| Si
las personas son el sujeto del desarrollo y su meta es un
imperativo ético, la
adhesión de cooperantes en tierra de ayuda ha de recibirse
como agua de mayo. En consecuencia, cualquier apoyo que contribuya
a sumar fuerzas y a multiplicar acciones de este tipo, debe
hacerse realidad. Por ello, considero que es bueno que la ordenanza
exista, que estas gentes tengan su propio reglamento, que se
cumpla escrupulosamente. A tenor de las andanzas, viendo su
trayectoria de generosidad, es la mejor manera de no predicar
en el desierto y promover en la sociedad española los
auténticos valores cívicos de la solidaridad
que precisa el mundo, sobre todo los habitantes de países
desfavorecidos. El panorama es bien claro: Por un lado están
los que poseen y desarrollan los medios de crecimiento, y por
otro, los que acumulan deudas. El mundo de los cooperantes
existe por necesidad de justicia, porque hay mecanismos perversos
que obstaculizan el desarrollo de los países menos avanzados.
Protegerles, pues, es tan necesario como justo.
Los
cooperantes son como ángeles protectores, dispuestos
a llevar optimismo donde sólo germina la tristeza. Admiro
sobremanera el brío de esperanza que llevan consigo,
el afán y el desvelo que les mueve por barrer la desmoralización.
Es una forma de andar injertando sonrisas de vida a los que
sin vida viven. Ahora el Gobierno aprueba su Estatuto, mediante
el que se reconoce el trabajo de este colectivo y se dota a
la cooperación española de instrumentos para
que su labor sea más efectiva. El afecto de la admiración
ciudadana ya lo tenían. Seguramente contribuirá lo
reglado a aumentar el vocacional orbe de los cooperadores.
Pienso que es bueno para el mundo cooperar cada vez más
eficazmente en la tarea de extender el brazo para que se apoyen
en él, los que ya no pueden ni mirar al cielo, porque
hasta los ojos le pesan una eternidad. Participar la luz para
recorrer juntos el camino es una ilusión por la que
vale la pena luchar. Trabajo no les falta a los cooperantes.
Estamos saciados de sufrimientos, incertidumbres y penas. Ellos
ponen el corazón lleno de amor al servicio de los necesitados,
han de ponerlo sin interés alguno para ser verdaderos
cooperadores cooperantes de causas que una buena parte de la
tierra considera perdidas. Su carné de identidad, no
es otro que el de la generosidad en el más puro verso.
Son servidores de la vida porque la sirven en lugares en que
sólo habita la muerte. Se precisa amar mucho para ir
a esta guerra.
Por
ello, estimo mucho su valor y su valía. Más
que reconocerles la tarea reglando su labor, que está bien
que se haya hecho, conviene ante todo conocerles y emplearse
como ellos. Imitarles, en suma. Está permitido el plagio.
Ser operantes y cooperantes es razón de vida. Todos
los vivos, en virtud de la existencia, somos corresponsables
de auxilio. En cualquier caso, creo que para ser cooperante
más que persona física hay que ser persona humana.
Condición primera. Tampoco hace falta ser mayor de edad
para arrimar el hombro. En cuanto a poseer acreditada formación
o titulación académica oficial, prefiero gentes
con conciencia que es la que en verdad produce frutos. Tan
importante es la cooperación material como la espiritual.
No lo olvidemos. Cuando se vive la colaboración, cuando
se crece en la cooperación, se ayuda de manera objetiva
a vivir y no vegetar.
El
testimonio de vida del cooperante, cuando en justicia es
como el poeta que sale a cosechar estrellas para iluminar
horizontes, es un apoyo que perdura como el verso. Poco importan
las experiencias profesionales si el corazón se para o se pierde en programas
o proyectos. A veces habrá que sacrificarse, beber sufrimientos,
llevar la cruz del dolor consigo y junto a ellos, dando nuestra
propia vida en servicio de otras vidas. Los solidarios cooperantes,
son héroes que han sabido interpretar y leer en el libro
del universo ¡Qué mayor docencia! Si mayor felicidad
hay en dar que en recibir, también mayor gozo hay en
donar vida que en tomar bienestar –le oí decir a un
cooperante. Sólo hay que ponerlo a prueba para vivirlo.
Me
consta que son miles de cooperantes españoles los
que realizan un trabajo de entrega generosa, de ayuda incondicional
a países en desarrollo. Por desgracia, abundan los ejemplos
de obstáculos a la solidaridad del cooperante debido
a posiciones políticas e ideológicas que, en
la práctica, impiden o limitan que se hagan realidad.
En este sentido, que los cooperantes tengan mayor seguridad
y dignidad en el desarrollo de su trabajo, es una cuestión
de razón que los gobiernos han de tratar de paliar.
El Estatuto puede ser un buen respaldo. Hay que llevarlo a
la práctica. Por tanto, puede ser un paso adelante el
que se defina el concepto de cooperante y se regulen sus relaciones
jurídicas, como el que se potencien políticas
y programas que instauran relaciones abiertas y honestas entre
los pueblos, forjando alianzas justas de cooperación
sincera. Pero, sin desoír, o desestimar, otras formas
solidarias. Se me ocurre la de los misioneros. Tales iniciativas,
unas y otras, todas copartícipes del bien para toda
la humanidad como mensajeros que son del amor, no han de ignorar
las diferencias reales que tenemos los unos con los otros,
de carácter lingüístico, racial, religioso,
social y cultural; tampoco se debe desconocer la ley del hielo,
tan propiamente humana, que nos dificulta superar antiguas
divisiones; pero siempre hay que poner en primer plano los
elementos que nos pueden unir, por pequeños que puedan
parecer.
Si
en los misioneros su motivación es el amor evangélico
a Dios y al hombre, con atención primordial a lo que
en él tiene valor prioritario: su alma, donde se juega
el destino eterno del hombre: “¿Y qué aprovecha
al hombre ganar todo el mundo y perder su alma?”; en los cooperantes
también su estimulación ha de ser la de ser sembradores
de éticas. El motor siempre es el mismo, el amor. Esto
no cambia. Sin amor no puede existir la cooperación,
ni el cooperante. Por eso es tan complicado establecer una
relación laboral equiparable al servicio cooperante.
Sobrepasa toda regla, aventaja a toda norma, supera toda jornada
de trabajo. Ser cooperante hoy en día, aparte de ser
una imperiosa necesidad, es estar en guardia permanente. Es
una actitud de vida que no puede, ni debe, equipararse con
profesión alguna. Sin embargo, considero que es de justicia
que los Estados estén como sombras protectoras, respaldando
a los cooperantes para que la cooperación no sea malentendida,
ni tergiversada políticamente. En cualquier caso, advierto
que vivir con esos nobles ideales de cooperante, tomar por
bandera este alto compromiso social, es una santa misión
o una salvadora hazaña para llevarla a los altares de
la admiración; puesto que la lucha internacional, por
el desarrollo y la erradicación de la pobreza, es un
deber que a todos nos obliga. |