Calkiní, 7 de febrero de 2005
 
Los Obispos y el Clero de Yucatán durante la Guerra de Castas (1847-1901)
Capítulo IV
 
Detalle de la portada del libro, diseñada por Patrica Cab. Óleo "Izamal" de Marco Chab
 
Este último capítulo lo hemos dividido en cuatro partes; las tres primeras partes dan a conocer la participación de los obispos José María Guerra, Leandro Rodríguez de la Gala y Crescencio Carrillo y Ancona, quienes tuvieron largos períodos de gobierno episcopal –29, 19 y 15 años respectivamente– y que estuvieron inmersos en la situación conflictiva de la Guerra de Castas; el primero con mayor intensidad, porque vivió la etapa más difícil de la Guerra de Castas, pero todos con alguna aportación en la búsqueda de la paz. La última parte del presente capítulo es muy breve, porque solamente presentamos una semblanza de los obispos fray José Guadalupe Alba Franco y Martín Tritschler y Córdova, que a pesar de haber gobernado la Diócesis de Yucatán, durante el período de la campaña final emprendida por el presidente Porfirio Díaz, por diversos motivos no tuvieron la oportunidad de colaborar en la solución del conflicto, concluido en 1901 con la ocupación de la capital de los cruzoob.
 
A. EL OBISPO JOSÉ MARÍA GUERRA Y RODRÍGUEZ CORREA (1834-1863)
 
En esta parte, primeramente presentaremos la vida y obra del obispo José María Guerra; después, comentaremos la Carta Pastoral dirigida a los mayas sublevados el 2 de febrero de 1848; posteriormente, analizaremos la respuesta de los rebeldes a dicha Carta Pastoral; luego, hablaremos del cura José Canuto Vela, que desempeñó un papel importante en las negociaciones de paz, al encabezar las comisiones eclesiásticas entre 1848 y 1851; y, por último, daremos a conocer el funcionamiento de esas comisiones eclesiásticas y los resultados obtenidos.
 
1. Vida y obra
 
En 1827, al morir el obispo Pedro Agustín Estevez y Ugarte, el Cabildo eligió vicario general de la Diócesis de Yucatán al canónigo José María Guerra y Rodríguez Correa 340, pero como la autoridad civil objetó la legalidad de la elección y alegando que tenía más méritos el provisor José María Meneses (1782-1856) 341, por los servicios que éste había prestado a la nación, el Cabildo procedió a nueva elección resultando vicario capitular Meneses y gobernador de la Mitra el canónigo Guerra. En 1832 el Supremo Gobierno de la Nación propuso para ocupar la sede vacante de Yucatán a José María Guerra, electo senador aquel año; pero con el triunfo de los federalistas, varios centralistas y Guerra fueron desterrados a Veracruz.

Estando en Veracruz, Guerra recibió en marzo de 1833 la noticia de que había sido nombrado obispo de Yucatán, pero la administración federalista detuvo las bulas; sin embargo, con el retorno al centralismo, Guerra recibió las bulas y fue consagrado en la Cd. de México el 25 de julio de 1834 por el obispo Juan Cayetano Portugal. «Guerra, obispo de Yucatán, puede considerarse como fruto de las mismas gestiones del Ilmo. Sr. Vázquez» 342, realizadas ante la Santa Sede 343. En el mismo 1834, Guerra, el primer yucateco que se ciñó la mitra del Obispado de Yucatán, dio a conocer dos Cartas Pastorales: una el 26 de julio, comunicando su consagración; y otra el 2 de noviembre, avisando su arribo a la Diócesis y el nombramiento de Manuel José Pardío (1790-1861) 344, cura de Sotuta, como provisor y vicario general y, desde entonces, José María Meneses se dedicó al cuidado de la parroquia meridana de San Cristóbal 345.

En 1835, el obispo Guerra, debido a las guerras internas de la Península de Yucatán, prefirió realizar la visita pastoral de Tabasco y el 29 de noviembre de ese año dio a conocer una Carta Pastoral, expresando la pena que le causaba no realizar la visita pastoral de la región yucateca y la necesidad de suplirla por las instrucciones que daba por medio de la Carta 346; en septiembre de 1836, el obispo Guerra declaró vigente el diezmo en Yucatán. De 1837 a 1840, sucedió una cosa curiosa en Yucatán: la familia Guerra y Rodríguez Correa gobernó civil y eclesiásticamente la Península, pues Pedro Marcial, hermano del obispo José María, fue nombrado gobernador de Yucatán; sin embargo se abrió un período de guerras intestinas entre federalistas y centralistas y «la Iglesia sufría así de los unos como de los otros» 347, pues querían despojar al clero de sus bienes, «aunque siempre los liberales denominaron clericales a los centralistas, y estos llamaron impíos y demagogos a los primeros» 348.

Después del triunfo de la sublevación de Tizimín, encabezada por Santiago Imán, el 4 de marzo de 1840 asumió funciones de gobierno Juan Cosgaya, y el Congreso Local de Yucatán mandó poner en práctica la Constitución federal de 1824 y jurar ésta públicamente y «sin restricción cumplieron el juramento todos, excepto el Sr. Obispo de la Diócesis don José María Guerra» 349; en 1842 reapareció Manuel José Pardío en México, presentándose como obispo auxiliar de Yucatán 350 y, al ser suspendido por el arzobispo metropolitano, optó por radicar en la Cd. de México, llegando a ser considerado por los masones como «el mejor de nuestros obispos» 351.

En 1844, el obispo Guerra dirigió un oficio al gobernador Santiago Méndez, protestando contra el proyecto del Gobierno sobre la dotación del culto religioso y sus ministros, pues consideraba «que las urgencias del erario harían impracticables los abonos, y después, una nueva ley vendría a declararlo desobligado a continuarlos» 352; en 1845 encomendó a la Prefectura de los jesuitas en Belice la administración, «en lo posible», de las poblaciones yucatecas confinantes y vecinas a su territorio 353; en 1847, comenzó la sublevación de los mayas y el obispo Guerra organizó una comisión, encabezada por el cura José Canuto Vela, y por medio de esa comisión dirigió a los sublevados una Carta Pastoral 354. Después del fracaso del tratado de Tzucacab y ante la amenaza de ser tomadas Mérida y Campeche por los mayas sublevados, en mayo de 1848 el obispo Guerra decidió trasladarse a San Juan Bautista, Tabasco, llevando con él a las Religiosas Concepcionistas, pero el gobernador Barbachano lo convenció de permanecer en Mérida y obtuvo su autorización, porque la Tesorería del Estado estaba en bancarrota, de disponer «en calidad de préstamo» 355, de la plata y oro de los templos que habían ocupado los indios rebeldes y que no habían saqueado, así como de las alhajas no necesarias al servicio del culto ordinario que tenían los otros templos; Barbachano prometió devolver esos bienes de la Iglesia, pero nunca cumplió su palabra.

En 1849, el obispo Guerra vio desaparecer la vicaría de Bacalar «y con ella muchas florecientes parroquias del oriente y sureste de la Península» 356; en junio de 1850, cuando se calmó un poco la situación de la Guerra de Castas, para reorganizar los curatos de la Diócesis convocó al clero a ejercicios espirituales y a concurso de curatos, se presentaron entonces en Mérida cerca de cien sacerdotes 357; luego, aprovechando una tregua de las continuas revueltas y del alejamiento de los indios rebeldes, llevó a cabo en 1854 y 1855 la visita pastoral, «primero en las parroquias de la parte oriental en que no había peligro próximo y después en las del distrito de Campeche» 358. La Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma dejaron a la Diócesis de Yucatán en la miseria al ser confiscados sus bienes y si el obispo Guerra no fue desterrado fue por el servicio prestado al Gobierno «menos de diez años antes, dándole sus tesoros para salvarlo de su ruina» ; en julio de 1861, fue extinguido el Seminario de San Ildefonso, al igual que la Pontificia Universidad, y fue transformado en Colegio civil. El obispo José María Guerra murió el 3 de febrero de 1863 habiendo publicado unos venticuatro documentos entre Cartas Pastorales, tratados instructivos, oficios o notas.

 
2. Carta Pastoral (2 febrero 1848)
 
  Durante la Guerra de Castas, a pesar de que muchos indígenas hablaban y leían el español, la lengua maya adquirió un carácter de lengua oficial en la correspondencia entre los adversarios. El primer impreso en lengua maya dirigido a los sublevados fue la Carta Pastoral del obispo José María Guerra, firmada el 2 de febrero de 1848. La Pastoral del Ilustrísimo Señor Obispo, dirigida a los Indígenas de esta Diócesis, como se puede leer en la portada de dicho documento, fue publicada en Mérida por Antonio Petra, en 1848; el mensaje del obispo Guerra está en español y en maya; la traducción del español al maya fue realizada por el cura José Canuto Vela.

Esta Carta Pastoral tenía como destinatarios: «los indígenas de todo el Obispado y particularmente los que habitan la parte oriental y sur de esta vasta Península» 360. El obispo Guerra manifestaba su amargura por los hechos acaecidos en el pueblo de Tepich el 30 de julio de 1847; también se quejaba de «la profanación sacrílega y escandalosa del augusto templo parroquial del pueblo de Tixcacalcupul» 361 y de la muerte del párroco Eusebio García Rejón y del presbítero Patricio Loría; el obispo Guerra consideraba que esos acontecimientos sangrientos eran efecto de la «Justicia Divina, irritada contra nosotros por tantos pecados, y especialmente por el enorme pecado de abandono del cumplimiento de los deberes cristianos, por la falta de la asistencia a los divinos oficios, y a escuchar la enseñanza de la doctrina» 362. El abandono de todo esto, según Guerra, se debía a «las ideas exageradas de la época» 363, lo cual nos hace pensar en el liberalismo radical que se había ido extendiendo a todos los niveles de la sociedad yucateca, incluso hasta en las filas del clero.

Además, el obispo, considerando que no eran suficientes sus cartas pastorales, sus exhortaciones y providencias para el restablecimiento de los «preciosos beneficios celestiales» resolvía enviar una comisión compuesta por los sacerdotes José Canuto Vela, Manuel Saturnino González, Manuel Ancona y Jorge Burgos para que los sublevados les hicieran saber sus resentimientos, para que les confiaran sus quejas «que ellos sabrán transmitirlas a la autoridad respectiva, a quien toque poner remedio» 364. Guerra finaliza su Carta exhortándolos a hacer caso al llamado de Dios a la reconciliación; esta Carta Pastoral, fue impresa para que llegara por distintos caminos a los sublevados y tuvo una respuesta de varios jefes mayas sublevados, respuesta que veremos en el siguiente apartado.

