abría sus brazos para abrazar
a su nieta e infundirle valor. Ella sabía cuán peligroso
era que el rio se desbordara ya que ambas estaba solas. Su hijo
y su nuera habían viajado a la ciudad para poder abastecer
lo que les haría falta para pasar el temporal de lluvias,
ya que cuando esto pasaba el rio crecía y no había
manera de poder salir pues los caminos se inundaban y de esa manera
toda comunicación se volvía imposible hasta con
el poblado más cercano. Sabía que los padres de
su nieta no regresarían hasta el día siguiente.
Tomó a la pequeña Ana la sentó en sus cansadas
piernas y le dijo:
-No
debes de tener miedo, hija. El río jamás nos hará
daño. ¿Recuerdas cómo cuidó a tu abuelo
cuando cayó de su caballo y se hundió en sus aguas?
Fue un día igual a éste en que llovía muy
fuerte.
-Sí-,
respondió Anita-. Recuerdo que abuelito dijo que la corriente
del rio lo había empujado a la orilla para que no se hundiera
y lo dejó junto a un árbol caído para que
pudiera agarrarse de sus ramas y se pusiera a salvo.
-¿Ves?-
Respondió la abuela-. El rio nos cuida porque siempre nosotros
hemos cuidado de él y hemos respetado su cauce normal.
-¿Qué
es cause, abuelita?- Preguntó la pequeña.
-Es
el caminito por donde el rio acostumbra pasar.
Respondió
la abuela sonriendo por la inocencia de su nieta.
-Sabes
hija-, dijo la abuela-. El rio es como un gran señor grandote,
grandote, grandote y cuando llueve imagínate en tu mente
que abre su boca grandota, grandota, grandota para que junte en
ella toda el agua que puede, para que cuando no llueva todos tengamos
el agua que necesitamos para poder sobrevivir. Además,
para que no le falte agua a los animalitos del campo y tome la
tierra.
-¿La
tierra toma agua, abuelita?- Pregunto la pequeña abriendo
sus ojitos tan grandes como pudo, asombrada por lo que la abuela
le acababa de decir.
-¡Claro
que sí, hija! Tiene que tomar mucha agua para mantener
vivos a los árboles y para que todo lo que sembramos también
crezca y nos dé frutos y tengamos para comer.
De
pronto un fuerte rayo cayó cerca de ahí. La pequeña
se refugió más en los brazos de su abuela. La luz
de la vela empezó a debilitarse queriendo apagarse por
el fuerte viento que entraba por alguna ranura de la casa.
-¿Abuelita,
falta mucho para que termine de llover?-Preguntó con ansiedad
la pequeña Anita.
-Quizás,
hija-, dijo la abuela queriendo tranquilizar a su nieta.
-Voy
a contarte una historia. Cierra tus ojitos pues vamos a dar un
paseo por un hermoso jardín. Así que imagina que
tú estás ahí.
Anita
cerró sus ojos mientras su abuela empezó a contarle
la historia. De pronto dejó de escuchar la lluvia, el rio
y se vio en medio del bosque, justo en el lugar donde tantas veces
iba. Le encantaba estar ahí: jugaba con las mariposas,
bailaba con las plantas, platicaba con los pájaros. Era
su mundo donde ella se encerraba día a día; había
tomado esa costumbre en un afán por huir del miedo que
le daba estar cerca del rio.
-¿Qué
habrá más allá de este lugar?-Pensó
la pequeña.
Entonces,
decidió saber qué había más allá
de lo que veía. Caminó mucho, se internó
en lo más espeso del bosque. No supo cuánto tiempo
caminó pues el cansancio la venció y se recostó
junto a un árbol para descansar un poco, quedándose
dormida.
De
pronto, sintió que algo revoloteaba en su rostro. Despertó
y vio a una diminuta niña volando enfrente de ella; se
talló los ojos pensando que aun estaba dormida y al volver
a abrirlos vio a dos niñas en miniatura volando. Volvió
a cerrar sus ojitos y se pellizcó su bracito diciendo en
su mente: “estoy soñando, no hay niñas pequeñitas
volando, no puede ser cierto esto”.
