| A los Hermanos
de la Hermandad,
por hacer de la fe la fuerza de
su vida.
Cuando
me propusieron escribir sobre la Virgen de las Angustias,
pensé en dar lo mejor de mí,
como lo da nuestra protectora Madre a todos nosotros. Es lo
mínimo que puedo hacer como gratitud a tantas gratitudes
suyas. Más que nunca me siento vivo para transmitir
sentimientos de vida. Se vive porque se cree en algo y yo así lo
siento. A pesar de vivir en la era del utilitarismo, servidor
no ha perdido la fe en el pueblo. Sería tremendo perderla.
Y, aunque parece que todo tiene que tener una utilidad, la
cuestión de la fe empapa desiertos y mueve piedras.
Sin embargo, es cierto que muchas gentes hoy en día,
ante las tradiciones cristianas parecen estar dispuestos a
reconocer su atractivo festivo histórico, pero luego
acaban por preguntar: ¿Para qué sirve llevar
en procesión a la Virgen ? ¿Es un deseo de figurar
o es verdaderamente una devoción? ¿Por qué y
para qué vale la pena creer? A semejantes preguntas
se puede responder de muy variadas maneras, puesto que la utilidad
de la fe, a poco que miremos hacia dentro de nosotros mismos
con los ojos interiores de nuestro propio corazón, notaremos
una gozosa sensación que no es comparable con bien
material alguno. Esa
piadosísima Virgen que vive en la Carrera , que
es tanto como decir en el corazón de todos los granadinos,
angustiada por nuestras angustias y alegre por ser nuestro
consuelo, nos pone en bandeja la resolución sobre lo útil
que resulta buscar el sentido y rebuscar la verdad de lo que
yo soy o de lo que puedo ser. Sólo hay que mirarle en
silencio a la cara, con plena libertad y con mucho amor al
amor de la vida, ver cómo lleva a su Hijo entre sus
brazos, escuchar lo que nos dicen sus labios y no distraerse
para no perder el paso de la mística y tropezar, en
cualquier esquina, con la piedra del consumo. Si una silenciosa
cosecha reverdece el campo de poemas, la fe nos amanece a la
poesía. Ella, nuestra Madre entre todas las madres y
con todas ellas, es el verso más níveo y el latido
más profundo. Su lenguaje nos habla de que la fundamental
utilidad de la fe está en el hecho mismo de haber creído
y de haber confiado.
Creyendo
y confiando en la Señora , el camino se hace
más llevadero. Este fervor popular tiene un sentido
casi innato de lo sagrado y de lo trascendente. La unión
armónica del mensaje cristiano con la cultura de un
pueblo, es un motivo más de la estima de los granadinos
hacia la Virgen de las Angustias; Madre que fue pobre entre
los pobres, que sufrió mucho, y, a pesar de los pesares,
fue paciente y mansa. Si durante el año, la basílica
es un lugar de encuentro y oración, o cuando menos de
parada; el día de la procesión lleva consigo
la intensidad de las emociones, de los diálogos profundos
y de los gemidos inefables. Nuestra santidad, que es profundamente
antropológica, está enraizada en el ser humano
que se reconoce a sí mismo como un ser ético,
capaz de actuar según los criterios del bien y del mal,
y no solamente según la utilidad y el placer. Se reconoce,
igualmente, como un ser religioso a través de las diversas
manifestaciones de fe. En consecuencia, sacar en procesión
a la Patrona , embellecida por las rosas que se donan, verdadero
racimo de esperanza vivida, es una confirmación más
de que la virtud existe y que tiene muchas bondades que revelar.
Septiembre
con la procesión de la Virgen de las Angustias,
los diversos cultos y la ofrenda floral, representa el testimonio
perenne de que todavía tenemos la misma conciencia de
Abraham, el cual siguió la voz de Dios que lo llamaba
a emprender la peregrinación de la fe. La Madre va en
cabeza con su Hijo. No hay mejor estrella para llevarnos al
Creador. El pueblo va detrás. Es una estampa inenarrable.
Refrenda que sus gentes siguen en el camino, que van por las
rutas del Evangelio en dirección a un mundo más
humano, más de Dios. Quizás nos falte el valor
para sembrar el gozo. También pienso que habrá gente
que quiera eliminar estas marchas devotas y que otros deseen
multiplicarlas. Entre los dos extremos, siempre está la
posición intermedia; que –como dijo Quevedo- el amor
es fe y no ciencia. Pongamos, pues, a buen remojo la tolerancia.
Que el amor nos exige tener, hacia la fe de los demás
o hacia la fe de los que la rehúsen, el mismo respeto
que se tiene por la propia.
Hay
que reconocer un hecho histórico. La historia está crecida
de pruebas en este sentido. Caminar en procesión, acompañar
a la Madre por las calles de Granada, tiene cierto privilegio.
Ha ayudado a la gente, durante siglos, a encontrar las respuestas
a las preguntas que todos alguna vez nos hemos hecho, o nos
hacemos a diario, sobre el camino recorrido, el sentido de
nuestra vida, del sufrimiento o de la misma muerte. Hoy también
puede darnos una luz positiva al proceso de la migración,
este peregrinar bajo el manto de la Purísima , donde
todas las gentes se pueden cobijar. Granada, con la Virgen
de las Angustias como patrona, es un buen lugar para que las
culturas se comprendan y se entiendan. Por mucho que la ciudad
sea un crisol de civilizaciones, hay un denominador común
ante el eterno y último destino del hombre. Desde luego,
será saludable vivir la marcha en comunión, que
nadie se sienta extranjero, puesto que todos los humanos esperan
de las diversas religiones la respuesta a los recónditos
enigmas de la condición humana. Con las angustias de
la Virgen en el alma, pero también con las sensibilidades
de la unión fraternizadas, podremos interiorizar mejor
el misterio de la Cruz y exteriorizar más puramente
la fe heredada.
Sacar
en procesión a la Virgen de las Angustias, como
ya nuestros antepasados lo hicieron, y también los antepasados
de nuestros antepasados, debe servirnos como reflexión.
Ella, insisto, vive en el alma de Granada y en la de todos
los granadinos; es la Madre comprensiva que nos llama a la
fiesta de la belleza, que nos hace brotar lágrimas del
corazón, poesía viva que es oración pura. ¿Qué mayor
utilidad que el pueblo salga a peregrinar su fe, la gozosa
esperanza y el amor que se enciende como antorcha de luz? La
cuestión está en saber mirar lo invisible y ver
la alegría que siembran las gentes hacia la Señora
, donde la multitud escribe un poema interminable, latido que
sólo puede nacer de una experiencia espiritual intensa
y consoladora.
Mejor
que nadie sabe de nuestro dolor y alegrías. Llena
de ternura, como buena Madre de Dios y nuestra, nos acompaña
en todas las pruebas que la vida nos pone en el camino. Por
eso, la actitud de sacarla en procesión, no puede ser
otra que una actitud impregnada de reverencia y ofrenda. Sin
este componente interior corremos el riesgo de que los gestos
simbólicos degeneren en costumbres vacías, que
entonces no tendrían sentido alguno; y, en el peor de
los casos, en la superstición tan propia del mundo actual.
Necesitamos raíces sólidas para sobrevivir en
el árbol de la vida. Debemos cuidarlo como el poeta
cuida la palabra y regar la humana planta con la autenticidad
del verso. Considero que sólo la razón creadora
es lo único que puede ayudarnos a no rechazar a Dios,
manifestada en la Virgen de las Angustias que porta al Hijo
y en el Hijo crucificado como amor. |