 
3. Respuesta de los rebeldes a la Carta Pastoral del obispo Guerra
 
El gobernador Santiago Méndez, no teniendo otra alternativa, comisionó a Miguel Barbachano para presidir la comisión gubernamental que debería entrar en tratativas de paz con Jacinto Pat. Barbachano salió de Mérida el día 15 de febrero de 1848 con ese objetivo; mientras tanto, ese mismo día, la comisión eclesiástica, portadora de la Carta Pastoral del obispo José María Guerra y encabezada por el cura José Canuto Vela, salió para Tecoh; reuniéndose ambas comisiones en Ticul y continuando juntas a Tekax 365. Instalada en Tekax, la comisión pacificadora por diferentes conductos hizo llegar comunicaciones amistosas a los principales jefes mayas. El 17 de febrero, el cura Vela dirigió una carta suya y la del obispo Guerra a los jefes mayas; en su carta Vela daba a conocer a los jefes mayas sublevados que el obispo deseaba que pusieran fin a los ataques y a las matanzas, también les recordaba que matar, odiar, robar e incediar eran pecados mortales y los exhortaba «a abandonar la lucha, para estar en condiciones de recibir la bendición de Dios» 366 y terminaba la carta comunicándoles que enviaba seis ejemplares de la Carta Pastoral del obispo, especialmente a Jacinto Pat y Cecilio Chí 367.

El 19 de febrero respondieron los caudillos mayas de Sotuta 368 a Domingo Bacelis y José Dolores Pasos, agradeciendo primeramente su carta y la del obispo que les habían hecho llegar, y daban a conocer desde el inicio el motivo de su rebelión: «Una sola cosa digo a ustedes y a los venerables santos curas ¿Por qué no se acordaron o se pusieron alerta cuando nos empezó a matar el señor gobernador?» 369; en su carta los jefes mayas daban a conocer las causas de su actitud contra los blancos, destacando la siguiente sentencia: «todo lo que los blancos nos han hecho, lo hacemos, otro tanto, para que vean si quedan contentos con este pago» 370. Con esto, los jefes mayas de Sotuta rebelaban resentimiento y rencor, pero presentaban un razonamiento enérgico y justo: no fueron ellos los iniciadores de la guerra sino los blancos, los que ahora querían entrevistarse con ellos.

El 24 de febrero, desde Tihosuco, Jacinto Pat escribió una carta al cura Vela, en la que también expresaba el «tenaz resentimiento» 371 que sentían los indígenas hacia los blancos. Pat hacía saber a Vela y al obispo Guerra que «a no haber sido los daños que empezaron a ocasionarnos los señores españoles, aquí en el pueblo de Tihosuco, no se hubieran alzado estos pueblos» 372 y decía que si se habían sublevado «es por defenderse de la muerte que empezó a ocasionarnos el señor subdelegado don Antonio Trujeque» 373; los indígenas, según Pat, esperaban de parte del Gobierno de Yucatán una respuesta favorable y solicitaban la abolición de la contribución civil, «pues de lo contrario, la vida o la muerte decidirá este asunto porque yo ya no tengo más recurso» 374, y la disminución de la contribución eclesiástica. Jacinto Pat daba la posibilidad de una negociación, dependiendo de la respuesta del Gobierno, y quizá por ello, habiendo sido considerado como la esperanza de los comisionados para un arreglo de paz, todos dirigieron hacia él una labor de persuasión epistolar.

 
4. El cura José Canuto Vela y su correspondencia epistolar con los sublevados
 

El cura José Canuto Vela 375, excelente escritor en lengua maya, nombrado por el obispo Guerra como el responsable de la primera comisión que trató de mediar entre los sublevados y el Gobierno 376, desarrolló su labor con gran celo en medio de problemas y dificultades, con resultados parciales de poca duración. El 17 de febrero de 1848, le escribió a Pat desde Tekax, quien le respondió el 24 de febrero; el 6 de marzo «el valeroso cura y algunas otras personas, sin escolta alguna, se entrevistaron con [Ignacio]Tuz en Tzucacab, donde el señor cura Vela obtuvo de parte del jefe indio la promesa de ir personalmente a Tihosuco en busca de Jacinto Pat» 377; estando en Tzucacab, el cura Vela escribió el 8 de marzo otra carta a Pat donde expresaba que Miguel Barbachano quería conversar con él «para hacer la paz con ustedes bajo el deseo de que ya no haya más daños ni temores aquí en la tierra» 378.

Como el 14 de marzo los mayas sublevados tomaron Valladolid, el entonces gobernador Santiago Méndez consideró oportuno dimitir y entregó la gubernatura a Barbachano, quien tomó posesión el 26 de marzo. El cura Vela y Felipe Rosado, el comisionado gubernamental, el 1 de abril manifestaron a Pat la urgencia de «hablar y redactar una buena acta en la que estén bien plasmados sus deseos y los del respetable señor Gobernador» 379; Vela y Rosado nuevamente le escribieron a Pat el 14 de abril, insistiendo en la necesidad de los acuerdos de paz que «alegrará a todo Yucatán, y particualrmente al excelentísimo señor Gobernador» 380. Finalmente, la insistente y persuasiva correspondencia epistolar de los comisionados Vela y Rosado, así como del mismo Barbachano, rindió sus frutos de tal manera que Pat accedió sentarse a negociar en Peto el 18 de abril, firmándose el tratado de Tzucacab, que fue roto poco tiempo después por Cecilio Chí y otros jefes mayas, inconformes con lo que establecía.

Después el cura Vela siguió manteniendo comunicación con los mayas sublevados a través de la correspondencia epistolar, como lo demuestra la carta que José María Barrera y otros jefes mayas le dirigieron al cura Vela, el 7 de abril de 1850, desde Haas: «he recibido su respetable carta en la que me dice que ya llegó su excelencia al rancho Kampocolché.[…], me da a saber que es el comisionado del excelentísimo señor Gobernador, y me pide que escriba o que vaya a hablar con su excelencia» 381. José María Barrera había escrito a Vela para manifestarle la firme convicción de su pueblo de no rendirse, hasta ver cumplido todo lo que pedían y le recordaba la falta de palabra de los blancos respecto al tratado de Tzucacab. El 19 de abril, José María Barrera escribió otra vez, respondiendo una carta de Vela, poniendo en entredicho al cura, pues insinúa que era comerciante de aguardiente: «quiero que me venda un garrafón de aguardiente […], si no hay aguardiente, aunque sea habanero; perdóneme, pero aunque sea un poquito» 382. Los sublevados, días después acordaron con el cura Vela reunirse el 4 de mayo en Kampocolché para terminar con las hostilidades, pero la reunión no pudo efectuarse, debido a que el comandante militar de Yucatán Manuel Micheltorena ordenó acabar con los sublevados, con toda la fuerza posible; los sublevados el 5 de mayo enviaron una carta al cura Vela, en la que le comunicaban que «las tropas nuestras han tomado por el rumbo de Chemay una carta que el señor comandante de Valladolid puso a otros compañeros suyos en que les dice que acaban de salir los señores curas a engañar al indio» 383. El 7 y el 13 de mayo, Vela dirigió sendas cartas a José María Barrera advirtiéndole que las tropas gubernamentales lo buscaban 384, entonces éste condujo a los demás sublevados selva adentro donde fundaron Chan Santa Cruz y el culto de la Cruz Parlante.

 
5. Comisiones eclesiásticas
 

Barbachano aceptó encabezar el comité de paz que organizó Santiago Méndez 385, en diciembre de 1847, pero como las medidas militares y políticas del Gobierno no surtían efecto para la pacificación de los indígenas se recurrió al obispo y al clero 386; en febrero de 1848, el obispo José María Guerra designó como miembros de una comisión eclesiástica para la pacificación de los indígenas sublevados a los sacerdotes José Canuto Vela, Manuel Saturnino González, Manuel Ancona y Jorge Burgos 387, que debieron participar en el tratado de Tzucacab.

En 1849, después de que el coronel Patricio O’Horán realizó exitosamente, entre junio y julio, la expedición desde el pueblo de Sabán hasta la villa de Bacalar, los jefes mayas Venancio Pec y Florentino Chan trataron de entablar pláticas de paz por medio del cura García y solicitaron la suspensión de hostilidades, formándose tres comisiones conciliadoras con sacerdotes respetables. La primera comisión estaba representada por José Canuto Vela, cura de Sagrario, la segunda por José Antonio García, cura de Temax, y la tercera por Manuel Antonio Sierra 388, cura y vicario de Valladolid. Cada comisión se había formado «para que por distintas partes tratasen de entrar en pláticas con los indios principales» 389.

El cura Vela salió con tal fin para Tihosuco; el cura Sierra para Bolonchén, y el cura García para Valladolid 390; apenas el cura Vela trató de sondear el ánimo de los jefes mayas del sur, por medio de un agente llamado Isidro Blanco, tuvo la triste noticia de que éste había sido asesinado por los indígenas. Este inicidente obligó a los comisionados a ser cautos; las hostilidades continuaron por todas partes 391; los sacerdotes estaban en situación muy difícil, eran mal vistos por las tropas debido a los reproches que hacían por la matanza de prisioneros y la violación de las mujeres; por su parte, los indígenas ya no los respetaban y ante sus peticiones de acabar con la guerra recibían como respuesta: «Váyanse de aquí y así habrá paz» 392.

En 1850, algunos sacerdotes realizaron gestiones pacificadoras. Por ejemplo, el sacerdote Juan Burgos dirigió una carta desde Kankabchén el 15 de enero a Juan Ascensio Cab, jefe de las fuerzas de San José, en la región de Peto, que decía: «Soy sacerdote, y me envió el excelentísimo obispo, a petición del excelentísimo señor don Miguel Barbachano para que yo les pida benevolente y afectuosamente que vengan a presentarse en forma pacífica» 393. Otro caso es el cura José Canuto Vela, que intentó negociar la paz en mayo de 1850 con José María Barrera y otros jefes mayas sublevados 394, con el consabido fracaso por la acción de las tropas gubernamentales que lanzaron una fuerte ofensiva, propiciando la huida de los indígenas sublevados 395. El 25 de mayo, Manuel Micheltorena, el comandante militar de Yucatán, se lamentaba ante el ministro de Guerra y Marina sobre el fracaso de las comisiones eclesiásticas 396.

