Desde
que se estableció la Nueva España, los autores
procedentes de diversos grupos étnicos han luchado por
tener una voz propia y por manifestar en sus lenguas maternas
su lugar en la historia y su percepción de la vida cotidiana.
Si hablamos
de una lengua materna implicamos la existencia de una lengua paterna;
en este caso, el español. Asimismo, del singular, yo pasaría
al plural y diría lenguas maternas. Según el Instituto
Nacional Indigenista, hay 62 lenguas habladas en México,
de las cuales 21 se encuentran en peligro de extinción,
pues son habladas por menos de mil personas.
Aparte del
náhuatl y el maya, su variedad es impresionante: huichol,
otomí, tepehua, suave, seri, pápago, rarámuri.
De acuerdo al estudio "México Multilingüe: Un
pasado presente", publicado por Escritores en Lenguas Indígenas,
las lenguas nativas no sólo se hablan, sino que al igual
que el español, se leen y se escriben. Son lenguas vivas,
con alfabetos, gramáticas y literatura oral y escrita.
Sabedores, como nosotros, que las preguntas fundamentales sobre
la humanidad y sus destinos sólo pueden ser contestadas
en la lengua propia. Y la mejor manera de vivificar una lengua
es a través del trabajo literario, ya que éste abre
las puertas a nuevas posibilidades de decir y de mirar y de dar
vida más duradera a la comunidad y al tiempo a los que
se pertenece.
A partir de
las conquistas que tuvieron lugar en México, porque no
sólo hubo una, sino varias, a lo largo de nuestra historia
(conquistas internas de un pueblo sobre otro, hasta llegar a la
conquista más decisiva, la española de 1521), algunas
lenguas sufrieron limitantes o se paralizaron, otras siguieron
siendo habladas. Las conquistas, como todos sabemos, no sólo
fueron armadas, sino también religiosas, lingüísticas,
culturales y, ahora, son económicas. No por nada, los doce
franciscanos que evangelizaron a los mexicanos calificaron su
conquista de espiritual, ya que no sólo derribaron templos
materiales sino ídolos mentales.
Pero lo más
importante para el tema que nos ocupa hoy es que el dominio armado
español se convirtió a lo largo del tiempo en un
dominio lingüístico sobre las lenguas maternas, el
cual, parafraseando a Octavio Paz, sería el de las madres
violadas.
Con el idioma
español también llegaron los llamados libros de
los conquistadores, algunos de ellos libros de caballerías
y de picaresca, y entró la cultura grecolatina, la de otras
lenguas romances y la arábigo-oriental, así como
la religión judeo-cristiana. Entonces, el país fue
llamado Nueva España y fue gobernado por virreyes representando
al Imperio.
Lo anterior
tiene importancia, ya que desde que se estableció la Nueva
España, a pesar de la creativa presencia indígena
que hemos tenido desde el siglo XVI, los autores procedentes de
diversos grupos étnicos han luchado por tener una voz propia
y por manifestar en sus lenguas maternas su lugar en la historia
y su percepción de la vida cotidiana, en un territorio
donde la lengua oficial es el español.
Pero esta
lucha no ha carecido de problemas, ya que cada vez que una lengua
se pierde se pierde también un conocimiento del mundo.
Y cuando la gente la habla mal el conocimiento del mundo también
se reduce en proporción a la ignorancia de esa lengua.
Por ejemplo, hace unos años al encontrarme en Yaxchilán,
en la Selva Lacandona, al preguntarle a un maya el nombre de un
árbol endémico, me contestó: Arbol. Y al
cuestionarlo sobre el nombre de un pájaro, respondió:
Pájaro. No conocía ya la palabra en su lengua, pero
tampoco en español. Lo que me hizo pensar que a lo mejor
el nombre exacto del árbol y del pájaro solamente
existía en su lengua. Y, por lo tanto, no poder expresarse
en su propia lengua y ser un ignorante en la otra los convierte
en extranjeros en su propia tierra y en su propia cultura.
Como dije
antes, a través del periodo colonial y hasta la fecha,
los escritores de lenguas indígenas han tratado de ser
oídos en su propio país, con mucho mayor dificultad
si escriben en su lengua materna, porque una vez que escriben
en español forman parte de la literatura mexicana. Mas
los que escriben en su lengua materna como Juan Gregorio Regino,
en mazateco, Natalio Hernández, en náhuatl, Briceida
Cuevas Cob, en maya, Víctor Terán, en zapoteco,
Gabriel Pacheco Salvador, huichol, o la yucateca María
Luisa Góngora Pacheco, para citar unos cuantos ejemplos,
en términos contemporáneos, escriben en esas literaturas.
¿No en la mexicana? Aunque ejerzan sus derechos inalienables
de libertad de creación y de expresión.
Pero por los
resultados públicos, parece que varios de esos autores
se expresan y publican todavía en los territorios de la
Nueva España, ya que sus libros son recibidos con indiferencia
por la prensa. Y porque las secciones culturales de nuestros diarios
(que parecen pertenecer a la provincia de la mente) están
más ocupadas en dar noticias de la presentación
de un libro X en Madrid o Barcelona que en reseñar, por
ejemplo, las publicaciones de cuentos, canciones y teatro de la
Colección Letras Mayas Contemporáneas, o de las
obras editadas por Escritores en Lenguas Indígenas (como
es la poesía en zapoteco de Mario Molina Cruz y Víctor
Terán; de la poesía en chontal de Isaías
Hernández Isidro; de la poesía en mazateco de Juan
Gregorio Regino). Sin dejar de mencionar las antologías
de poesía mazahua contemporánea compilada por Fausto
Guadarrama López y la de Cuentos totonacos. En las ediciones
recientes es de apreciarse también el libro bilingüe
Los secretos del abuelo, de Jorge Miguel Cocom Pech, cuentos que
tienen la sabiduría de los viejos mayas. Una de las cosas
que me impresiona en estos textos es su relación con la
Naturaleza, la conciencia ecológica; quizás porque
los autores son descendientes directos de culturas que estuvieron
vinculadas a los mitos y a los ritos y, en cierta forma, aún
lo están.
La literatura
escrita en las lenguas maternas carece de crítica literaria,
pues nuestros comentaristas no hablan las lenguas indígenas
y no tienen marcos de referencia para apreciarlas o juzgarlas.
Y porque, como aparecen en colecciones especializadas, los criterios
con que se miden no son literarios, sino étnicos. Mas la
literatura mexicana no estará completa hasta que no reconozca,
e incluya, a la escrita en español, las literaturas creadas
en las lenguas maternas. Pues, ante esta problemática,
en qué historia de la literatura mexicana se encuentran
los cantos de María Sabina, la poeta más visionaria
del siglo XX mexicano e hispanoamericano, junto con el chamán
huichol Ramón Medina Silva, quien fungió como Tatewarí,
la deidad del Fuego, en Wiricota, 1967.
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