Poesía
       

Martín Sáinz Vizcarra

Premio Nacional de Poesía "Ramón Iván Suárez Caamal"

2003

 

Pámpanos de oro en un rincón crepuscular (Fragmentos)

 

LA TROMBA DEL TIEMPO TRASLADA AL JARDÍN HACIA LAS QUIMERAS AÑILES

VI


Él vendrá; así es como debe decirse, con los labios en movimiento, reteniendo el hálito del veneno de la espera; es mecer con espíritu la guarida del deseo, hasta que la visión fustigue la lengua y se libere la bienvenida. Él no ha de tardar. Él vendrá.

Y danzaremos entre las malvas del atajo.

En el peristilo silencioso el pie de un ángel, mueve poco a poco los tiestos carmines de geranios. Descalzo el viento del sur cruza entre los almendros. ¿Quieres más pruebas? Sueño, recuerdo, latido, me dicen poco; la ansiedad pide una llamada, que ese alguien pronuncie los clavos de mi escaso nombre. Un grato ruido en el umbral, una imperiosa impaciencia en el bronce de la aldaba. Pero él insiste en malgastar el tiempo, el inexorable tiempo del amor. Y en las llamadas de esperanzas, me contradigo.

Pido alguna rendición a mi coraje, algún guiño a mi silencio. El recuerdo es frágil como el papel iridiscente de una libélula. Las palabras en la memoria se rompen como la delgada respiración de la mañana. ¡Él vendrá!, pero se empecina en derrochar sus anhelos en los paisajes del camino. Será su cuerpo el que suba los peldaños de mi puerta, o quien me visite sea el miedo, el olvido, las horas del insensible vacío. Conociendo mi destino, ¿por qué ha tardado? Los lares lo saben, en su insignificante cabeza.

Él vendrá.
Y danzaremos entre las malvas del atajo.

...............................................................................

Él vendrá, pero dilo casi con timidez, con los labios apenas entreabiertos.

 

EL JARDÍN DE LA PUERTA CLAUSURADA

VII

 

Contempló un amuleto de cristal ahumado. Y a través de él, un rocío en hilera larga de cuentas, transparentes cuarzos en las peonias de los parterres; más allá de los setos y los peldaños, las playas claras de Anzio.

Ante un espejo mágico, que marchando al pie de la letra ha aprendido el sortilegio que recitan los desvelados, me desenredo el azabache de mis talentos, y derramo la fértil noche en racimos negros de embriaguez.
No han desaparecido las largas sonrisas y aún el corazón de cristal tiene los rayos lunares, los perfiles anímicos de discretas sirenas, mujeres de huertos y marismas; no se han desvanecido esos extraños placeres de los que pierden la verdad de la luz real; los amantes estamos en el cenit de la perla de plata, mundo que protege la natura... y la castiga por su piel de más pudor. Si existe ese rincón, si existe, después de tantos insomnios en los que nuestras sangres pálidas, como las alas del cisne, se han anudado; con la ayuda del cirio de una esclava, la liviandad liberta.

Media noche en mis ojos ávidos de joyas, que conserva el cuerpo en secreto, cuando en final poesía, llega a mis sienes la diadema de colores eróticos, y me cambia el profano semblante recordando instantes de clandestina plenitud.
Pero por un rato más, la bella alma de césar, debo representar



CRISANTEMOS DE AIRE EMPAÑAN LOS JACINTOS BLANCOS DE VIDRIO

VIII

 

La ventana, acércate a esta ventana de color añil; por donde ha pasado el número justo de astros, el juego correcto de puntos para dibujar, para dibujar con el pincel de mi lucerna, el collar de la armonía o la corona boreal.
Y si el cisne de luz que ciega, la flor flotante en el océano del cielo, me da su sangre de fuego blanco; y si ese loto gemelo en el regazo de un sueño místico llega a mis labios, me sentiré afortunada; tengo cita entonces con el olvido de las formas, las de la piel triste. Las enamoradas.
Transportado a su distante constelación, derramaré sobre mi hogar y mi fuego, agua de jacintos, en un segundo dulce diluvio. En un segundo diluvio de espejos, que raptan al más allá de las fronteras, las almas hacia un cuerpo cósmico; fugitivos viajaremos fuera de la colosal ágata, agua dura vagando por el vacío en el cual vivimos desterrados.
Una lluvia de agujas en la pupila de los ángeles custodios, en la noche femenina para horadar mis ojos con lágrimas y tener la clarividencia de las rebeldes, de las infames, yo deseo. Rasgaré la cortina de terciopelo múrice, teñida de lamentos; pisaré sonámbula y lúcida la alfombra de suaves penumbras. Cantar será para mí locura, una llovizna de cuentas de ultramar. Pero antes déjame despedirme de mis tristes hermanas, mi séquito de antiguas amigas. Las desencantadas

...........................................................

Inventará una eterna noche sin fisuras de luz.


 
Fuente: Pámpanos de oro en un rincón crepuscular. Martín Sáinz Vizcarra. Libro ganador del Premio Nacional de Poesía “Ramón Iván Suárez Caamal”, Calkiní, Campeche, 2003. 30 pp.