Sin embargo, en 1851 el comandante militar Rómulo Díaz de la Vega, enviado en marzo de ese año por el Supremo Gobierno en sustitución de Micheltorena, organizó las tropas para hacer una guerra defensiva 397 y estableció una comisión eclesiástica, utilizando «al mismo padre Vela y a su plana mayor de sacerdotes que ya habían fracasado antes. Se dieron las mismas órdenes que en ocasión anterior [1849] para conciliar la tarea de los eclesiásticos con los imperativos de la guerra» 398, pero cuando el cura Vela se preparaba a salir de Peto 399 para iniciar su labor, se supo que el gobernador Barbachano, obrando descoordinadamente respecto de la autoridad militar, había autorizado un nuevo sistema de pacificación, teniendo como figura central al corregidor del Petén Modesto Méndez, quien aseguró estar en condiciones de apaciguar, por la persuación, a los habitantes de Chichanhá, con los que en agosto de 1851 llevó a cabo un tratado, aunque «en virtud de ese acuerdo, los sacerdotes debían encontrarse en Chichanhá con el fin de organizar las elecciones y ofrecer a los indios la bendición del obispo» 400. Enterado el cura Vela de la firma del tratado de Chichanhá, consideró inútil viajar a ese lugar«con el objeto de cooperar con el corregidor del Petén y el cura Hoil, y suponemos que desde ese momento ni él ni sus sacerdotes, volvieron a pensar en la intervención de las comisiones eclesiásticas cuya presidencia le había sido encomendada por el Gral. Vega» 401. Sin embargo todavía tenemos noticias de que en septiembre de 1851 seguían funcionando comisiones de paz 402.

Haciendo una valoración de las comisiones eclesiásticas, conducidas por el cura Vela, encontramos lo siguiente: la de 1848 había logrado convencer a Pat a firmar el tratado de Tzucacab, pero éste tuvo una efímera duración porque los demás jefes mayas no estuvieron de acuerdo en que se nombrara a Pat gobernador de los indígenas; las comisiones formadas en 1849 fracasaron, debido principalmente a las expediciones “exploradoras y cosecheras” de las tropas gubernamentales en perjuicio de los indígenas mayas 403, expediciones de las que se lamenta el cura Vela en una carta que dirigió al diputado Alonso Manuel Peón el 9 de noviembre de 1849 404:

«y habiendo averiguado que sin este paso no habría rancho entre muy pocos días, pues no hay depósito de granos ni otro medio de proporcionarlo a la tropa, tuve que callar, y penetrado de ser no sólo inútil sino muy expuesta mi medida combinada, tanto respecto a mis enviados que muy bien podían ser sacrificados por sus parientes y amigos, como respecto de lo sustancial de mi comisión, tuve a bien retraerme de mi idea, eligiendo este extremo como un dictado enérgico de la prudencia. Tú y los sensatos creo que no reprobarán mi conducta en este particular, y verán que mientras permanezca la necesidad que se alega de seguir estas incursiones, se aumentarán también los obstáculos que se oponen a mi comisión» 405.

Según Leticia Reina, las tres comisiones eclesiásticas trataron de lograr la paz, pero no la consiguieron «porque lo hicieron en nombre de Dios, que para los indígenas era la palabra del “blanco”» 406. Por su parte, Peniche Vallado al criticar los resultados de las gestiones de las comisiones eclesiásticas de 1849, considera que estaban formadas por sacerdotes respetables 407, «quienes se dedicaban a hacer labor de convencimiento con los indígenas del Oriente y del Sur» 408, pero no lograron buenos frutos porque «no se procuró que, al menos mientras se efectuaban los parlamentos religioso-pacifistas, se abstuvieran las tropas blancas de hostilizar a los residentes indígenas» 409, en su afán de procurarse su sustento y el Gobierno se hacía el desentendido, pues se reconocía incapacitado para sostenerlas 410. Según Peniche Vallado, las comisones eclesiásticas de 1849 también fracasaron, porque las autoridades militares tomaron actitudes y disposiciones improcedentes y abiertamente contradictorias, la mayor parte de ellas de las órdenes formuladas por el gobierno para encauzar las labores pacificadoras de las comisiones eclesiásticas, «cuyos componentes se veían presionados en el desarrollo de sus gestiones, y no tenían otro recurso que modificar éstas, introduciendo cambios que les restaban fuerza moral y material, o renunciar totalmente a ellas con grave daño de la misión que les había sido encomendada» 411. En 1851 las comisiones eclesiásticas fracasaron, porque el gobernador Barbachano no estuvo de acuerdo con las autoridades militares y prefirió utilizar otro sistema de pacificación.

 
B. EL OBISPO LEANDRO RODRÍGUEZ DE LA GALA (1868-1887)
 
En esta segunda parte daremos a conocer, en primer lugar, la vida y obra del obispo Leandro Rodríguez de la Gala, obispo al que le tocó vivir situaciones difíciles maquinadas por gobernantes liberales, y en segundo lugar haremos un comentario de su Carta Pastoral del 6 de marzo de 1870, dirigida a los mayas rebeldes de oriente y a los pacíficos del sur, de los que no hubo respuesta alguna.
 
1. Vida y obra
 

A la muerte del obispo José María Guerra, el 3 de febrero de 1863, fue nombrado gobernador de la Mitra de Yucatán el canónigo Leandro Rodríguez de la Gala 412 y poco tiempo después, el 17 de abril, el Papa Pío IX (1846-1878) lo instituyó administrador apostólico del Obispado de Yucatán. El presidente Benito Juárez restituyó el Seminario de San Ildefonso a la Diócesis por decretos del 9 de septiembre y 9 de diciembre de 1863; el 4 de julio de 1864, Rodríguez de la Gala dio a conocer su primera Carta Pastoral y estableció una Academia de literatura y ciencias eclesiásticas, siendo su presidente el presbítero Crescencio Carrillo y Ancona; siempre en 1864, Rodríguez de la Gala envió al presbítero Manuel Antonio Sierra y a algunos otros sacerdotes a visitar las rancherías de los indígenas mayas de la frontera con Belice y también el territorio de esta colonia británica pero no pudieron hacer mucho porque aquel territorio pertenecía al Vicariato Apostólico de Jamaica 413.

Con la caída del Imperio de Maximiliano y la restauración de la República en 1867, resurgieron las clausuras de instituciones eclesiásticas, sufriendo la Diócesis de Yucatán en octubre de 1867, la extinción del convento de las Religiosas Concepcionistas de Mérida y en febrero de 1868 del Seminario Conciliar; entonces los presbíteros Crescencio Carrillo y Ancona y Norberto Domínguez fundaron el Colegio Católico de San Ildefonso, de instrucción primaria y secundaria, que ayudó en la formación seminarística 414.

Debido a las exigencias anticanónicas de los ministros de Maximiliano, durante el Imperio no se pudo establecer un Concordato con la Santa Sede y la petición de un obispo para Yucatán quedó para mejor ocasión. Con la restauración de la República, el Papa Pío IX nombró obispo de Yucatán a Leandro Rodríguez de la Gala, el 22 de junio de 1868, siendo consagrado en la Habana, Cuba, por el obispo fray Jacinto Martínez el 14 de febrero de 1869; el nuevo obispo tomó posesión de la Diócesis el 4 de marzo, cuando se guardaba luto en el Estado de Yucatán por la muerte del gobernador Manuel Cepeda Peraza 415.

A pesar de su débil salud, el obispo Rodríguez de la Gala realizó la visita de toda la Diócesis durante sus años de gobierno episcopal, pues acostumbraba recorrer tres o cuatro parroquias y regresaba a Mérida. Durante una de sus visitas, estando en Tekax en marzo de 1870 «dirigió a los indios rebeldes una Carta Pastoral el día 6, excitándolos a la paz y a la conversión» 416. Para lograr mejor efecto, el obispo Rodríguez de la Gala pidió al cura José del Pilar Vales que la tradujera al idioma maya y se imprimió después en dos columnas con el texto español y maya en la Imprenta de José Dolores Espinosa.

El 1 de enero de 1876 se restableció el Seminario Conciliar y cesó sus funciones la Academia de ciencias eclesiásticas que sostenía suplementariamente la enseñanza del Seminario. En marzo de 1877, debido a su Octava Carta Pastoral, que fue considerada como subversiva por el Gobierno yucateco, el enfermo obispo tuvo que sufrir el exilio por un mes. En diciembre de 1877, por su precaria salud, Rodríguez de la Gala designó como su secretario al presbítero Crescencio Carrillo y Ancona y lo nombró canónigo en 1879 «delegándole casi todas sus facultades y descargando en él todo el peso de la administración» 417. En 1883 lo nombró su provisor y vicario general y ese mismo año pidió a la Santa Sede lo nombrara su coadjutor; entonces en 1884 fue nombrado Crescencio Carrillo y Ancona obispo de Lero y coadjutor de Yucatán con derecho a sucesión, siendo consagrado el 6 de junio de 1884. El obispo Leandro Rodríguez de la Gala murió el 14 de febrero de 1887, habiendo ordenado a 67 sacerdotes y publicado quince Cartas Pastorales.

 
2. Carta Pastoral (6 marzo 1870)
 

El culto a la Cruz Parlante había nacido en Chan Santa Cruz y se había extendido a los grupos dispersos de sublevados en la parte oriental de la Península, de tal manera que para 1851 el poder de la Cruz abarcaba desde Bacalar hasta Valladolid; mientras esto sucedía en el oriente de la Península, en la región de los Chenes y en las selvas del sur la situación era diferente pues se firmaba la paz entre el Gobierno de Yucatán y los mayas de Chichanhá, por mediación del corregidor Modesto Méndez y su viejo compañero el cura Juan de la Cruz Hoil, tratado de neutralidad que enojó a los cruzoob y comenzó así la enemistad entre los sublevados del sur y los sublevados de Chan Santa Cruz; división y enemistad que aumentará en 1853, cuando los sublevados del sur firmaron en Belice otro tratado de paz con el Gobierno de Yucatán, en el que se comprometieron a combatir a los cruzoob, quienes a pesar de ello, seguieron creciendo su poder y su dominio 418 sobre los ahora llamados pacíficos del sur, quienes, pesar que recibían la protección de las tropas gubernamentales, cedieron Chichanhá en 1860 a los seguidores de la Cruz y se dispersaron en pequeños grupos en la frontera con Belice.

