No
me gustan esas crecidas económicas
que esclavizan, tan propias del momento actual, que se mueven
por el imperio de la ambición, ni tampoco empleos deshumanizadores,
que no tienen en cuenta a la persona como tal. Es como crecer
en el vacío, a pesar de que celebremos a San Valentín
con buena mesa y flores, haciendo brindis a un amor más
desvirtuado que el medio ambiente. La presentación de
un estudio reciente del Instituto de Estudios del Capital Social
(INCAS) del Centro de Investigación y Desarrollo Empresarial
(CIDE) de la Universidad Abad Oliva CEU, sobre la importancia
del matrimonio, la paternidad, la maternidad y el parentesco
para el Estado de bienestar y el crecimiento económico,
pone de manifiesto una serie de conclusiones sobre los efectos
de la legislación elaborada en el marco de la ideología
de género y de la cultura del deseo, que pueden servirnos
como reflexión.
La
institución del padre y la madre y la realidad biológica
hombre-mujer pasan a un segundo término, sustituidos
por los “progenitores” y “cónyuges” asexuados en cuanto
a concepto, y abiertos a cualquier práctica sexual.
Atrás queda, o se pretende que permanezca, el auténtico
pacto conyugal; donde los cónyuges (hombre-mujer) veían
claro que el verdadero amor no es tal, si no es fiel, o lo
que es lo mismo, honesto consigo mismo y con su pareja. Esto,
claro, exige un compromiso pleno y además duradero,
nada menos que hasta la muerte. A esta idea, por desgracia,
también ha llegado la corrupción y todo se supedita
al propio bienestar egoísta. El amor hombre-mujer se
queda más en un sueño de poetas que de vida.
Lo de vivir el uno para el otro el amor matrimonial, para si
mismos y para la familia, comporta algo más que unir
cuerpos, consiste, sin lugar a dudas, en acrecentar la mutua
donación con la práctica del alma. Creo que se
equivocan quienes piensan que al matrimonio le es suficiente
un amor asexuado, o un recordatorio por San Valentín.
El amor no es un producto de consumo, sino un verso que sale
del corazón para unirse a otro verso y formar el más
bello poema interminable.
Otro
de los efectos que subraya el citado estudio, es que las
mujeres dejan de ser valoradas por si mismas y pasan a formar
parte de una “clase” y ser presentadas en bloque. Me
parece una verdadera estupidez lo de clasificar y poner en
unidad lo que es la singularidad de cada persona, deformando
valores propios de la feminidad. A las mujeres hay que valorarlas
por su propia naturaleza, primero porque la historia les pertenece
por sus heroicas acciones, aunque se escriban como conquistas
del hombre, y después por su servicio a la vida, a la
continuidad de la especie. No se puede presentar como una masa
lo que es un corazón, ni tampoco trivializar la sexualidad
con el desenfreno y la irresponsabilidad, algo que perjudica
sobre todo a la mujer. En una sociedad que sigue los pasos
del vicio, el amor de usar y dejar tirado a la persona, se
acentúa la tentación de recurrir al aborto. Y
aquí, una vez más, es la mujer la gran perjudicada.
Ha de soportar el peso de su conciencia que le recuerda siempre –así lo
manifiestan muchas víctimas- que ha quitado la vida
a un hijo.
En
esta cultura del deseo, la configuración legal de
la teoría de que no existen hombres y mujeres sexualmente
hablando, sino múltiples opciones sexuales, dejan totalmente
vacío de semántica el matrimonio. Pasa a ser
un contrato que por definición puede ser estéril
y disuelto por deseo unilateral, una forma de convivencia confusa,
débil e inestable. Lejos está quedando ese matrimonio
que vertía sobre la sociedad valores de solidaridad
y respeto, de justicia y perdón. Considero, pues, que
la familia fundada sobre el matrimonio, ha de volver a reconocerse
en su identidad y ha de aceptarse como bien social. Cuando
se confunden las expresiones del corazón, bien saben
aquellos en verdad enamorados, que el amor se aleja. Mal sueño
es, lógicamente, que sólo cuenten los apetitos
y se excluya, a la hora de emparejar, aquellos puros latidos
que tantos versos engendraron a la vida.
La
mejor manera de desarrollarse, desde luego, pasa por ascender
al verdadero amor, ensanchar el corazón de su pureza,
extender sus métricas y expandir sus fuegos de luna
y sol. Quizás más que nunca el amor hace falta
que se abra a la existencia. Cuando todo se basa en producir
y disfrutar, sin tener en cuenta los sentimientos de las personas,
más pronto que tarde se camina a la deriva. Lo mismo
sucede con el excesivo encerramiento en sí mismo que
se vive, algo que tiende a extinguir el positivo amor, por
muchos festines que hagamos a la pasión. La entrega
total al amor es otra cosa, tiene unas notas peculiares de
exclusividad, fidelidad, permanencia en el tiempo y apertura
a la vida, que es lo que a diario debemos avivar. Realmente,
con tantas fuerzas contrarias que a veces parten hasta del
mismo poder legislativo, es preciso anunciar con renovado entusiasmo
que el amor de la familia, cuando crece sana, es un camino
de realización humana y espiritual, que nos llena por
dentro y por fuera. Este anuncio, hoy en día, está siendo
desfigurado por falsas concepciones de progreso que no respetan
algo tan innato como es el universo de los afectos.
La
inadecuada valoración del amor conyugal inestabiliza
la vida familiar y, por ende, a la misma sociedad. A esto hay
que sumar que España es el único país
de la Unión Europea que destina menos del 1% del PIB
a la familia, según las conclusiones del Informe de
Evolución de la Familia en España 2006 que presentó el
Instituto de Política Familiar. Añadimos también
que la tasa de hijos de madres solteras, o de abortos, se ha
disparado a cotas sin precedentes ¡Ay, San Valentín,
qué vacíos andamos y que poco amor ofrecemos!
La familia más que una comunidad de amor y de solidaridad
ha pasado a ser una comunidad de intereses, porque el amor
tiene fecha de caducidad, y uno de cada siete hogares, se ha
convertido en un hogar solitario, según el citado Instituto.
Esto pasa por no inculcar los valores de saber amar para ser
amado y pensar a ciegas, sin una noción recta y realista
de la libertad responsable en relación a la alianza
matrimonial, como capacidad de escoger y encaminarse a ese
bien que es la donación conyugal. Me niego a que todo
se reduzca, intencionadamente, a una confusión de lenguajes. |