Narrativa
       

Ramón Tun Cab

 

Mamá Xmén

 

Mamá Xmén

A pesar de tener la espalda encorvada de tanto andar por los “caminos del señor”, Mamá Xmén tenía una mirada fija, segura y penetrante. A sus ochenta y tantos años de edad todavía era fuerte y seguía recorriendo las veredas blancas que sus antepasados habían construido. Su sonrisa ya no era clara, pero sus dientes amarillentos seguían firmes.

-Mamá Xmén.
-Mamá Xmén.

Todo el mundo la llamaba así, porque nadie sabía cual era su nombre. En otoños pasados o en primaveras que se han ido Mamá Xmén debió tener mejor nombre, quizá más dulce.

Nohoch Tat, el Gran Señor, su compañero, había muerto treinta años atrás, y desde entonces quedó sola, porque la maternidad le había sido negada por la naturaleza. Los niños que ahora la veían le tenían un miedo muy particular, porque sus padres les habían enseñado a temerle: “Si te portas mal, te va a llevar Mamá Xmén”, les decían por lo general.

-¿Dónde vas Mamá Xmén?, era la pregunta que todos le hacían para salir del paso al encontrársela de frente.

-“Tengo donde ir” –decía con voz pausada-. “Los caminos son largos y pesados, pero aprendemos andándolos. Caminar es necesario porque después de la muerte, los pies seguirán por los caminos que en vida recorrimos”.

Muy pocos se detenían junto a ella; no por el olor de sus ropas andrajosas, ni por su cabello todo alborotado, sino por miedo.

-¿Tienes algo que me regales para comer hoy? –decía Mamá Xmén a las puertas de la casa que previamente había seleccionado para comer. Siempre había algo que darle; nadie se negaba, porque cuando no miraba de frente parecía una viejecita indefensa.
-Toma Mamá Xmén, es todo lo que puedo darte hoy. Cleto no ha tenido trabajo desde hace varios días y sólo comemos frijoles con tomate kut(1).

-¡Ah niña! ¿Pero para qué quiero más? Con esto tengo para comer hoy. Pero tú niña, no te preocupes. Si hoy das al necesitado, seguramente Dios te dará a ti mañana. Ya verás cómo Cleto tendrá trabajo y entonces podrás comer mejor con todos tus angelitos... Gracias niña, gracias niña. Que Dios te bendiga.

Así decía Mamá Xmén, mientras seguía su camino, apoyada en el Xolté(2) que por largos caminos la había acompañado. Necesitaba caminar si aún vivía; pero ¡todavía vivía?

Decían que era sabia, porque adivinaba la suerte de los demás. Decían que sus bendiciones servían de mucho, porque Cleto había tirado un venado un día después de que Petra, su esposa, le había dado de comer a Mamá Xmén, y dos días más tarde, tenía trabajo en la milpa de Don Canuto.

En las afueras del pueblo, allá en el cerro, la anciana tenía una casita que estaba a punto de caer. Su difunto Nohoch Tal se la había dejado, pero ya nadie más se había ocupado de repararla.

Allí pasaba las noches, largas noches de soledad.

Sus pies descalzos sentían el polvo desde muy temprano, cuando los campesinos apenas desayunaban para irse a la milpa. Escuchaban su xolté clavarse en el camino o chocar con las piedras. Para eso le servía el xolté, para que todos supieran que por allí pasaba Mamá Xmén.

Desayunaba en la madrugada, porque nadie le negaba la comida a temprana hora; recibirían bendiciones para el resto del día y más aún cuando apenas salían hacia el trabajo.

Cada día era más pesado para la mujer, pero ella siempre miraba el destino en forma optimista, tratando de que sus pies siguieran recorriendo los caminos que la llevaban a las milpas, a lo más intrincado del monte.

¿Cuántas generaciones había visto? Ni ella misma lo sabía, conocía a todos los del pueblo, a sus padres y a sus abuelos.

En los velorios permanecía como muerta, como si con su inmovilidad acompañara al muerto, más que a los deudos. De vez en cuando salían de su boca algunas palabras difíciles de entender. Decían que rezaba; nadie se atrevía a interrumpirla. Se le servía café, que tomaba por instinto, porque su mente parecía encontrase muy lejos.

También tenía momentos alegres, cuando alguien del pueblo cosechaba. Siempre estaba cerca, para ver cómo los campesinos ofrecían sus primeras cosechas a los dueños del monte, a sus dioses, y después le convidaban, para que participara también en el entusiasmo.

