| Mamá
Xmén
A
pesar de tener la espalda encorvada de tanto andar
por los “caminos del señor”, Mamá Xmén
tenía una mirada fija, segura y penetrante.
A sus ochenta y tantos años de edad todavía
era fuerte y seguía recorriendo las veredas
blancas que sus antepasados habían construido.
Su sonrisa ya no era clara, pero sus dientes amarillentos
seguían firmes.
-Mamá
Xmén.
-Mamá Xmén.
Todo
el mundo la llamaba así, porque nadie sabía
cual era su nombre. En otoños pasados o en
primaveras que se han ido Mamá Xmén
debió tener mejor nombre, quizá más
dulce.
Nohoch
Tat, el Gran Señor, su compañero, había
muerto treinta años atrás, y desde entonces
quedó sola, porque la maternidad le había
sido negada por la naturaleza. Los niños que
ahora la veían le tenían un miedo muy
particular, porque sus padres les habían enseñado
a temerle: “Si te portas mal, te va a llevar Mamá
Xmén”, les decían por lo general.
-¿Dónde
vas Mamá Xmén?, era la pregunta que
todos le hacían para salir del paso al encontrársela
de frente.
-“Tengo
donde ir” –decía con voz pausada-. “Los caminos
son largos y pesados, pero aprendemos andándolos.
Caminar es necesario porque después de la muerte,
los pies seguirán por los caminos que en vida
recorrimos”.
Muy
pocos se detenían junto a ella; no por el olor
de sus ropas andrajosas, ni por su cabello todo alborotado,
sino por miedo.
-¿Tienes
algo que me regales para comer hoy? –decía
Mamá Xmén a las puertas de la casa que
previamente había seleccionado para comer.
Siempre había algo que darle; nadie se negaba,
porque cuando no miraba de frente parecía una
viejecita indefensa.
-Toma Mamá Xmén, es todo lo que puedo
darte hoy. Cleto no ha tenido trabajo desde hace varios
días y sólo comemos frijoles con tomate
kut(1).
-¡Ah
niña! ¿Pero para qué quiero más?
Con esto tengo para comer hoy. Pero tú niña,
no te preocupes. Si hoy das al necesitado, seguramente
Dios te dará a ti mañana. Ya verás
cómo Cleto tendrá trabajo y entonces
podrás comer mejor con todos tus angelitos...
Gracias niña, gracias niña. Que Dios
te bendiga.
Así
decía Mamá Xmén, mientras seguía
su camino, apoyada en el Xolté(2)
que por largos caminos la había acompañado.
Necesitaba caminar si aún vivía; pero
¡todavía vivía?
Decían
que era sabia, porque adivinaba la suerte de los demás.
Decían que sus bendiciones servían de
mucho, porque Cleto había tirado un venado
un día después de que Petra, su esposa,
le había dado de comer a Mamá Xmén,
y dos días más tarde, tenía trabajo
en la milpa de Don Canuto.
En
las afueras del pueblo, allá en el cerro, la
anciana tenía una casita que estaba a punto
de caer. Su difunto Nohoch Tal se la había
dejado, pero ya nadie más se había ocupado
de repararla.
Allí
pasaba las noches, largas noches de soledad.
Sus
pies descalzos sentían el polvo desde muy temprano,
cuando los campesinos apenas desayunaban para irse
a la milpa. Escuchaban su xolté clavarse en
el camino o chocar con las piedras. Para eso le servía
el xolté, para que todos supieran que por allí
pasaba Mamá Xmén.
Desayunaba
en la madrugada, porque nadie le negaba la comida
a temprana hora; recibirían bendiciones para
el resto del día y más aún cuando
apenas salían hacia el trabajo.
Cada
día era más pesado para la mujer, pero
ella siempre miraba el destino en forma optimista,
tratando de que sus pies siguieran recorriendo los
caminos que la llevaban a las milpas, a lo más
intrincado del monte.
¿Cuántas
generaciones había visto? Ni ella misma lo
sabía, conocía a todos los del pueblo,
a sus padres y a sus abuelos.
En
los velorios permanecía como muerta, como si
con su inmovilidad acompañara al muerto, más
que a los deudos. De vez en cuando salían de
su boca algunas palabras difíciles de entender.
Decían que rezaba; nadie se atrevía
a interrumpirla. Se le servía café,
que tomaba por instinto, porque su mente parecía
encontrase muy lejos.