-¡Por
favor, abre tus ojos! ¡No temas somos reales y somos las
hadas del bosque! -Dijo una de las diminutas criaturas.
Lentamente
abrió sus ojos la pequeña Anita. Asombrada aun,
por lo que estaba viendo, de su boca no salía palabra alguna.
Quería expresarse, decir algo, pero no podía. La
sorpresa la tenía paralizada. La que parecía ser
el hada reina preguntó:
-¿Qué
haces aquí? ¿Cómo llegaste? ¿Quién
eres?
La
pequeña Ana con tantas preguntas no sabía a cuál
responder.
-Me
llamo Anita. Vivo cerca de aquí y solo sé que caminé
mucho para ver si encontraba otro lugar tan bonito como el lugar
donde yo juego.
El
hada que parecía ser la reina se posó sobre su rodilla,
la miró y le dijo:
-Hoy
has llegado al lugar que está prohibido para los hombres.
Es un lugar en donde las personas que llegan aquí, no pueden
volver a su casa porque nosotros no podemos permitir que los demás
sepan que existimos. Se acabaría nuestra tranquilidad;
nuestra vida sería destruida por los hombres en un afán
por descubrir al mundo nuestra existencia.
Anita,
asustada, con el rostro pálido y triste, tenía sus
ojitos llenos de lágrimas porque sabía lo que esto
significaba. Pensaba que no vería más a su abuelita,
ni a sus padres. Los quería mucho, extrañaría
el lugar donde tantas veces había jugado. Sus pensamientos
fueron interrumpidos por el hada que parecía ser la reina.
-Vendrás
con nosotros y si nuestra reina decide dejarte en libertad, respetaremos
su decisión.
Hasta
ese momento comprendió que esa hadita no era la reina.
Las hadas emprendieron el vuelo lentamente para que Ana las siguiera.
Caminó mucho tiempo. No supo cuánto porque el cansancio
la vencía por momentos. Finalmente cruzaron una gran fila
de árboles y se quedó asombrada ya que jamás
en su vida había contemplado tanta belleza; ni en los jardines
más hermosos ella había visto un lugar semejante.
Miles de hadas volaban haciendo cada una la tarea que tenía.
Todo era hermoso. De pronto, alguien le dijo que hiciera una reverencia.
El hada reina estaba por salir, entonces ella inclinó su
pequeña cabecita.
-Levanta
tu rostro pequeña, quiero mirarte.
Escuchó
la voz más dulce que en su corta edad pudiera haber escuchado.
Levantó su rostro y miró un hada de tierno rostro,
mirada amigable y sonrisa angelical. Le parecía que estaba
ante la más hermosa creación que Dios había
hecho. El hada la invitó a pasar a lo que parecía
su palacio real hecho de las flores más hermosas y los
aromas más exquisitos que pudiera imaginarse.
Se
sentó junto a una hermosa fuente y más que escuchar
el ruido de agua que de ella corría parecían oírse
notas musicales.
El
hada preguntó:
-¿Cómo
llegaste hasta acá, pequeña?
Brevemente,
Anita le contó la manera en que ella había llegado
hasta ese lugar. El hada la escuchaba atentamente y al llegar
a la parte en que las hadas le dijeron que jamás volvería
su casa, nuevamente sus ojos se llenaron de lágrimas. El
hada voló hasta la altura de su rostro, limpió sus
ojitos y le dijo:
-No
temas. Quizás te permita regresar a tu hogar. Todo depende
de ti.
La
sonrisa volvió al rostro de la pequeña Anita. Sabía
que había una esperanza para regresar a su casa.
-¿Qué
debo hacer para que yo regrese?-Preguntó la pequeña.
-Cumplirás
con la tarea que yo te dé y si la cumples te prometo que
te daré tu libertad.
Anita
movió su pequeña cabecita en un ademán afirmativo
-
¿Qué haré?-Preguntó.
-Harás
todo lo que hacen las hadas. Trabajarás como ellas, juraras
lealtad a la comunidad y mantendrás mi palacio tan limpio
y pulcro como está ahora.