Un día, los campesinos no escucharon el xolté de Mamá Xmén a temprana hora, ni escucharon tocar el colohché(3) de sus cocinas para después ver aparecer su figura encorvada.

Y tuvieron que irse al monte sin la bendición de Mamá Xmén, la mujer con quien se encontraban todas las mañanas.

Tampoco al mediodía acudió en busca de comida. Los niños ya no tuvieron que esconderse al comenzar a oscurecer el día, porque no vieron aparecer a Mamá Xmén.

Todos sentían la necesidad de ir a su casa porque se daban cuenta de que sin Mamá Xmén, el pueblo no tenía vida. Sin ella el pueblo parecía vacío. Necesitaban escuchar su paso, su Xolté recorriendo las calles polvorientas mientras maldecía a los perros que le ladraban al pasar. Querían ver su figura que poco a poco iba encorvándose más, pero temían ir a buscarla a su casa. Los que pasaban cerca de aquel jacal decían que había buhos y murciélagos que no permitían el acceso a nadie más que a la Señora.

Y de tanto desearlo, en la noche escucharon de nuevo las pisadas, se escuchó de nuevo el xolté chocar la tierra y las piedras... Se escuchó el aullar lastimero, temeroso, de los perros, pero nadie se atrevió a salir... Comenzaban a sospechar que era el alma de la anciana que andaba por las calles.

Todos esperaban, deseaban ya un nuevo amanecer, porque las pisadas, el xolté y el aullar de los perros siguieron escuchándose por toda esa interminable noche.

Cuando el sol salió, los vecinos se concentraron en el centro del pueblo. No había mas que decir: Habría que ir a la casa de Mamá Xmén. Sólo los hombres, porque habría que cuidar a las mujeres y a los niños. Todos estaban temerosos, como si fueran a encontrarse con algo grave. Pero habría que ir.

Por fin los hombres comenzaron a escalar el cerro. No llevaban machetes, porque sabían que no los necesitarían. Cuando el búho voló sobre los temerosos vecinos, todos se sobresaltaron, pero siguieron adelante. Para entonces el murciélago no estaba en el camino, debería estar guardándose de la luz del sol.

Habría que llegar lo antes posible a casa de Mamá Xmén... Y lo consiguieron. Pero aún tenían miedo de entrar, de empujar la puerta hecha de maderas y huano. Llamaron primero, Ni siquiera sabían porqué lo hacían, porque estaban seguros que nadie les respondería.

Alguien se decidió a empujar la puerta, estaba todo a oscuras. Un olor nauseabundo llegó hasta ellos. Quisieron correr, pero las piernas no les obedecían. Poco a poco la claridad fue llegando al interior del jacal.

Por fin pudieron ver todo. En el centro de la casa, tendida como si durmiera, permanecía Mamá Xmén, con las manos entrelazadas sobre el pecho. Cuatro velas rodeaban el cansado cuerpo. Ella había preparado su propio funeral.

Los hombres la tendieron sobre el costal de fibra de henequén, y la cargaron para después bajar poco a poco el cerro. Las mujeres y los niños esperaban. Vieron venir a los hombres. Nadie decía nada. Ni los perros ladraban. Fue el cortejo fúnebre más numeroso que los pobladores recuerdan.

Mamá Xmén había ido a acompañar a Nohoch Tat, pero no llegó por sus propios pies. Fue necesario llevarla. Nadie lloró por ella, pero tampoco nadie tuvo sonrisas, ni mucho menos se contaron los chistes de los velorios. Todo era solemnidad.

El pueblo estaba triste. Estaba vacío.

Dicen que Mamá Xmén no murió. Que sólo dejó su cuerpo, porque ella sigue andando por el pueblo, y que algunas noches se escuchan sus pasos, su xolté y los perros aúllan lastimeramente. Los hombres, las mujeres y los niños, siempre se acuerdan de Mamá Xmén. Siempre recuerdan a la madre de las brujas, porque de esta manera se le conoce.

Su espíritu sigue recorriendo los caminos blancos que en vida recorrió.

 

(1) Machacado.- (2) Bastón.- (3) Empalizada.-

 
Fuente: Sumario de Ficciones. Ramón Santini Pech, Ramón Suárez Caamal y Ramón Tun Cab. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche. Imprenta “Elín” , de Bécal. 1982. 82 pp.