La
noticia ahí está, para bien o para mal.
Las Cortes aprobarán en este año las dos grandes
reformas educativas emprendidas por el gobierno socialista,
la nueva Ley Orgánica de Educación (LOE) y
la modificación parcial de la Ley Orgánica
de Universidades (LOU). En principio no me parece desacertado
un cambio, en un momento actual de fracaso y apatía
por el conocimiento, para ver si es posible huir de la pasividad
y retornar a la fascinante ilusión de cultivarse.
Pero claro, este tipo de reformas y esfuerzos que afectan
a toda la sociedad, requiere que nadie se quede fuera de
juego, o sea, sin voz. El consenso es vital y, en ello, hay
que poner todo el esfuerzo posible. Se precisa que la ley
adoctrine lo menos posible, (las escuchas plurirraciales,
pluriétnicas y plurirreligiosas traen consigo enriquecimiento)
, para que eduque lo más en la más diversidad.
Este
tipo de reformas, que no han de ser de hoy para mañana,
deben hacerse sin pausa pero tampoco con prisa. Sin pausa
porque tan prioritaria ha de ser la formación en cuanto
a saberes como la actitud de respeto hacia los demás.
No son pocos los titulados universitarios, con expedientes
académicos brillantes, que andan por la vida desorientados,
altivos, soberbios, arrogantes, inabordables, engreídos,
petulantes… Por eso, entiendo, que es importante trasladar
esa curiosidad por el conocimiento, pero también sin
olvidar crecer en humanidad. Por desgracia, los planes educativos
prestan poca atención a l a maduración de la
conciencia moral del joven para discernir el bien y
obrar en consecuencia. De igual manera, con manifiesta
prisa, tampoco se deben legislar derechos fundamentales,
puesto que las celeridades suelen engendrar más vicios
que virtudes.
En
todo caso, me parece muy bien que la sociedad valore el
espíritu científico, pero que tampoco pase
de página el espíritu humanístico. Está bien
eso de fomentar la obsesión por observar, buscar explicaciones
y contrastar las teorías con la evidencia de los hechos
por encima de las ideas preconcebidas; pero, del mismo modo,
hay que ayudar a descubrir el sentido de la responsabilidad,
del buen hacer y de la constancia, de la participación
en la vida social y de la colaboración hacia el bien
común. Las leyes educativas, en consecuencia, han
de perfeccionarse con nuevas experiencias, poniendo sobre
el tapete un elemento irrenunciable: la educación
en la libertad. Ese debiera ser el primer principio a consensuar, íntimamente
relacionado con algo que hoy se pone en duda por amplios
sectores de la sociedad, la libertad de la educación.
Todos
los seres humanos, de un globalizado mundo, tienen derecho
a un tipo de educación que responda a sus
propias identidades y que esté abierto a las relaciones
fraternas con los otros pueblos, para fomentar la unidad
verdadera y el verdadero respeto por vivir. Un derecho que
debiera ser inmaculado en las anunciadas legislaciones, puesto
que el pluralismo de la sociedad moderna así lo requiere,
dando opción a los diversos modelos educativos que,
de hecho y de derecho, las familias soliciten. Al fin y al
cabo, tan fundamental debe ser la rentabilidad académica,
o sea la mejora de la producción docente e investigadora
del sistema educativo, como la rentabilidad humana que suministra
comprensión y entendimiento en todo aquello que pueda
contribuir a una mayor ayuda mutua entre todos.