Anita
juró lealtad a la comunidad y trabajó día
tras día. Estaba feliz en ese lugar pues no pasaba el tiempo
y todo era felicidad. Cuidaba del palacio real como si fuera suyo,
pero había algo que ella aún no podía olvidar:
a su familia. Los días pasaban y a pesar de ser feliz extrañaba
a su casa.
Un
día el hada reina le dijo:
-Hoy
volverás con los tuyos, pero antes tratarás de vencer
al miedo.
Anita
se quedó atenta y temerosa.
-¿A
qué le temes más, Anita?- Le preguntó el
hada.
-A
la lluvia, a los rayos y al río-, respondió la pequeña.
-Hoy
irás con las hadas a un río. Ellas te ayudarán
para que venzas tu miedo.
Muy
temerosa, Anita, caminó junto a las hadas que revoloteando
la guiaban por un sendero lleno de flores y pájaros. De
pronto, empezó a escuchar un ruido muy conocido. Era el
ruido que hacía el agua al correr. Inmediatamente se detuvo,
no quería avanzar más. El miedo paralizaba su corazón.
Las hadas la tomaron de la mano y la jalaban para que continuara
y finalmente llegaron. Ante sus ojos estaba un gran río
caudaloso, de hermosas aguas. Las hadas le indicaron que platicara
con el río. Anita, incrédula, no comprendía
lo que ellas le decían.
-¿Platicar
con el rio?
Un
hada le dijo:
-Pide
al río te permita tocar sus aguas; pídele que no
te haga daño; dile que quieres ser su amiga.
Anita
obedeció tímidamente se acercó a la orilla
del río y dijo:
-Señor
río, puedo ser su amiga? ¿No me hará daño?
¿No me hundirá en sus aguas como hundió a
mi perrito Blas?
-Al
oír esto las hadas comprendieron el porqué del temor
de Anita.
Las
aguas del río tocaron los pies de la pequeña en
un ademán de amistad. Temerosa Anita tocó con sus
manitas el agua y poco a poco fue tomando confianza, hasta que
finalmente se metió a las aguas del río que tanto
miedo le había dado. Nadó hasta que se sintió
cansada. había disfrutado como nunca lo había hecho.
Al
atardecer regresaron nuevamente a la comunidad las hadas y Anita.
Ésta estaba muy feliz: había vencido su miedo al
rio. Repentinamente un fuerte viento empezó a soplar y
gruesas gotas de lluvia caían sobre ellas. Sintió
ese terror que la invadía en cada tempestad, pero inmediatamente
recordó lo que hadas le habían dicho:
—No
temas a nada, Anita.
Recordó
la manera en que ella se había hecho amiga del señor
rio y empezó a cantar y a platicar con la lluvia. Le pidió:
-¡Por
Favor, querida lluvia, no nos hagas daño, déjame
ser tu amiga!
La
lluvia, respondiendo a la petición de Anita, empezó
a caer más suavemente sobre ellas hasta convertirse en
una suave llovizna para no lastimarlas; al ver esto, las hadas
le dijeron:
-¿Te
das cuenta que si tú platicas con la lluvia te puede escuchar?
-Sí,
respondió Anita, no volveré a tener miedo.
Siguieron
su camino hasta llegar a la comunidad de las hadas. El hada reina
las esperaba y con ella estaban todas las demás hadas.
-¿Cómo
les fue?-preguntó el hada reina.
Las
hadas respondieron:
-Anita
ha superado el miedo ya puede regresar con los suyos.
Se
acerco el hada reina y le dijo:
-Anita,
has logrado superar las pruebas que se te han indicado, pero aun
te falta superar la más difícil.
-¿Cuál
es?- Preguntó la pequeña.
-Nunca
jamás a nadie le contarás dónde vivimos;
para el hombre somos sólo fantasía, pero ahora tú
sabes que sí existimos y únicamente nos pueden ver
las niñas que tienen el corazón noble y sincero
como tú.
-Prometo
que jamás a nadie le diré dónde viven. ¿Podré
regresar algún día?- Preguntó la pequeña.
