Los
datos son escalofriantes y conmovedores. El mundo no puede
permitir que los niños pierdan la sonrisa de
la inocencia, se les explote y utilice. Unicef España
denuncia que más de cincuenta millones de niños
y niñas de todo el mundo carecen de identidad porque
no se inscriben oficialmente y que otros ciento veintiún
millones trabajan en condiciones peligrosas y con maquinaria
poco segura en fábricas, minas y labores agrícolas.
Una sociedad que no protege y ayuda a sus descendientes,
la verdadera esperanza y el futuro, se desmorona en su propio
terror. Esa si que es una verdadera y repugnante crisis de
humanidad.
Volviendo
los ojos a nuestro entorno más próximo,
se han publicado también estudios, no menos alarmantes,
sobre la inadaptación de hijos de padres separados,
que no pueden conciliar el sueño ante sus aterradores
miedos y espantosas preocupaciones. Únicamente en
la familia el niño cuenta con la protección
necesaria frente a una sociedad predadora que no busca el
interés del niño. Cuando se rompe el vínculo
matrimonial, los efectos pueden ser terribles para la parte
que no tiene culpa alguna, el indefenso chaval al que se
le viene el mundo encima. Debemos, pues, afrontar el hecho
de que no sólo sufren abusos los niños de naciones
decadentes, sino también niños criados en la
opulencia. No son pocas las criaturas que lo tienen todo,
menos el amor de sus padres, la saludable vida familiar.
Hay que defender a los niños defendiendo a la familia.
El
niño no puede ser moneda de cambio. Unos días
con una familia. Otros días con otra. Y, en vacaciones,
con los abuelos. ¿Dónde está la paternidad
y maternidad responsables? En estos casos, el Estado debiera
responder con diligencia. El caso de la orden para investigar
las lesiones de la niña Alba que tardara diecisiete
días en llegar a la Policía , es bochornoso.
De total negligencia. En la misma línea de protección
también debiera cuidarse al niño concebido
y no nacido. El mundo tiene que apostar decididamente por
favorecer una opción positiva en favor de la existencia
humana y del desarrollo de una cultura orientada en este
sentido, que asegure el amparo, defensa y auxilio de los
más débiles. Siento pena del mundo. Porque
el mundo me sabe a tristeza. Una vida sin niños alegres
es una vida sin ternura. Como dijo Tágore: Cada niño
que viene al mundo nos dice: “Dios aún espera del
hombre”. Y con un poco de amor que le demos, -hagamos la
prueba-, ganaremos un corazón.
Ya
sabemos –porque así está escrito- que el
niño tiene derecho a formar parte de una familia semejante
a la familia natural, constituida por un hombre y una mujer;
a crecer en un entorno que le permita el desarrollo de su
personalidad física, intelectual y moral; a no ser
discriminado ni sometido a experimentos traumáticos
y a crecer en las mismas condiciones y con iguales oportunidades
que el resto de sus compañeros que tienen un padre
y una madre. Pues que se cumpla, se obedezca, se acate, se
respete; y, aquel que lo quebrante que se recluya a leer
los versos del conocido poeta Khalil Gibran: “Vuestros
hijos no son vuestros hijos; son hijos e hijas del deseo
mismo de vida; vienen a través de vosotros, pero no
de vosotros, y, aunque están con vosotros, no os pertenecen”.
El que quiera oír que oiga, dice la parábola.