De
todas las conjugaciones de los verbos, el futuro siempre
ha sido el más expectante en los labios de hombres
y mujeres. Hubo quien pensó que sólo pertenece
a quienes creen en la belleza de sus sueños. En cualquier
caso, ya desde la eternidad, familias, parentelas, tribus,
clanes, naciones y pueblos, se han movido para conocer y
prevenir su futuro. Hay una cuestión difícilmente
cuestionable. El mundo que viene se construye a base de presentes
y, por ello, serán vitales los pasos dados en el diario
de la vida. En esa construcción hemos de estar como
operarios en activo. Sin la colaboración y cooperación
de todos, caemos en el caos. De entrada, pienso que necesitamos
menos potencias que nos ninguneen y más organizaciones
internacionales que nos aglutinen mediante la regeneradora
escucha receptiva y recíproca, para que se produzca
esa visión-comprensión necesaria para poder
convivir unidos y vivir en armonía. Instituciones
germinadas del consenso, han de poseer fuerza vinculante
suficiente, para respetar y hacer cumplir los acuerdos y
provisiones de las leyes humanitarias, las que protegen los
derechos más básicos de la población.
Considero,
no obstante, que debemos ser muy cautos a la hora de arriesgar
previsiones de futuro, porque nuestra propia historia vivida
nos sorprende en cualquier lugar y tiempo. Es cierto que
la sociedad tiene un elemento cambiante en continuo movimiento,
pero todavía no estamos en condición
de prever qué implicarán esos cambios propiciados
en parte por los flujos migratorios, que nos traen otras
culturas y otros cultivos. En esta dirección, creo
que no hay que tener miedo a los debates, a propuestas de
fondo, a plantear los interrogantes sobre ese amor que ha
decrecido, a interrogarse sobre la libertad que ha sido encarcelada
o sobre esa justicia que ha olvidado su innato fundamento,
el de hacer justicia. Todavía, y tal vez más
que ayer, nos hace falta ese manual de instrucciones para
conseguir que la felicidad tome nuestro cuerpo y anide en
nuestra alma.
Volviendo
los ojos a la actualidad, uno observa que, en los últimos tiempos, nuestras capacidades morales
caminan tan desproporcionadas con las facultades de poder
hacer, que la destrucción ha tomado posiciones hasta
volverse una auténtica enfermedad. El caso del policía
que mató a su ex novia es bien patente. Resultó ser
un representante y profundo conocedor de la Ley Integral
contra la Violencia Doméstica. Sin embargo, él
no hizo caso y tomó una cruel actitud. Es el efecto
de la grave crisis moral que padecemos. La conciencia ha
sido reemplazada por una sensibilidad con molde falso. Por
desgracia, hoy el poder está contra la cultura que
ayuda a vivir, no le interesa la cultura de la vida, juega
con la cultura inmoral. Por citar otro ejemplo de reciente
fecha, ahí está la red de pervertidos “on line” que
campea a sus anchas. Realizado un rastreo caen como cucarachas
en la ratonera. Son una plaga. Ciertamente, cuando no se
tiene en cuenta la ley moral objetiva, poco importa lo demás.
Cuando se prescinde de los criterios éticos, llegando
a escindir el terreno de los valores humanos, hay que temer
cualquier desgracia. Una sociedad que
se precie de estar sana ha de actuar con contundencia ante
hechos de violencia, pederastia o cualquier otro hecho
macabro. De ninguna manera puede tolerar estas desviaciones
propias de animales.
La
memoria vigilante del pasado, que siempre será el
mejor profeta del futuro, debiera ponernos en el camino
de la concordia. El futuro puede ser expectante,
pero la vida vivida cuando bebe de la moral ayuda a vivir
en mejores coordinadas. Las grandes preocupaciones actuales
ahí están. Aún no sabemos si la inmigración
será un problema o una solución a nuestras
vidas. Si el multiculturalismo será capaz de integrarse
sin desintegrarnos. Si la brecha de la desigualdad y el consumo
por el consumo, el nacionalismo y la globalización,
serán asuntos de difícil resolución.
En cualquier caso, nadie pone ya en duda que caminamos hacia
una nueva identidad , con un nuevo modelo de estructura social.
Lo que sería absurdo es olvidarse de los valores morales
que el ser humano lleva consigo, como una auténtica
sombra que le da cobijo y orientación. Y es que el
hombre, bien orientado, siembra la paz a su alrededor; es
pacífico y, a la vez, pacificador. Gentes de paz es
lo que necesitamos. Su grandeza está en relación
directa a la evidencia de su fuerza moral. La que tanta falta
nos hace para caminar.
En
este sentido, los más de dos millares de participantes
en el Foro Económico Mundial de Davos, nos dan una
buena nueva, o lo que es lo mismo, una esperanzadora noticia.
Se van con ideas claras –dicen- sobre cómo aplicar
la creatividad a la solución de problemas globales
y con el cometido de reflexionar sobre los valores que han
de mover el mundo. No faltaron sesiones (con bastante éxito
de público, por cierto) para profundizar en asuntos
tan sugerentes como qué es la felicidad, cómo
mantener una relación estable toda la vida, la moral
en la economía o la tarea educativa de los padres.
Al fin y al cabo, se dice que el futuro pende del aliento
de los niños que van a la escuela. Por si acaso alguien
quiere doctorarse en honestidad, decencia y rectitud, recuerdo
que Aristóteles nos legó este entrenamiento
nada despreciable: “La excelencia moral es resultado del
hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia;
templados, realizando actos de templanza; valientes, realizando
actos de valentía”. Creo que no es mal entrenador
la moral para encauzar el instinto y la cancha del amor para
entrenarse. Me apunto a este entrenamiento. Yo el primero.