En 1864, durante el Segundo Imperio, el comisario imperial José Salazar Ilarregui dirigió a los cruzoob una proclama, pidiendo a los sublevados someterse pacíficamente a la protección de Maximiliano, dicha proclama surtió muy poco efecto; en 1866 las buenas relaciones de los cruzoob con los ingleses seguían siendo no bien vistas por los pacíficos del sur y atacaron algunos campamentos madereros ingleses, haciendo complicadas las relaciones entre México y la Gran Bretaña, y las represalias de los ingleses, que en 1867 destruyeron varias comunidades de los pacíficos; en ese año algunos pueblos pacíficos como Lochá y Mesapich fueron sometidos por los cruzoob y algunos de sus pobladores se unieron a ellos y los acompañaron en sus correrías; en 1870 la relación entre los pacíficos del sur y los cruzoob seguía siendo muy crítica.

Teniendo como marco histórico-social este conflicto entre los sublevados del sur y los sublevados del oriente de la Península, ya restaurada la República, el obispo de Yucatán D. Leandro Rodríguez de la Gala durante su visita pastoral a Tekax escribió el 6 de marzo de 1870 una proclama dirigida a: A nuestros muy amados hijos que habitan las regiones del Sur y del Oriente de esta Península en nuestra Diócesis de Yucatán, salud y paz, gracia y bendición en nuestro Señor Jesucristo 419.

Esta Carta Pastoral fue publicada en un folleto de ocho páginas a doble columna, una en español y la otra en maya. La traducción fue encomendada al presbítero José del Pilar Vales, originario de Valladolid, que conocía perfectamente la lengua maya. En la Carta Pastoral, el obispo Rodríguez de la Gala se dirigía «a sus muy amados hijos, que moran apartados o segregados en los cantones del Sur y Oriente de esta tierra de Yucatán» 420. Rodríguez de la Gala, al parecer en alusión a los sublevados de Chan Santa Cruz y a los pueblos pacíficos del sur que se le habían unido en 1867 421, les decía «los que os halláis encerrados voluntariamente dentro de un círculo de hierro» 422 y les manifestaba que deseaba estrecharlos entre sus brazos y reanudar las mutuas relaciones que deben existir entre el pastor y sus ovejas, entre el obispo y sus fieles diocesanos y les recordaba aquellos días felices en que estaban asistidos por los sacerdotes y recibían los inmensos beneficios de la santa Religión, cuando participaban de las prácticas cristianas y de cada uno de los Sacramentos y auxilios espirituales; pero, después, el obispo reconocía como una realidad el alejamiento de los mayas sublevados de la vida cristiana, diciendo: «Pasaron ya aquellos días alegres de paz, de reposo, de calma y de ventura; desaparecieron aquellas prácticas cristianas, aquellas costumbres religiosas, aquellos sentimientos piadosos, aquella vida, en fin, rodeada de dulzuras y de consuelo» 423; por último, el obispo Rodríguez de la Gala los exhortaba a dirigirle sus peticiones, seguros de que serían «bien acogidas y despachadas» 424.

Al parecer, el obispo Rodríguez de la Gala no formó alguna comisión eclesiástica para dialogar con los mayas rebeldes, quizá por las experiencias anteriores no muy agradables y por la situación que existía con el Gobierno de Yucatán, que no era propicia para ello y, entonces prefirió que nacieran de los sublevados las estrategias a seguir, como podemos deducir de las últimas palabras que expresa en su Carta Pastoral: «¿Ignoráis cómo podréis poneros en relaciones con vuestro Obispo? Pedid al Dios de las misericordias sus soberanas luces y mientras os las conceden como se lo pedimos en nuestras humildes oraciones, recibid nuestra bendición pastoral» 425. Si la Carta Pastoral de José María Guerra escrita en 1848 había sido contestada por Jacinto Pat, Cecilio Chí y otros jefes mayas, la Carta Pastoral de Leandro Rodríguez de la Gala parece que fue recibida con indiferencia por los cruzoob y los pacíficos, pues no se tienen noticias de alguna respuesta o alguna iniciativa tomada por los rebeldes, sino hasta 1884, cuando se firmó el tratado de Belice, pero por mediación de Henry Fowler, representante británico en Belice 426.

 
C. EL OBISPO CRESCENCIO CARRILLO Y ANCONA (1884-1897)
 

En esta tercera parte presentaremos la vida y obra del obispo Carrillo y Ancona, dividida en tres pequeños apartados, donde analizaremos brevemente su obra como presbítero, después como obispo titular de Lero y coadjutor de Yucatán (1884-1887) y ya como obispo de Yucatán (1887-1897); después haremos un breve comentario de sus escritos referentes a los mayas y a la Guerra de Castas; y, por último, analizaremos a través de dos de sus Cartas Pastorales la forma en que busca la atención pastoral de los mayas rebeldes, tanto del oriente como del sur de la Península de Yucatán, y al indígena maya en general.

 
1. Vida y obra
 

En 1859, en la Imprenta de Rafael Pedrera de la ciudad de Mérida se imprimió un ensayo biográfico sobre el cura José Canuto Vela y Rojas escrito por Crescencio Carrillo y Ancona 427; a principios de 1860, éste, en compañía de otros jóvenes, formó la sociedad literaria La Concordia 428; el 2 de junio de 1860, el obispo José María Guerra ordenó presbítero a Carrillo y Ancona, quien en1861 impartió la cátedra de Literatura en el Seminario de San Ildefonso; en julio de 1864, Carrillo y Ancona se hizo cargo de la Academia de ciencias eclesiásticas; en febrero de 1868, los presbíteros Crescencio Carrillo y Ancona y Norberto Domínguez abrieron el Colegio Católico de San Ildefonso; ambos presbíteros fueron expulsados del Estado de Yucatán y enviados a Veracruz en febrero de 1869 por ser considerados conservadores, pero gracias a la intervención del presidente Benito Juárez pudieron regresar pronto a Yucatán 429. A fines de 1869, el gobernador Manuel Cicerol fundó el Museo Yucateco con la colección privada de Carrillo y Ancona, quien fue director de dicho Museo de 1871 a 1874 430. En 1877 el obispo Rodríguez de la Gala lo designó secretario de Cámara y Gobierno de la Mitra; en 1879 lo hizo canónigo del Cabildo-Catedral y en 1883 lo nombró provisor y vicario general 431.

 
2. Carrillo y Ancona, obispo titular de Lero y coadjutor de Yucatán (1884–1887)
 

León XIII declaró a Crescencio Carrillo y Ancona obispo titular de la Iglesia de Lero (Isla del Mar Egeo) y coadjutor de Yucatán con derecho a futura sucesión, en el Consistorio del 27 de marzo de 1884; fue consagrado en la Colegiata de Guadalupe, el 6 de julio de 1884, por Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, Arzobispo de México 432; al regresar a la Diócesis se encargó de toda la administración eclesiástica por enfermedad del obispo Rodríguez de la Gala; entonces inició sus visitas pastorales a las parroquias de Maxcanú, Halachó, Hecelchakán, Tenabo y Campeche; en 1885 hizo las visitas pastorales de Hunucmá y varias parroquias del sur de Yucatán. El 15 de julio de 1885 restableció la Universidad Pontificia de Yucatán 433.

 
3. Carrillo y Ancona, obispo de Yucatán (1887-1897)
 

En 1891, Carrillo y Ancona dio a conocer en la Diócesis de Yucatán, a través de su Décima Carta Pastoral, la Encíclica Rerum Novarum (15 mayo 1891) aplicándola al tema de la servidumbre en que se encontraban los indígenas de las haciendas henequeneras y a la Guerra de Castas 434; el 24 de marzo de 1895, a petición de Carrillo y Ancona, fue autorizada por León XIII la erección de la Diócesis de Campeche para favorecer, entre otras cosas, la atención pastoral de los mayas rebeldes de oriente y los pacíficos del sur 435.

El obispo Crescencio Carrillo y Ancona murió el 19 de marzo de 1897 y fue sepultado en la hacienda Petkanché 436. Carrillo y Ancona, decidido defensor de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, se distinguió por sus investigaciones y estudios sobre arqueología, linguística e historia de Yucatán 437, y además produjo veinticuatro cartas pastorales, treinta edictos, numerosas circulares, discursos teológicos y oraciones fúnebres, escribió leyendas yucatecas, un Epítome de Historia de la Filosofía, los catecismos de Historia Sagrada, así como diversos artículos en la prensa periódica 438. Durante su gobierno eclesiástico Carrillo y Ancona, debido a la escasez de sacerdotes, con motivo de las vicisitudes por las que había atravesado el Seminario de la Diócesis, invitó a sacerdotes y seminaristas extranjeros para incardinarse a Yucatán 439. «El obispo Carrillo y Ancona fue quizá el único que logró, como premio a sus trabajos históricos en defensa del territorio nacional, distinciones honoríficas del Gobierno mexicano de aquella época, bien conocido por sus ideas liberales» 440.

 
4. Sus escritos sobre los mayas
 

Las obras importantes de Carrillo y Ancona sobre los mayas son dos y las escribió durante el período del Segundo Imperio (1864-1867): Los mayas de Yucatán. Estudio histórico sobre la raza indígena de Yucatán (editada por J. M. Blanco en Veracruz, 1865) y la Observación crítico-histórica o defensa del clero yucateco (editada por la Imprenta de José Espinosa en Mérida, 1886). En la primera obra, Carrillo y Ancona hizo una disertación histórica y abordó el origen y características de los indios de Yucatán, el impacto de la conquista sobre los mayas, la Guerra de Castas y algunas consideraciones de la situación de los indios 441. Con la segunda obra, Carrillo y Ancona respondió a Apolinar García y García 442, que había escrito la Historia de la Guerra de Castas de Yucatán, cuya primera entrega había publicado García y García entre el 22 de noviembre y el 1 de diciembre de 1865, para que pudiera llegar a manos de la Emperatriz Carlota que se encontraba en Yucatán 443.