-
¡Jamás!- Respondió el hada reina de una manera
firme y determinante.
Ante
esto la pequeña dio un paso hacia atrás, temerosa
por la manera en que el hada reina había hablado. Con los
ojos llenos de lágrimas siguió escuchando:
-Hoy
te damos la oportunidad de regresar con los tuyos. Algo que jamás
habíamos hecho. Tu nobleza y tu obediencia te permiten
regresar, pero jamás podrás volver a vernos.
-¿Cómo
podre regresar? No sé el camino-, pregunto la pequeña
Ana
Ante
esto el hada reina alzo su cetro y dijo:
-Cierra
los ojos. Yo misma te transportaré al lugar donde deseas.
Anita
muy triste y llorando nuevamente le dijo al hada reina:
-Permíteme regresar algún día, cuando yo
necesite de ustedes, cuando me sienta solita déjame volver,
por favor.
Antes
de que el hada reina respondiera, se escuchó una voz. Todas
volvieron el rostro hacia el lugar de donde provenía. Era
una hada ya anciana, pero que todas, incluyendo el hada reina,
le debían respeto y obediencia. Era el hada monarca, la
antecesora del hada reina; era el hada a la cual todas le debían
la vida porque gracias su magia todas ellas estaban vivas. Esto
fue cuando el hombre quemó todo el bosque, entonces el
hada monarca las libró del morir quemadas llevándoselas
muy lejos y juraron que siempre le obedecerían aunque ella
dejara de ser la reina de las hadas
Al
escuchar esto el hada reina inclinó la cabeza en señal
de respeto y se hizo a un lado para dejar pasar al hada monarca.
-Acércate,
pequeña-, dijo el hada monarca:
-Por
tu humildad y tu buen corazón te voy a conceder un deseo.
Ese deseo será que podrás regresar a esta comunidad,
siempre y cuando en realidad necesites de nuestra ayuda.
Los
ojitos de la pequeña brillaron de alegría. Una gran
sonrisa iluminó su rostro, se limpio las lágrimas
y dijo:
-Gracias,
señora hada, muchas gracias, pero, ¿cómo
podré hacerlo si no sé cómo encontrar el
camino hacia su comunidad?
El
hada monarca sacó de entre sus ropas una hermosísima
gota de agua convertida en cristal. Era tan pequeña que
se perdía en la manita de la Anita. Luego tomó una
pequeña flor disecada y le dijo:
-Cada
vez que necesites de nosotros toca el cristal, colócalo
en tus labios, sopla sobre él e inmediatamente de saldrán
las más hermosas notas musicales que jamás hayas
escuchado. Enseguida prende un pétalo de esta flor, el
aroma y el sonido nos indicarán que tú deseas vernos;
colócate en el bosque donde acostumbras jugar y el hada
reina te transportará a nuestro hogar con su cetro mágico.
Una cosa más pequeña: nunca vayas a perder este
cristal porque sin él jamás podrás regresar
a este lugar.
Ante
esto el hada reina se acercó a la niña y le dijo:
-Despídete,
Anita. Ha llegado la hora de que te vayas.
Todas las hadas formaron un círculo, cantaron y cada una
de ellas le regaló una diminuta flor que fueron colocando
en la bolsa del abrigo de Anita.
Anita corrió a abrazar al hada monarca para agradecerle
el regalo que le había hecho y se fue despidiendo de cada
una de las hadas. Al terminar, el hada reina se elevó y
colocó justo sobre la cabeza de la pequeña. Giró
en círculos de una manera vertiginosa su cetro y mencionó
unas palabras: hadachic mukija meniki hadama (que significa
es hora de volver a tu hogar).
Anita
sintió como empezó a elevarse. Sintió que
volaba a un gran velocidad; quiso abrir los ojos para ver qué
sucedía, pero recordó que no podía hacerlo
porque en ello le iba la vida. Claramente el hada le había
dicho que sólo podía abrirlos cuando sus pies tocaran
el suelo y sus oídos escucharan las aguas del río
nuevamente.
