Esta
sociedad genera demasiadas víctimas y ofrece
pocos consuelos. Las riadas de dolor y pena se desbordan
en llanto. La calle es un verdadero espejo, donde vemos que
se ha perdido la humanidad y se han ganado barbaries y bravuras.
En estos momentos, el dolor humano, la sensación de
impotencia y los interrogantes profundos, son sentimientos
que invaden a muchos ciudadanos, a los que les falta lo más
importante, seguridad para no temer un futuro que no quieren.
Cuando las víctimas del terrorismo declaran haberse
sentido “moneda de cambio”, en alguna ocasión, los
poderes del Estado, todos a una, debieran empeñarse
en aplacar el ambiente. Hay que sentirse solidarios con los
que sufren, y buscar desde la seguridad jurídica que
nos otorga la constitución, una respuesta que tranquilice
a la población. Es de justicia, qué no se olvide
a esas gentes que han perdido tanto.
Ahí están los irracionales ataques terroristas
que causaron miles de víctimas e innumerables heridos.
Tan salvaje crueldad tampoco puede originar una espiral de
odio y de violencia. Por ello, siempre hay que escuchar a
las víctimas, prestándoles la mayor asistencia
posible, porque la persona sólo se puede rehabilitar
desde el amor comprensivo. No es problema que las víctimas
del terrorismo se manifiesten, uno que lo hiciese ya debiera
ser suficiente para prestar atención al motivo que
le ha llevado a manifestarse; es más, pienso que debe
facilitarse la legalidad a mostrar la queja ante el pueblo,
el desahogo a denunciar un futuro sin temores. Es muy fuerte
que el presidente de la Asociación de Víctimas
del Terrorismo, José Francisco Alcaraz , alce su desconsolada
voz y denuncie a corazón abierto haber sufrido la
muerte física de sus familiares y que ahora se pretenda
la muerte civil. Su grito, cuando menos, debe hacernos reflexionar
a los demócratas.
Ante
la barbarie, uno se queda profundamente turbado, y se pregunta
cómo puede la mente humana actuar así.
No menos me conmueve el dolor de los familiares, que si notaran
nuestra cercanía humana estoy seguro que no saldrían
a la calle a recordarnos que han sido víctimas del
terror de unos asesinos. Esto es lo verdaderamente preocupante,
que se sientan además olvidados. Si en verdad trabajásemos
por la edificación de una atmósfera más
fraterna y solidaria, a pesar de las dificultades y los obstáculos
que pueden encontrarse en este camino obligatorio e impostergable,
tendríamos en cuenta lo que las víctimas nos
digan para confluir en una mayor concordia entre todos. Ahora
bien, de ninguna manera se puede permitir que la actividad
criminal, siempre perversa e injustificable, se convierta
en algo rentable en términos políticos.
El
perdón no puede contraponerse a la justicia. No
es de recibo inhibirse ante las legítimas exigencias
de reparación del orden violado. Por el contrario,
la compasión conduce a la plenitud de una justicia
que pretende la curación de las
heridas abiertas. Es compasivo, pues, poner oído
a lo que digan las víctimas si queremos avanzar. En
cualquier caso, no es una buena noticia para nadie que la
Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT)
vaya por la tercera manifestación en poco más
de un año, con el apoyo de arraigados colectivos.
La paz sólo puede nacer del encuentro de la justicia
con la clemencia. Para ello, me parece que debemos potenciar
otras ternuras desde los gobiernos y otros amores más
verdaderos desde la ciudadanía.