En su escrito Apolinar García y García pretendía proporcionar información útil para poder conformar “un juicio exacto de la revolución indígena”; además incluía un discurso preliminar con un resumen de los censos de población de los años de 1846 y 1862, como muestra de los efectos de la Guerra de Castas y su prólogo se basaba en una reseña de los usos y costumbres de los indígenas, y destacaba las anomalías en las funciones del clero en las poblaciones del Estado de Yucatán 444, señalaba que las causas de la sublevación fueron la explotación del indígena y el abuso del clero, entonces Carrillo y Ancona escribió su obra Observación crítico-histórica o defensa del clero yucateco, donde critica tales aseveraciones de García y García, y tras examinar la actuación de los indígenas y del clero, culpa a los primeros por su “ignorancia” y falta de colaboración 445. «La fuerte crítica y censura del presbítero Crescencio Carrillo y Ancona acabó con la obra del monarquista Apolinar García y García» 446, pues éste ya no entregó a la imprenta alguna otra parte de su obra.

 
5. Pastoral con los indios mayas rebeldes
 

El obispo Crescencio Carrillo y Ancona tuvo varias iniciativas para colaborar al mejoramiento de la condición social de los indígenas mayas, al presentar la Rerum Novarum a todos los católicos de la Diócesis de Yucatán, como la que podía ayudar a la solución del conflicto de la Guerra de Castas, y al solicitar la erección de la Diócesis de Campeche para lograr atender pastoralmente a los mayas rebeldes de Chan Santa Cruz y a los pacíficos del sur.

 

a. Décima Carta Pastoral (24 agosto 1891), sobre la Encíclica Rerum Novarum

 

Cuando el 27 de marzo de 1884 Carrillo y Ancona fue nombrado obispo de Lero y coadjutor de Yucatán, la situación de las haciendas henequeneras había prosperado y la servidumbre de los indígenas continuaba; la Guerra de Castas se había concentrado en la parte oriental de la Península, después del fracasado tratado de Belice en enero de 1884, entre el Gobierno de Yucatán y los cruzoob; en 1885 la frontera oriente de Yucatán se convirtió durante algunos meses en el escenario de escaramuzas de los cruzoob, guiados por Aniceto Dzul, que consideraban a la reina Victoria, al igual que los colonos de Belice, como su soberana; en 1887, Porfirio Díaz consideró oportuno firmar un tratado con Gran Bretaña que fijara la frontera entre Yucatán y Belice; pero como los británicos no aceptaron la posibilidad de que las tropas gubernamentales tuvieran la posibilidad de perseguir a los indios rebeldes hasta territorio de Honduras Británica, el tratado no fue firmado por Porfirio Díaz. «A principios de los años 1890, el territorio maya insurgente se hallaba cercado y más vulnerable que nunca a la “paz porfiriana”» 447.

Ante este orden de cosas, el obispo de Yucatán Crescencio Carrillo y Ancona pareció encontrar la posible solución al conflicto que aquejaba a la Península de Yucatán, cuando el Papa León XIII (1878-1903) publicó la Encíclica Rerum Novarum el 15 de mayo de 1891, y propuso dicho documento «como fundamento de la paz social yucateca» 448, siendo uno de los dos obispos mexicanos que publicaron la Encíclica y el único que lo hizo a través de una Carta Pastoral 449. Entonces Carrillo y Ancona publicó la Rerum Novarum en su Décima Carta Pastoral el 24 de agosto de 1891, porque la consideraba oportuna al momento que se vivía en Yucatán y porque también era profundamente antiliberal. Según Carrillo y Ancona la Guerra de Castas había sido resultado del «liberalismo impío, el cual es no sólo anticristiano, sino también ateo» 450 y en Yucatán la promulgación de la Rerum Novarum debía ayudar a acelerar la comprensión del conflicto social por el que se atravesaba; debía ser «un nuevo instrumento de salvación en una guerra que parecía insoluble, de ahí que recomendara a todos sus feligreses el estudio y meditación» 451 de dicho documento.

Para Carrillo y Ancona en Yucatán no existía la “cuestión obrera” porque la “cuestión social” revestía el carácter de una “cuestión racial”. El obispo yucateco consideraba que la pretendida superioridad de los blancos 452, junto con el liberalismo económico, político y filosófico, había causado el desequilibrio de la sociedad y la irrupción de la cuestión social en la Península de Yucatán, pues la paz social había sido mantenida por la Iglesia y en particular por el fraile franciscano; que el problema comenzó cuando las Cortes de Cádiz decretaron la extinción de los conventos franciscanos y la supresión de las obvenciones parroquiales y cuando los liberales mexicanos predicaron contra la Iglesia y sus ministros, se necesitaba entonces el “elemento humano y el elemento religioso” para reconstruir la sociedad yucateca 453.

Carrillo y Ancona denunciaba el problema del maltrato al indígena de parte de muchos propietarios de haciendas y reconocía que un mejor trato al indígena campesino podría favorecer “mejores ciudadanos y aún más útiles servidores”, aunque no dejaba de hablar de los indígenas como el grupo más bajo “en la escala social”, que “cultiva la industria henequenera” 454, consideraba que el indígena era el principal productor de la riqueza de la región. En fin, Carrillo y Ancona se mostraba paternalista con los indígenas y los consideraba como los principales productores de la riqueza henequenera, que debían ser exculpados de la provocación de la Guerra de Castas, prodigarles los elementales derechos de justicia y ser considerados iguales a los blancos 455.

En 1892 el Gobierno yucateco solicitó la intervención del Gobierno federal en la campaña contra los mayas rebeldes y en 1893 México y Gran Bretaña firmaron el tratado Mariscal-Saint John, comprometiéndose a “pacificar” a los mayas de ambos lados, pero «el presidente [Porfirio Díaz] soñaba más bien con apaciguar a los mayas rebeldes a fin de abrir su territorio a la colonización» 456.

 

b. Decimonovena Carta Pastoral (28 julio 1895), sobre la fundación del Obispado de Campeche

 

En 1895, el obispo Carrillo y Ancona pidió al Papa León XIII la división de la Península y de la Diócesis de Yucatán por los siguientes motivos: por las muchas necesidades de la extensa Diócesis de Yucatán; por la disminución del Clero; por la división política de la Península y Diócesis de Yucatán en dos Estados, lo cual no permitía que se pudiera dar al Estado de Campeche todo el impulso que necesitaba para su desarrollo y engrandecimiento debido a la escasez de Clero; por la urgencia de administrar y fomentar debidamente los cantones pacíficos de los indios del sur, Xkanhá e Icaiché, que pertenecían al Estado de Campeche, sin abandonar el territorio confinante de los indios rebeldes de Chan Santa Cruz, que hacía muchos años permanecían enseñoreados de la parte oriental en el Estado de Yucatán. Entonces León XIII erigió la Diócesis de Campeche considerando lo expuesto por el obispo Carrillo y Ancona:

«expuso, pues, que es muy extensa su Diócesis de Yucatán, que las necesidades que deben atenderse del pueblo fiel son muchas, principalmente las de los moradores indígenas, que careciendo de ilustración y de fe, necesitan urgentemente del celo de los obreros evangélicos, sin que en tales necesidades y conversión a la fe católica, puedan ser atendidos por el Clero de la Diócesis de Yucatán, por ser escaso su número» 457.

León XIII decretó la desmembración de la Diócesis de Yucatán y la erección del nuevo Obispado de Campeche por medio de la Bula Praedecessorum Nostrorum del 24 de marzo de 1895, con un territorio que comprendía 76,000 km2 y que abarcaba todo el Estado de Campeche, y el territorio dominado por los indios rebeldes de Chan Santa Cruz que pertenecía en el orden político a la parte oriental del Estado de Yucatán 458. El obispo Carrillo y Ancona en su función de delegado apostólico para favorecer mejor la atención pastoral de los cruzoob y de los pacíficos dispuso la creación de cinco parroquias en los territorios conflictivos: Bacalar, Chichanhá, territorio de indios de Chan Santa Cruz (hoy Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo), territorio de indios de Xkanhá y territorio de indios de Icaiché (hoy Josefa Ortiz de Domínguez, Campeche) 459. León XIII nombró primer obispo de la Diócesis de Campeche a Francisco Plancarte y Navarrete (1856-1920) 460, que intentó la pacificación de los cruzoob para favorecer su atención pastoral, a la que eran reacios desde la década de los 50’s 461, de tal manera que en mayo de 1898, «trata de infiltrarse en territorio rebelde partiendo de Honduras, con el fin de comunicarse con los indios y persuadirlos de llegar a un acuerdo con el gobierno mexicano. La hostilidad de los insurgentes impidió al prelado penetrar en la zona y cumplir su misión» 462; en cambio la mayoría de los pacíficos del sur habían continuado aceptando la presencia de clérigos 463. En noviembre de 1898, Plancarte y Navarrete fue trasladado a la Diócesis de Cuernavaca; al mes siguiente, el presidente Porfirio Díaz declaró abierta la campaña de pacificación de los mayas rebeldes. El 31 de agosto de 1900 fue nombrado Rómulo Betancourt y Torres (1858-1901) 464, como obispo de Campeche, que tomó posesión de su Diócesis el 20 de diciembre de 1900 y murió el 21 de octubre de 1901, en Mérida, a causa de la fiebre amarilla que asoló la Península aquel año. Cinco meses antes, las tropas federales al mando del general Vega habían entrado a Chan Santa Cruz y sus habitantes se habían dispersado 465.

 

D. EL OBISPO JOSÉ GUADALUPE ALBA FRANCO OFM (1898-1899)

 

A la muerte de D. Crescencio Carrillo y Ancona fue electo vicario capitular el canónigo Norberto Domínguez (1832-1902). El 28 de noviembre de 1898, fue elegido obispo de Yucatán fray José Guadalupe de Jesús Alva Franco OFM 466 y el 26 de febrero de 1899 fue consagrado en la Profesa de la Cd. de México por el visitador apostólico Nicolás Averardi; Alva Franco inmediatamente nombró al canónigo Norberto Domínguez «apoderado suyo para tomar posesión de la Diócesis de Yucatán y vicario general de la misma» 467, pues padecía fiebres palúdicas que le impidieron atender personalmente la Diócesis de Yucatán. En diciembre de 1899 fue trasladado a Zacatecas.

