| LA
TROMBA DEL TIEMPO TRASLADA AL JARDÍN HACIA
LAS QUIMERAS AÑILES
VI
Él
vendrá; así es como debe decirse, con
los labios en movimiento, reteniendo el hálito
del veneno de la espera; es mecer con espíritu
la guarida del deseo, hasta que la visión fustigue
la lengua y se libere la bienvenida. Él no
ha de tardar. Él vendrá.
Y
danzaremos entre las malvas del atajo.
En
el peristilo silencioso el pie de un ángel,
mueve poco a poco los tiestos carmines de geranios.
Descalzo el viento del sur cruza entre los almendros.
¿Quieres más pruebas? Sueño,
recuerdo, latido, me dicen poco; la ansiedad pide
una llamada, que ese alguien pronuncie los clavos
de mi escaso nombre. Un grato ruido en el umbral,
una imperiosa impaciencia en el bronce de la aldaba.
Pero él insiste en malgastar el tiempo, el
inexorable tiempo del amor. Y en las llamadas de esperanzas,
me contradigo.
Pido
alguna rendición a mi coraje, algún
guiño a mi silencio. El recuerdo es frágil
como el papel iridiscente de una libélula.
Las palabras en la memoria se rompen como la delgada
respiración de la mañana. ¡Él
vendrá!, pero se empecina en derrochar sus
anhelos en los paisajes del camino. Será su
cuerpo el que suba los peldaños de mi puerta,
o quien me visite sea el miedo, el olvido, las horas
del insensible vacío. Conociendo mi destino,
¿por qué ha tardado? Los lares lo saben,
en su insignificante cabeza.
Él
vendrá.
Y danzaremos entre las malvas del atajo.
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Él
vendrá, pero dilo casi con timidez, con los
labios apenas entreabiertos.
EL
JARDÍN DE LA PUERTA CLAUSURADA
VII
Contempló
un amuleto de cristal ahumado. Y a través de
él, un rocío en hilera larga de cuentas,
transparentes cuarzos en las peonias de los parterres;
más allá de los setos y los peldaños,
las playas claras de Anzio.
Ante
un espejo mágico, que marchando al pie de la
letra ha aprendido el sortilegio que recitan los desvelados,
me desenredo el azabache de mis talentos, y derramo
la fértil noche en racimos negros de embriaguez.
No han desaparecido las largas sonrisas y aún
el corazón de cristal tiene los rayos lunares,
los perfiles anímicos de discretas sirenas,
mujeres de huertos y marismas; no se han desvanecido
esos extraños placeres de los que pierden la
verdad de la luz real; los amantes estamos en el cenit
de la perla de plata, mundo que protege la natura...
y la castiga por su piel de más pudor. Si existe
ese rincón, si existe, después de tantos
insomnios en los que nuestras sangres pálidas,
como las alas del cisne, se han anudado; con la ayuda
del cirio de una esclava, la liviandad liberta.
Media
noche en mis ojos ávidos de joyas, que conserva
el cuerpo en secreto, cuando en final poesía,
llega a mis sienes la diadema de colores eróticos,
y me cambia el profano semblante recordando instantes
de clandestina plenitud.
Pero por un rato más, la bella alma de césar,
debo representar
CRISANTEMOS DE AIRE EMPAÑAN LOS JACINTOS BLANCOS
DE VIDRIO
VIII
La
ventana, acércate a esta ventana de color añil;
por donde ha pasado el número justo de astros,
el juego correcto de puntos para dibujar, para dibujar
con el pincel de mi lucerna, el collar de la armonía
o la corona boreal.
Y si el cisne de luz que ciega, la flor flotante en
el océano del cielo, me da su sangre de fuego
blanco; y si ese loto gemelo en el regazo de un sueño
místico llega a mis labios, me sentiré
afortunada; tengo cita entonces con el olvido de las
formas, las de la piel triste. Las enamoradas.
Transportado a su distante constelación, derramaré
sobre mi hogar y mi fuego, agua de jacintos, en un
segundo dulce diluvio. En un segundo diluvio de espejos,
que raptan al más allá de las fronteras,
las almas hacia un cuerpo cósmico; fugitivos
viajaremos fuera de la colosal ágata, agua
dura vagando por el vacío en el cual vivimos
desterrados.
Una lluvia de agujas en la pupila de los ángeles
custodios, en la noche femenina para horadar mis ojos
con lágrimas y tener la clarividencia de las
rebeldes, de las infames, yo deseo. Rasgaré
la cortina de terciopelo múrice, teñida
de lamentos; pisaré sonámbula y lúcida
la alfombra de suaves penumbras. Cantar será
para mí locura, una llovizna de cuentas de
ultramar. Pero antes déjame despedirme de mis
tristes hermanas, mi séquito de antiguas amigas.
Las desencantadas
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Inventará
una eterna noche sin fisuras de luz.
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