Sintió cómo suavemente iba bajando y de pronto todo
se detuvo. Ella, sin abrir los ojos, movió sus pies, pisó
muy fuerte para comprobar que ya estaba sobre el suelo. Agudizó
sus oídos y pudo escuchar las aguas del río. Entonces
abrió sus ojos y vio que estaba justamente en el bosque
donde tantas veces había jugado. Estaba muy cerca de su
casa y comprendió que era necesario irse ya que quizás
sus padres y su abuela estarían preocupados buscándola.
Antes de irse fue hacia el río. Quería comprobar
que no le tenía miedo y sintió una gran paz al ver
lo hermoso que era. El señor río envió sus
agua muy cerca de donde ella estaba, casi hasta tocarle sus pequeños
pies en un ademan de saludo hacia la pequeña. Anita tomó
agua con sus pequeñas manos y dejó que se escurriera
entre sus dedos: había vencido su temor; ahora era amiga
del señor río.
Se dio media vuelta y corrió por el sendero para llegar
a su casa antes de que anocheciera. Mientras caminaba no podía
creer tantas cosas que habían sucedido: “si le contara
a mi abuela no me lo creería”, pensó. Pero
inmediatamente recordó que no podía hacerlo, que
había hecho un juramento y tenía que cumplirlo.
A lo lejos escuchó la voz de su abuela que desesperada
le gritaba:
-
¡Anita, dónde estás! ¡Por Dios contesta,
niña! ¡Dónde estás¡ ¡Anita!
¡Anita!
Anita
apresuró el paso. No quería que su abuela se preocupara.
De pronto, algo tocó su hombro. Sintió que era sacudida
de una manera brusca.
-Despierta,
pequeña, es hora de ir a la cama.
Nuevamente
fue sacudida y al abrir sus ojos, muy cerca de su cara, vio el
rostro amoroso de su abuela.
-Qué
sucede, abuela-dijo la pequeña-¿Dónde estamos?
¿Ya llegué? ¿Cómo me encontraron?
La
abuela extrañada dijo:
-Estaba
contándote un cuento para que te tranquilizaras porque
estaba muy fuerte la tormenta y te quedaste dormida. Esperé
a que despertaras, pero como no lo hacías tuve que despertarte
yo.
- ¿Estabas soñando Anita?- Preguntó la abuela.
Olvídalo, abuelita. Sólo era eso: un sueño-.
Contestó la pequeña con una enorme tristeza porque
en ese momento comprendió que solamente había vivido
un hermoso sueño.
Sus
pequeños ojitos se llenaron de lágrimas. Le habría
gustado tanto que todo hubiera sido real, pero eso era imposible,
pensó.
Su abuela la tomó de la mano. Caminaron hacia la pequeña
recámara para acostarse mientras le preguntaba a su nieta:
-¿Por
qué tienes la mano apretada?
-No
se abuelita.
La
pequeña abrió su manita y vio la pequeña
gota de cristal y la flor disecada que el hada monarca le había
regalado.
Sus ojitos se abrieron tan grandes que casi se le salen. Recordó
que las hadas le habían llenado el bolsillo de su abrigo
con flores. Metió la mano y ¡ahí estaban todas
las flores! Su abuela le dijo:
-¿Qué
sucede? ¿Por qué tienes esa carita de extrañeza?
¿Por qué tienes tantas flores? ¿Dónde
las cortaste? ¡Qué hermosa piedrita, parece una gotita
de agua! ¿Te la encontraste?
Preguntaba la abuela sin obtener respuesta alguna.
Los pensamientos de la pequeña giraban con rapidez en su
cabecita. Recordaba lo que había pasado y asombrada no
podía creer que ella había estado en el país
de las hadas. Todo había sido real y sus ojitos brillaban
de alegría ¿Cómo llegó a ese lugar?
¿Cómo llegaron las flores a sus manos si estaba
ella con su abuela? ¿Cómo sucedió todo? Era
algo que jamás podría contestarse. Únicamente
sabía que cuando ella necesitara de las hadas ahí
estaba la gema y los pétalos de la flor para poder regresar. |