También
tenía momentos alegres, cuando alguien del
pueblo cosechaba. Siempre estaba cerca, para ver cómo
los campesinos ofrecían sus primeras cosechas
a los dueños del monte, a sus dioses, y después
le convidaban, para que participara también
en el entusiasmo.
Un
día, los campesinos no escucharon el xolté
de Mamá Xmén a temprana hora, ni escucharon
tocar el colohché(3)
de sus cocinas para después ver aparecer su
figura encorvada.
Y
tuvieron que irse al monte sin la bendición
de Mamá Xmén, la mujer con quien se
encontraban todas las mañanas.
Tampoco
al mediodía acudió en busca de comida.
Los niños ya no tuvieron que esconderse al
comenzar a oscurecer el día, porque no vieron
aparecer a Mamá Xmén.
Todos
sentían la necesidad de ir a su casa porque
se daban cuenta de que sin Mamá Xmén,
el pueblo no tenía vida. Sin ella el pueblo
parecía vacío. Necesitaban escuchar
su paso, su Xolté recorriendo las calles polvorientas
mientras maldecía a los perros que le ladraban
al pasar. Querían ver su figura que poco a
poco iba encorvándose más, pero temían
ir a buscarla a su casa. Los que pasaban cerca de
aquel jacal decían que había buhos y
murciélagos que no permitían el acceso
a nadie más que a la Señora.
Y
de tanto desearlo, en la noche escucharon de nuevo
las pisadas, se escuchó de nuevo el xolté
chocar la tierra y las piedras... Se escuchó
el aullar lastimero, temeroso, de los perros, pero
nadie se atrevió a salir... Comenzaban a sospechar
que era el alma de la anciana que andaba por las calles.
Todos
esperaban, deseaban ya un nuevo amanecer, porque las
pisadas, el xolté y el aullar de los perros
siguieron escuchándose por toda esa interminable
noche.
Cuando
el sol salió, los vecinos se concentraron en
el centro del pueblo. No había mas que decir:
Habría que ir a la casa de Mamá Xmén.
Sólo los hombres, porque habría que
cuidar a las mujeres y a los niños. Todos estaban
temerosos, como si fueran a encontrarse con algo grave.
Pero habría que ir.
Por
fin los hombres comenzaron a escalar el cerro. No
llevaban machetes, porque sabían que no los
necesitarían. Cuando el búho voló
sobre los temerosos vecinos, todos se sobresaltaron,
pero siguieron adelante. Para entonces el murciélago
no estaba en el camino, debería estar guardándose
de la luz del sol.
Habría
que llegar lo antes posible a casa de Mamá
Xmén... Y lo consiguieron. Pero aún
tenían miedo de entrar, de empujar la puerta
hecha de maderas y huano. Llamaron primero, Ni siquiera
sabían porqué lo hacían, porque
estaban seguros que nadie les respondería.
Alguien
se decidió a empujar la puerta, estaba todo
a oscuras. Un olor nauseabundo llegó hasta
ellos. Quisieron correr, pero las piernas no les obedecían.
Poco a poco la claridad fue llegando al interior del
jacal.
Por
fin pudieron ver todo. En el centro de la casa, tendida
como si durmiera, permanecía Mamá Xmén,
con las manos entrelazadas sobre el pecho. Cuatro
velas rodeaban el cansado cuerpo. Ella había
preparado su propio funeral.
Los
hombres la tendieron sobre el costal de fibra de henequén,
y la cargaron para después bajar poco a poco
el cerro. Las mujeres y los niños esperaban.
Vieron venir a los hombres. Nadie decía nada.
Ni los perros ladraban. Fue el cortejo fúnebre
más numeroso que los pobladores recuerdan.
Mamá
Xmén había ido a acompañar a
Nohoch Tat, pero no llegó por sus propios pies.
Fue necesario llevarla. Nadie lloró por ella,
pero tampoco nadie tuvo sonrisas, ni mucho menos se
contaron los chistes de los velorios. Todo era solemnidad.
El
pueblo estaba triste. Estaba vacío.
Dicen
que Mamá Xmén no murió. Que sólo
dejó su cuerpo, porque ella sigue andando por
el pueblo, y que algunas noches se escuchan sus pasos,
su xolté y los perros aúllan lastimeramente.
Los hombres, las mujeres y los niños, siempre
se acuerdan de Mamá Xmén. Siempre recuerdan
a la madre de las brujas, porque de esta manera se
le conoce.
Su
espíritu sigue recorriendo los caminos blancos
que en vida recorrió.
(1)
Machacado.- (2) Bastón.- (3) Empalizada.-
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