 

E. EL OBISPO MARTÍN TRITSCHLER Y CÓRDOVA (1900-1942)

 
En julio de 1900, el Papa León XIII nombró obispo de Yucatán a Martín Tritschler y Córdova 468, quien fue consagrado en la Basílica de Guadalupe el 11 de noviembre de 1900, por Próspero María Alarcón, arzobispo de México, y el 1 de diciembre de 1900 llegó a Mérida. Este obispo poseía un «carácter prudente y conciliador» 469. Desde 1901, Tritschler y Córdova se dedicó a practicar sus visitas pastorales, comenzando Tunkás, Dzitás, Cenotillo, Calotmul, Espita, Tizimín y Valladolid, Tekax, Peto, Ticul y otras parroquias; en ese mismo año contrajo la fiebre amarilla, de la que pudo salir librado y continuó con sus visitas, principalmente del oriente de la Diócesis de Yucatán 470. El obispo Martín Tritschler llegó a Yucatán cinco meses antes de la ocupación de Chan Santa Cruz por las tropas federales y poco pudo hacer por aquellos indígenas, pero su política respecto al estado de servidumbre injusta e inhumana, en que los hacendados de Yucatán tenían a los indígenas, es considerada como «excesivamente prudente, tolerando aquel estado social de los indígenas –pero nunca aprobándolo- que se creía necesario para guardar el equilibrio económico de Yucatán» 471; nunca pretendió promover reformas radicales ni remediar los problemas con violencia, sino que esperó «que por una lenta evolución consciente mejorara la situación del jornalero de campo» 472, empleando la palabra evangélica en tono dulce y paternal.
 

340 Nació en 1793 en la ciudad de Campeche. Los primeros estudios y la filosofía los hizo en Campeche; en 1808 ingresó al Seminario de San Ildefonso y fue ordenado sacerdote en 1816; en el Seminariode fue catedrático de Filosofía, de 1812 a 1818, y de Teología, de 1818 a 1826; en 1824 fue nombrado canónigo de la Catedral y en 1826 el obispo Estevez y Ugarte lo nombró vicerector del Seminario. Cfr. CRESCENCIO CARRILLO Y ANCONA, El Obispado, op. cit., T. II, p.989-990.

341 Meneses, al igual que Guerra, era originario de Campeche, pero entre los dos había un punto de discrepancia: la política; Meneses desde joven se había afiliado al partido liberal y formó parte de la Junta Provisional Gubernativa de 1823-1824; Guerra, por su parte, fue partidario del partido rutinero o centralista desde 1824, cuando fue electo por el Congreso Local, miembro del Poder Ejecutivo de Yucatán y en 1832 fue electo senador. Cfr. MANUEL A. LANZ, Compendio, op. cit., pp. 192-193.

342 MARIANO CUEVAS SJ, Historia de la Iglesia en México, T. V, Editorial “Revista Católica”, El Paso, Texas, 1928, p. 191.

343 Francisco Pablo Vázquez había sido Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del Gobierno mexicano ante la Santa Sede de 1824 a 1831, cuando fue nombrado obispo de Puebla. Cfr. JOSÉ BRAVO UGARTE, Diócesis y obispos de la Iglesia Mexicana (1519-1965), Editorial Jus, México 19652 [1a. ed.: México 1941, Buena Prensa], p. 111.

344 En 1790, fue abandonado, recién nacido en Mérida, a las puertas de la casa de José Ignacio Pardío y María Josefa Escudero; estudió en el Seminario de San Ildefonso y fue ordenado presbítero en 1812; en 1834, el obispo José María Guerra, por presión de la Condesa de Cortina, lo nombró provisor y vicario general. Cfr. JOSÉ ROGELIO ÁLVAREZ (Director), Enciclopedia de México, op. cit., T. XI, p. 6205.

345 Meneses continuó su ministerio «en una esfera de modestia y tranquilidad» en la parroquia de San Cristóbal, en Mérida, hasta su muerte en 1856. Cfr. MANUEL A. LANZ, Compendio, op. cit., p. 194.

346 Cfr. CRESCENCIO CARRILLO Y ANCONA, El Obispado, op. cit., T. II, pp. 1011-1013.

347 CRESCENCIO CARRILLO Y ANCONA, El Obispado, op. cit., T. II, p. 1017.

348 Ibidem.

349 RAMÓN BERZUNZA PINTO, Guerra Social, op. cit., p. 57.

350 En 1837, José Justo Corro (1794-1864), presidente interino de la República, y Pedro Escudero, gobernador de Yucatán, propusieron a Pardío para obispo auxiliar de Yucatán sin que se enterara de esas gestiones el obispo Guerra; el Papa Gregorio XVI (1831-1846) concedió a Pardío el nombramiento de obispo titular de Germanicopolis y auxiliar de Yucatán, pero al llegar las bulas a México el presidente Anastasio Bustamante (1837-1841) negó el pase al documento pontificio, pues estaba informado de las intrigas de Pardío. Después, al tomar el poder López de Santa Anna, el Senado fue ordenado a dar curso al nombramiento, pero como Manuel Posada y Garduño, arzobispo de México, y Francisco Pablo Vázquez, obispo de Puebla, se negaron a consagrarlo, Pardío se fue a Venezuela, ayudado por Manuel Crescencio Rejón, enemigo del obispo Guerra y ministro plenipotenciario de México en Sudamérica; en Venezuela fue consagrado por el arzobispo de Caracas, el 25 de septiembre de 1842. Murió en 1861, en la Cd. de México. Cfr. JOSÉ ROGELIO ÁLVAREZ (Director), Enciclopedia de México, op. cit.,T. XI p. 6205.

351 Ibidem.

352 CRESCENCIO CARRILLO Y ANCONA, El Obispado, op. cit., T. II, p. 1021.

353 Cfr. Ibid., 1027.

354 Cfr. CRESCENCIO CARRILLO Y ANCONA, El Obispado, op. cit., T. II, p. 1036.

355 Ibid., p. 1040.

356 JOSÉ ROGELIO ÁLVAREZ, Enciclopedia de México, op. cit., T. IV, p. 2045.

357 Cfr. CRESCENCIO CARRILLO Y ANCONA, El Obispado, op. cit., T. II, p. 1043.

358 Ibid., 1045.

359 Ibid., 1047.

360 En la versión maya: mazeualóob ah cahualóob ti tulacal ú petel lay cáhoba; hebac paybentzil ti leóob cú manzcóob númya tu Lákin y tu Nohol lay lúum c yanila. MICHEL ANTOCHIW, Los impresos en Lengua Maya dirigidos a los sublevados en la Guerra de Castas, en Saastun, op. cit., 0 (1997) 1, pp. 92.

361 Ibid., p. 91.

362 Ibid., pp. 91-92.

363 Ibid., p. 92.

364 Ibidem.

365 Cfr. ANTONIO CANTO LÓPEZ, La Guerra, op. cit., p. 180.

366 LEOPOLDO PENICHE VALLADO, Promotores e historiadores de la rebelión maya de 1847 en Yucatán. (Constancia crítica), Maldonado Editores/Gobierno del Estado de Yucatán/Secretaría de Educación, Mérida de Yucatán 1997, Serie Conmemorativa Guerra de Castas de Yucatán, 150 años No. 5, p. 79.

367 Cfr. ANTONIO CANTO LÓPEZ, La Guerra, op. cit., pp. 186-187.

368 Los jefes mayas de la región de Sotuta eran Francisco Caamal, Anselmo Hau, Gregorio Chí, Tomas Poot, Apolinario Zol y José Victorín.

369 ANTONIO CANTO LÓPEZ, La Guerra, op. cit., p. 187.

370 Ibid., p. 188.

371 LEOPOLDO PENICHE VALLADO, Promotores e historiadores, op. cit., p. 79.

372 ANTONIO CANTO LÓPEZ, La Guerra, op. cit., p. 190.

373 Ibidem.

374 Ibidem.

375 Nació en Tekax, Yucatán el 19 de enero de 1802. Prefirió estudiar en el Seminario de San Ildefonso que ser comerciante como deseaban sus padres; fue ordenado presbítero en 1825; destacó en la oratoria sagrada tanto en español como en lengua maya; de 1829 a 1848 ocupó varios cargos civiles y eclesiásticos: consejero de gobierno y diputado a la Legislatura Local; promotor fiscal de la curia eclesiástica y cura de varias parroquias; en 1845 el cura Vela era propietario de las haciendas Pua, Luch y San Juan Buenavista, en la jurisdicción de Cacalchén. En 1848 tradujo la Carta Pastoral del obispo José María Guerra dirigida a los mayas sublevados.Murió el 11 de agosto de 1859, cuando era cura de Izamal. Cfr. JUAN LÓPEZ DE ESCALERA, Diccionario Biográfico y de Historia de México.op. cit., p. 1134; cfr. también JOSÉ ROGELIO ÁLVAREZ (Director), Enciclopedia de México, op. cit., T. XIV, p. 7981; cfr. además PEDRO BRACAMONTE Y SOSA. Amos y haciendas. Las haciendas de Yucatán, 1789-1860, Ed. Universidad Autónoma de Yucatán, Mérida de Yucatán 1993, pp. 185, 192 y 197.

376 «Fue investido de carácter eclesiástico y político, para que conferenciara con los indios y tratara por este medio de reducirlos a la obediencia». JUAN LÓPEZ ESCALERA, Diccionario Biográfico y de Historia de México, op.cit., p. 1134.

377 ANTONIO CANTO LÓPEZ, La Guerra, op. cit., p. 191.

378 FIDELIO QUINTAL MARTÍN, Correspondencia de la Guerra de Castas: epistolario documental, 1843-1866, tr. Academia de la Lengua Maya, Ed. Universidad Autónoma de Yucatán, Mérida de Yucatán 1992, Serie “Mérida, la de Yucatán y el Quinto Centenario”, p. 21.

379 Ibid., p. 30.

380 Ibid., p. 41.

381 Ibid. p. 78.

382 FIDELIO QUINTAL MARTÍN, Correspondencia de la Guerra de Castas, op. cit., p. 80.

383 LETICIA REINA, Las rebeliones, op. cit., p. 375.

384 VICTORIA REIFLER BRICKER, El Cristo indígena, el rey nativo. El sustrato histórico de la mitología del ritual de los mayas, [título en inglés: The Indian Christ, the Indian King. The Historical Substrate of Maya myth and ritual, University of Texas Press, Austin 1981], Ed. Fondo de Cultura Económica, 1993 [1a. reimp.] [1a. ed. en español: 1989], p. 202.

385 A fines de 1847, Méndez, ante el avance de los indígenas sublevados, había establecido la sede del gobierno en Maxcanú. Cfr. NELSON REED, La Guerra, op. cit., p. 82.

