Ser
dueño de sí y amo de nadie es una virtud.
Lo he descubierto al viajar cuerpo adentro
y ver, con los ojos del día prendidos en el corazón,
la libertad como el primerísimo amor
que nos cautiva hacia las alturas del gozo.
Que
nadie apague el entusiasmo de ser yo
por un puñado de simuladas pasiones.
A mi nada me enciende más que ser abrazado
por la casta de inventores del mal.
Desde
hoy, pues, confiaré más en lo que yo me quiero
y menos en los seductores de falsos mimos.
Mañana por la mañana, cuando vuelva a salir a
la calle,
disfrutaré por haberme arrancado las cadenas. ¡Palabra!
Pobre
del que ama su prisión, aunque sea de oro puro.
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