Esta
era una araña que siempre estaba flaca.
-Yo
no sé qué voy a hacer -se decía a sí
misma-. Quiero estar gorda y robusta como mis vecinas. Pero ellas
no me quieren decir qué hacen para estar llenitas. Y yo
no sé qué haré para dejar de estar flacucha.
Entonces
decidió cambiarse de domicilio. Pensaba que posiblemente
los bichos que comiera en otro lugar, la alimentarían mejor.
Y
así lo hizo. Sin avisar a ninguna de sus compañeras
se fue por otros montes, pues esta araña era una araña
del monte. Al llegar al lugar que escogió para vivir, se
puso a tejer su casa. Ya cuando terminó dijo, mientras
secaba su sudor:
-¡Ah,
qué bueno que terminé! Ya es noche y deseo descansar.
Y
desde luego, se dispuso a dormir en su nueva casa. Casi se dormía,
cuando a lo lejos, distinguió a unos bichitos como tintilantes
estrellas que pasarían por su trampa de saliva. Se preparó
muy contenta para recibirlos.
-¡Qué
bueno! -dijo-. Ahora sí viene mucha comida y creo que dejaré
de estar flaca para siempre.
Y
al pasar por su telaraña, quedaron atrapados bastantes
bichitos como para que tuviera comida durante un año. Apenas
se fueron los que se salvaron, la Araña Flacucha se puso
a comer, a comer, a comer, a comer y a comer. ¡Y claro!,
esta araña quedó gorda como ella deseaba.
Sin
embargo, sintió de pronto, que algo caliente le quemaba
por dentro. Dando gritos, cayó al suelo con la barriga
gordísima pero bien tostada. Aquellos bichitos que tragó
eran luciérnagas y le habían chamuscado la panza.
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