386 Se intentaron «negociaciones de paz valiéndose de jerarcas eclesiásticos, que por su investidura sacerdotal inspiraban respeto a los indígenas». LEOPOLDO PENICHE VALLADO, Promotores e historiadores, op. cit., p. 108; cfr. NELSON REED, La Guerra, op. cit., p. 84.

387 En la visita que hizo el cura José Canuto Vela a Tzucacab el 7 de marzo de 1848, respondiendo a la invitación del jefe maya Ignacio Tzuc fue acompañado por los sacerdotes Manuel Ancona y Bruno Romero. Cfr. FIDELIO QUINTAL MARTÍN, Correspondencia de la Guerra de Castas, op. cit., p. 21.

388 El cura Manuel Antonio Sierra era hermano de Justo Sierra O’Reilly. Cfr. NELSON REED, La Guerra, op. cit., pp. 34, 80 y 111.

389 Guerra de Castas en Yucatán su origen, sus consecuencias y su estado actual 1866, op. cit., p. 82.

390 Cfr. Carta enviada por Juan Pío Poot y José María Canul a las tropas de los mayas rebeldes de Tixcacalcupul el 15 de noviembre de 1849. FIDELIO QUINTAL MARÍN, Correspondencia de la Guerra de Castas, op. cit., pp. 52-53.

391 Cfr. Guerra de Casta en Yucatán su origen, sus consecuencias y su estado actual 1866, op. cit., p. 83.

392 NELSON REED, La Guerra, op. cit., p. 128.

393 FIDELIO QUINTAL MARTÍN, Correspondencia de la Guerra de Castas, op. cit., p. 66.

394 Entre esos jefes mayas no estaban Florentino Chan y Venancio Pec que se negaron a cooperar con la misión de paz. Cfr. VICTORIA REIFLER BRICKER, El Cristo indígena, op. cit., p. 201.

395 Ver IV. A. 4.

396 Cfr. LETICIA REINA, Las rebeliones, op. cit., pp. 375-376 nota 47.

397 Mantuvo los contingentes en los cantones que eran necesarios para rechazar los ataques mayas, disminuyendo así el número de elementos de las fuerzas gubernamentales.

398 LEOPOLDO PENICHE VALLADO, Promotores e historiadores, op. cit., p. 125.

399 En Peto había establecido el general Rómulo Díaz de la Vega su cuartel general.

400 MARIE LAPOINTE, Los mayas rebeldes, op. cit., p. 106. Ver el apartado III. C. 2.

401 LEOPOLDO PENICHE VALLADO, Promotores e historiadores, op. cit., 127.

402 El 22 de septiembre de 1851, Andrés Arana y otros jefes mayas de la región de los Chenes escribieron desde Nohayín una carta al padre Manuel Antonio Sierra, que se encontraba en Bolonchenticul (hoy Bolonchén de Rejón), quejándose de que las tropas del Gobierno seguían ocasionando actos de violencia a pesar de los acuerdos de paz. Cfr. FIDELIO QUINTAL MARTÍN, Correspondencia de la Guerra de Castas, op. cit., pp. 108-110.

403 Las tropas de los cantones reducidas a la miseria, organizaban grupos de guerrillas que hacían expediciones a los ranchos y milpas de los indígenas, con el fin de quitarles sus ya escasos depósitos de maíz para poder subsistir. Cfr. Guerra de Castas en Yucatán su origen, sus consecuencias y su estado actual 1866, op. cit., p. 83; también cfr. LEOPOLDO PENICHE VALLADO, Promotores e historiadores, op. cit., p. 128-129.

404 El cura Vela envió copia de esta carta al gobernador Barbachano y al obispo José María Guerra.

405 LEOPOLDO PENICHE VALLADO, Promotores e historiadores, op. cit., p. 128.

406 LETICIA REINA, Las rebeliones, op. cit., p. 371.

407 José Canuto Vela, Luis Antonio García, Nicolás Baeza, fray José Gregorio Galaz, fray Florencio Cerón, José D. Burgos y Eleuterio Lizarraga. Cfr. LEOPOLDO PENICHE VALLADO, Promotores e historiadores, op, cit., p. 109.

408 Ibidem.

409 Ibidem.

410 Cfr. Ibidem.

411 LEOPOLDO PENICHE VALLADO, Promotores e historiadores, op. cit., p. 127.

412 Nació en Mérida, Yucatán, en 1814. Su infancia la vivió en Bacalar; sus estudios primarios los hizo en Mérida, donde ingresó después al Seminario de San Ildefonso; fue ordenado presbítero por el obispo José María Guerra en 1837; fue catedrático de latín (1838 a 1842) y de filosofía (1842 a 1845) en el Seminario de San Ildefonso, y desde 1846 fue el vicerector de dicha institución; en 1850 el obispo Guerra lo nombró canónigo del Cabildo-Catedral; en 1855 hizo el doctorado de Teología en la Pontificia Universidad; en 1860 fue designado cura interino de la parroquia meridana de Santiago. Cfr. CRESCENCIO CARRILLO Y ANCONA, El Obispado, op. cit., T. II, pp. 1063-1066; cfr. también JUAN LÓPEZ DE ESCALERA, Diccionario Biográfico y de Historia de México, op. cit., p. 950.

413 Cfr. CRESCENCIO CARRILLO Y ANCONA, El Obispado, op. cit., T. II, p. 1077.

414 Cfr. Ibid., pp. 1069-1070.

415 Cfr. Ibid.,, pp. 1073-1074.

416 Ibid., p. 1075.

417 CRESCENCIO CARRILLO Y ANCONA, El Obispado, op. cit., T. II, p. 1082.

418 Los cruzoob pudieron crecer gracias al respaldo de los ingleses de Belice, que con el propósito de extender su colonia al norte y, jugando un papel de mediadores, sugerían a los cruzoob la posibilidad de crear un territorio indio autónomo, garantizado por la Gran Bretaña.

419 Versión maya: Ti c mehenoob c hach yamaob ti nachicahtaliloob ti ú Chikin y ú Nohol ti ú luumcabil Yucatan laa, toholal, hedzebolal y c cicithan ti Cristo Ahlohil. MICHEL ANTOCHIW, Los impresos en Lengua Maya dirigidos a los sublevados en la Guerra de Castas, en Saastun, op. cit., 0 (1997) 1, p. 106.

420 La traducción completa de la portada, porque originalmente aparece en maya, es: Carta del Ilmo. Sr. Obispo Dr. D. Leandro R. de la Gala a sus muy amados hijos, que moran apartados o segregados en los cantones del Sur y Oriente de esta tierra de Yucatán. Mérida. En la Imprenta de José D. Espinosa. En el año de Cristo Redentor, 1870.

421 Hacia 1864 los mayas pacíficos de Ixkanhá, aliados con los de Icaiché, que se consideraban independientes de los blancos «continuaban siendo católicos y acogían con respeto a los eclesiásticos que, periódicamente, les llevaban ayuda espiritual. Esos mayas mantenían relaciones comerciales con Campeche y con ciertos pueblos de su región». MARIE LAPOINTE, Los mayas rebeldes, op. cit., p. 128.

422 MICHEL ANTOCHIW, Los impresos en Lengua Maya, op. cit. 0 (1997) 1, p. 104.

423 MICHEL ANTOCHIW, Los impresos en Lengua Maya, op. cit., 0 (1997) 1, p. 105.

424 Ibid., p. 106.

425 Ibid.

426 Si los ingleses con este tratado se comprometían a no seguir dando armas a los cruzoob, a cambio de esta cooperación ellos esperaban, como así sucedió después, que el general Teodosio Canto, vicegobernador de Yucatán, despachara instrucciones a los jefes de los pacíficos de Icaiché y Xkanhá para que vieran a los británicos como buenos amigos y acabar así cualquier acto futuro de ataque contra Honduras Británica.Cfr. PAUL SULLIVAN, La búsqueda de la paz entre Yucatán y los rebeldes mayas 1876-1886, en Saastun, op. cit., 0 (1997) 3, pp. 17 y 38 nota 35.

427 Nació el 19 de abril de 1837 en Izamal, Yucatán; en mayo de 1848 los mayas sublevados se acercaron a Izamal, ésta fue evacuada y la familia Carrillo y Ancona se trasladó a Mérida, estableciéndose en el barrio de Santiago; en 1852 ingresó al Seminario Conciliar de San Ildefonso para estudiar la Filosofía y la Teología, que concluyó en 1858.

428 Eran miembros de La Concordia: Crescencio Carrillo, Apolinar García y García, José Patricio Nicoli, Olegario Molina, Yanuario Manzanilla, Tomás Martínez, José Demetrio Molina, Carmelo Llavén, Joaquín Pren y José Dolores Rivero Figueroa. La Concordia en 1860-1861 el periódico literario e histórico La Guirnalda., cuyo mentor era Justo Sierra O’Reilly. Cfr FRANCISCO CANTÓN ROSADO, Historia de la Iglesia en Yucatán desde 1887 hasta nuestros días, Prólogo de Carlos R. Menéndez, Compañía Tipográfica Yucateca, Mérida de Yucatán 1943, pp. 4-5.

429 Cfr. HÉCTOR SUÁREZ SUÁREZ MOLINA, Historia del Obispado, op. cit., T. III, pp. 1107-1108.

430 Cuando fue sustituido, Carrillo y Ancona no dejó al Museo Yucateco el Chilam Balam ni otros códices que formaban parte de su colección privada.

431 Cfr. HÉCTOR M. SUÁREZ MOLINA, Historia del Obispado, op. cit., T. III, pp. 1109-1111.

432 Cfr. FRANCISCO CANTÓN ROSADO, Historia de la Iglesia, op. cit., pp. 11-12.

433 Fundada en 1824 por el obispo Estevez y Ugarte había sido extinguida junto con el Seminario Conciliar de San Ildefonso en 1861.

434 Ver el apartado IV. C. 5. a.

435 Ver el apartado IV. C. 5. b.

436 En 1900 sus restos mortales fueron trasladados a la Catedral de Mérida.

437 Cfr. HÉCTOR M. MOLINA SOLÍS, Historia del Obispado, op. cit., T. III, p. 1134; Cfr. JUAN LÓPEZ DE ESCALERA, Diccionario Biográfico, op. cit., p. 171.

