| Juicio
insólito
-...
Y consecuente con las ideas que he expuesto, con la
venia de su Señoría, apruebo lo que
han dicho los que me han precedido en la tribuna de
este foro. Todos hemos coincidido en censurar al jurado
popular, porque se ha convertido en proceso de escarnio
y tortura, organizado en contra de los hombres que
se sientan en la silla de los acusados. ¡No
más jurados! ¡Que se elimine para siempre
a esta Inquisición de nuevo cuño! ¡Qué
desaparezca el Jurado Popular! ¡Esta es mi opinión,
por ella voto!
El
Fiscal al escuchar al último de los miembros
del Jurado, sonrió, seguro de su triunfo, mientras
en la Sala Judicial el orden de nuevo era interrumpido
por las ruidosas manifestaciones de aprobación
provenientes del público presente.
-¡Calma
señores! Respeten este recinto! -clamó
el juez golpeando repetidas veces la mesa tras la
cual se encontraba, con el mazo que la fuerza de la
costumbre había puesto en sus manos con la
misma exigencia con que colgó de su cuello
la toga y asentó en su testa el birrete.
El
juzgador, tras restablecer la correcta compostura,
escasamente mantenida en el transcurso de la sesión,
indicó a los asistentes ponerse de pie.
La
intervención del Presidente del jurado para
concluir ese juicio que había despertado gran
especulación, tenía importancia sólo
por lo que correspondía a la expresión
formal y solemne de una decisión que ya era
prevista por la concurrencia.
-La
ley que es dinámica y cambia con la sociedad
que la genera –señaló el magistrado-,
se ha enriquecido con una norma que exige al jurado
empezar por juzgarse a sí mismo. Aquí
estamos procediendo a su fiel observancia. Quienes
intervinieron en este proceso lo hicieron con tanta
emoción que olvidaron con frecuencia cual era
la materia del juicio. Ustedes fueron oportunamente
advertidos de que sus decisiones, siendo de interés
público, podrían afectar sus propios
intereses privados. Por ello previmos que no fuese
simple la emisión de sus votos, les pedimos
que cada uno fuera públicamente fundamentado.
Pues bien, cumplidos los requisitos, la sentencia
no ha de ser otra que la que aquí se ha expresado
en forma unánime: ¡Que desaparezca el
Jurado Popular!
Algo
extraño sucedió en la sala de jurados.
Quienes
afuera esperaban, escucharon en ese momento un ruido
metálico tal y como si se hubiere producido
un encuentro violento de dos planchas gigantescas.
El caso es que a partir de esa fecha, nadie ha podido
dar razón alguna de paradero de un juez insobornable,
un implacable fiscal, doce individuos “Honrados y
de buena fe” y ochenta y seis curiosos que habían
acudido a esa corte judicial con el placer que seguramente
experimentaban los que en la Roma de los Césares
asistían al Coliseo para presenciar el espectáculo
del circo.
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