438 Cfr. FRANCISCO CANTÓN ROSADO, Historia de la Iglesia, op. cit., pp. 31-32.

439 Cfr. HÉCTOR M. SUÁREZ MOLINA, Historia del Obispado, op. cit.. T. III, p. 1128.

440 FRANCISCO CANTÓN ROSADO, Historia de la Iglesia, op. cit., p. 31.

441 Cfr. SERGIO QUEZADA Y OTROS, Bibliografía comentada sobre la cuestión étnica y la Guerra de Castas de Yucatán, 1821-1910, Ed. Universidad Autónoma de Yucatán/Secretaría de Educación Pública, Mérida de Yucatán 1986, p. 61.

442 Había pertenecido a la sociedad literaria La Concordia fundada en 1860.

443 La visita de Carlota a Yucatán se realizó del 22 de noviembre al 19 de diciembre de 1865.

444 SERGIO QUEZADA Y OTROS, Bibliografía comentada, op. cit., p. 63.

445 Cfr. Ibid., p. 61.

446 MELCHOR CAMPOS GARCÍA, Introducción, estudio y notas, en Guerra de Castas en Yucatán su origen, sus consecuencias y su estado actual 1866, op. cit., p. xviii.

447 MARIE LAPOINTE, Los mayas rebeldes, op. cit., p. 150.

448 MANUEL CEBALLOS RAMÍREZ, El catolicismo social: un tercero en discordia Rerum Novarum, la “cuestión social” y la movilización de los católicos mexicanos (1891-1911), Ed. Colegio de México, México 1991, p. 68.

449 El arzobispo de Guadalajara también la publicó, otros obispos no, quizá por la estructura propia de la sociedad porfiriana en expansión y las contradicciones que esto suponía: el país atravesaba una crisis económica y política que se complicó por la pérdida de las cosechas, por el descenso del valor de la plata en los mercados mundiales, por los problemas de la tercera reelección de Díaz y por rebeliones en algunas partes de México; pudieron haber considerado la difusión de la Rerum Novarum como una forma de atizar más el fuego o quizá para no disgustar al régimen porfirista y para no alterar las relaciones con los liberales. Cfr. MANUEL CEBALLOS RAMÍREZ. El catolicismo social, op. cit., pp. 63 y 67.

450 Ibid., p. 68.

451 Ibidem.

452 «La pretensión de los blancos de ser descendientes de los españoles, y por lo tanto guardar la pureza de la sangre y la superioridad, era una garrafal mentira». Ibid., p. 69.

453 Cfr. Ibidem.

454 Cfr. Ibid., p. 70.

455 Cfr. MANUEL CEBALLOS RAMÍREZ, El catolicismo social, op. cit., pp. 70-71.

456 MARIE LAPOINTE, Los mayas rebeldes, op. cit., p. 145.

457 En la Bula Predecessorum Nostrorum dice: «Exposuit enim, dioecesis Jucatanae fines late protendi, ac plures esse necessitates fidelis populi, quibus oporteat providere; et in primis finitimas tribus hominum in sylvis degentium, et civilis cultus expertium, evangelicorum operiariorum zelo maxime indigere, cui rei clerus, numero exiguus, Jucatanae dioecesis, par esse minime potest». LEONIS XIII. Pontificis Maximi. Acta. Vol. XV, Ex Typographia Vaticana, Romae 1896, p. 97.

458 «Ahora bien, esta nueva Diócesis, constituida así, constará de sus mismos términos y límites, a saber: Tocante al territorio de Campeche, será comprensión de la Diócesis el término y extensión del mismo Estado Civil de Campeche, que se extiende en una considerable parte del Suroeste de la Península de Yucatán y que posee, poco más o menos, cien mil habitantes; y del territorio del Estado Civil de Yucatán, toda la parte oriental llamada de Chan Santa Cruz, hasta la otra parte llamada Icaiché, siendo ésta última parte del Estado de Campeche, y confinante con el Vicariato Apostólico de Belize-Honduras. De donde resulta que la nueva Diócesis de Campeche, a la cual se añade la Iglesia parroquial de Palizada, constará, poco más o menos, de cuatro mil leguas cuadradas de superficie». CRESCENCIO CARRILLO Y ANCONA, Decimanona Carta Pastoral sobre la fundación del Obispado de Campeche, en Cartas Pastorales, Primera Serie, Mérida, Imprenta de “La Revista de Mérida” 1895, p. 456.

459 Cfr. Ibid., p. 461.

460 Nació en Zamora, Michoacán, en 1856. Estudió la Teología en Roma donde fue ordenado presbítero en 1880; luego hizo el doctorado en Filosofía yTeología en la Universidad Gregoriana y Derecho Canónico en el Colegio de Protonotarios Apostólicos; fue rector del seminario diocesano de Zamora y párroco de Tacubaya, en la arquidiócesis de México; de 1890 a 1892, asistió en Madrid a la Junta Colombina del IV Centenario del Descubrimiento de América; después el arzobispo de México Próspero Alarcón le encomendó solicitar a León XIII un “oficio” nuevo y más explícito en la liturgia de la Virgen de Guadalupe y la erección de las Diócesis de Campeche y Cuernavaca. El 26 de septiembre de 1895 fue nombrado obispo de Campeche, siendo consagrado en Roma, el 9 de febrero de 1896. El 28 de noviembre de 1898, fue trasladado a Cuernavaca; en 1912 fue trasladado al arzobispado de Linares, con residencia en Monterrey. Se ausentó de su arzobispado de 1916 a 1918, debido a la Revolución Constitucionalista; radicó en el Paso, Texas. Regresó en 1919; murió en Monterrey en 1920. Cfr. JOSÉ ROGELIO ÁLVAREZ (Director), Enciclopedia de México, op.cit., T. XI, pp. 6495-6496; cfr. también JOSÉ BRAVO UGARTE, Diócesis y Obispos, op. cit., p. 37; cfr. además LEONIS XIII, Ex Actis Consistorialibus Allocutio die 29 Novembris 1985, en Acta Sanctae Sedis, in compendium opportune redacta et illustrata studio et cura Victorii Piazzasi. Vol. XXVIII, Ex Typographia Polyglota S. Cong. de Propaganda Fide, Romae 1895-1896, p. 332; cfr. LEONIS XIII. Bula Salvator Noster Jesus Christus, Roma 26 septiembre 1895.

461 En 1893 Crescencio Puc, lugarteniente de Román Pec, había invitado a un obispo católico a Chan Santa Cruz, pero «Román Pec [el general y jefe de los cruzoob de 1890 a 1896] hizo volver al obispo a Bacalar y ejecutó a Puc. Dos de sus funcionarios fueron muertos por sospechas de que trataran de paz con las autoridades mexicanas de Belice». NELSON REED, La Guerra, op. cit., p. 223.

462 MARIE LAPOINTE, Los mayas rebeldes, op. cit., p. 156.

463 Cfr. Ibid., p. 128.

464 Nació en Irapuato, Guanajuato en 1858 y fue consagrado obispo en la Catedral de Morelia, Michoacán, el 30 de noviembre de 1900, por el arzobispo Atenógenes Silva y Álvarez. Cfr. JOSÉ BRAVO UGARTE, Diócesis y Obispos, op. cit., p. 37; cfr. HÉCTOR M. SUÁREZ MOLINA, Historia del Obispado, op. cit., T. III, p. 1182; también cfr. LEONIS XIII, Bula Apostolatus officium, Roma 31 agosto 1900.

465 En 1943 se logró establecer en Carrillo Puerto, la antigua Chan Santa Cruz, una misión católica a cargo de los los sacedotes Misioneros de Maryknoll John R. Mc Guire y Robert E. Lee, quienes aprendieron la lengua maya y lograron la aceptación de los indígenas mayas de la región; en 1848, el Gobierno Federal les entregó la iglesia Balam Nah, que fue restaurada y bendecida en diciembre de ese mismo año; posteriormente, los Misioneros de Maryknoll extendieron su labor misional a otras regiones del territorio de Quintana Roo. Cfr. HÉCTOR M. SUÁREZ MOLINA, Historia del Obispado, op. cit., T. III, pp. 1329-11330; también cfr. NELSON REED, La Guerra, op. cit., p. 250.

466 Nació en Unión de San Antonio, Jalisco, en 1841; en 1864 fue ordenado presbítero por el obispo Ignacio Mateo Guerra; de 1867 a 1891 estuvo en diferentes curatos, en el de Jerez, Zacatecas, estuvo 12 años. De 1891 a 1899 fue guardián del Convento de la Villa de Guadalupe, Zacatecas, y de 1893 a 1899 fue el Comisario General de los Colegios de Propaganda Fide. Fue trasladado a la Diócesis de Zacatecas el 14 de diciembre de 1899 y tomó posesión de su nuevo Obispado el 8 de marzo de 1900. Murió el 11 de julio de 1910, después de haber gobernado la Diócesis de Zacatecas con gran celo pastoral, a pesar de sus enfermedades. FRANCISCO CANTÓN ROSADO, Historia de la Iglesia, op. cit., pp. 49-52.

467 FRANCISCO CANTÓN ROSADO, Historia de la Iglesia, op. cit., p. 51.

468 Nació en San Andrés Chalchicomula (hoy Ciudad Serdán), Puebla, en 1868; estudió en el Seminario de Puebla; hizo la Teología en Roma, donde después realizó los doctorados en Filosofía (1887), Teología (1891) y Derecho Canónico (1893). Fue ordenado sacerdote en 1891 por el Card. Lucido María Parocchi en San Juan de Letrán.; en 1893 fue director espiritual del Seminario de Puebla y secretario de Perfecto Amézquita y Gutiérrez, obispo de Puebla; en julio de 1900, León XIII lo nombró obispo de Yucatán y fue consagrado en la Basílica de Guadalupe el 11 de noviembre de 1900; en noviembre de 1911 la Diócesis de Yucatán fue elevada al Arzobispado, pasando a ser sus sufragáneas Campeche y Tabasco y Martín Tritschler y Córdova fue nombrado su primer arzobispo el 6 de marzo de 1907. Entre 1915 y 1929, Tritschler padeció dos períodos de exilio, falleciendo en 1942.Cfr. HÉCTOR M. SUÁREZ MOLINA, Historia del Obispado, op.cit., T. III, pp. 1178-1180, 1215 y 1299.

469 Cfr. FRANCISCO CANTÓN ROSADO, Historia de la Iglesia, op. cit., pp. 59.

470 Cfr. Ibid., pp. 61-61.

471 HÉCTOR M. SUÁREZ MOLINA, Historia del Obispado, op. cit., T. III, p.1196.

472 Ibidem.