Marzo
ha de ser un mes de recuerdos, espero que así lo sea para avivar la reflexión, aunque
bien pensado todos los caminos suelen conducirnos a lo mismo:
a las evocaciones o a las preguntas. Cualquier opción,
menos la pasividad, me sirve. Por otra parte, estimo, que vivir
por sí mismo ya es participar en la existencia; en una
vida que debiera considerarse como ofensa renunciar a ser útil
a los desprovistos de voz o un acto de cobardía asentir
al lenguaje de los indignos. Reconozco que, lo de hacer familia
en familia, siempre ha sido en mí un fascinante enganche
poético. Esto, a mi juicio, es lo que se ha querido
hacer con la sanción del Tratado de Roma, un veinticinco
de marzo de 1957: afianzar el linaje europeísta. Luego
pasó lo que ahora pasa, que medio siglo después,
la tan vociferada cercanía es una unión interesada,
o sea son cariños de farsa. Resultado de todo ello,
un breviario de buenas intenciones pero de nulas acciones.
Pasemos revista al digesto, cincuenta años bien merecen
un pensar en alto y un decir en hondo, previo tomar las debidas
digestiones de templanza y afecto, para que el lector entienda
lo confundido que estoy y lo confuso que veo el panorama.
Para
empezar, me encuentro con una Europa sin ley, que no quiere
saber nada de dioses porque se basta por si misma, pero que
ha sido incapaz de promulgar una ley de leyes, a mi juicio
tema vital para el entendimiento de todas las culturas y
para el acercamiento de todas las almas. Sería saludable
tener una fe de vida común, sobre todo para ahuyentar
los grandes peligros destructivos que se ciernen sobre el mundo.
Europa hoy por hoy no la tiene. Al menos yo no la percibo.
Si algo ha prosperado, por desgracia, en este mundo globalizado
ha sido la amenaza del terrorismo, esta nueva guerra sin cuartel
y sin fronteras. Se ha deslucido a la persona de toda esencia,
lo de ser imagen de Dios también es agua pasada, cuando
es lo que verdaderamente confiere dignidad e inviolabilidad
al ser humano. Los mandatarios de la Unión le dan más
importancia a políticas de poder que a energías
morales que son clave para el diálogo y no digamos lo
que facilitan la convivencia. Pues nada, los moralismos son
raíces cortadas o son cortes de manga. Resultado de
todo ello: que se enfrentan maneras de entender la vida que
no casan para hacer familia, porque es un verdadero conflicto
cultural que convivan concepciones que no tengan claro la semántica
de la justicia, el lenguaje de la libertad o la misma cuestión
religiosa.
Otra
de las tareas pendientes de la Unión Europea es
que se acrecientan los desniveles en derechos esenciales. La
Europa del esperpento nada garantiza y poco consolida, protege
a algunos y promueve más bien distinciones que nos distancian.
La digna calidad de vida no es igual para todos. El mundo de
los ganadores se aprovecha descaradamente del mundo de los
perdedores. Cuando se prescinde de la fuerza moral es difícil
adaptar, o adoptar, políticas de orden. Ahí está el
tema de la inmigración, o el mismo calentamiento del
planeta, rebasando toda paciencia. ¿Dónde están
esas normas de familia, si queremos que europea sea una familia,
para hacer justicia? Más que trazar grandes objetivos,
pienso que se necesita primero, y sobre todo lo demás,
tomar en consideración a cada ciudadano, puesto que
es la mejor manera de prevenir riesgos. No se puede hablar
de estabilidad en una casa que todavía no tiene normas
de gestión comunes, ni tampoco tiene claro su espacio
geográfico, o que no cultiva en primerísimo orden
el respeto sagrado a la persona.
Me
da pena que Europa, desde su universalidad de pueblos no
sea capaz de enriquecerse, y no tome como suyas las armas
de la justicia y de la verdad para consolidarse como una
auténtica
estirpe cultural en el mundo, aportando una propuesta firme
de primacía del ser humano en la elaboración
de toda norma. Si queremos hacer familia y construir una sociedad
más humana, tenemos que abrirnos a los demás
con la solidaridad comprensiva, creo que no debemos cansarnos
de abrir nuestro corazón a los derechos humanos. Superar
viejos nacionalismos, donde únicamente espiga el egoísmo,
es tan urgente como necesario. En la Europa del futuro tenemos
que contar todos y todos hemos de sentirnos arropados. Ese
es el horizonte a conquistar, piensa servidor.
Al
día de hoy, la sensación que tengo como observador
de esta Europa heterogénea, a mi juicio acomplejada
y compleja, es que resulta bastante difícil avanzar
en unos valores que se han perdido en beneficio de una absurda
actitud de orgullosa autosuficiencia y en una no siempre transparencia
de la vida pública, lo que contrarresta entusiasmo y
seguridad. Sin duda, nos falta espíritu europeo, crecernos
como Europa y creernos familia europeísta, un valor
que no se alcanza preso a los comportamientos consumistas o
a las nuevas idolatrías. Si queremos ser un continente
abierto a la cultura, al saber y al progreso social, hay que
forjar una norma común que implique la participación
de los ciudadanos. Darle contenido sobre la base de la herencia
recibida está bien, pero Europa debe proseguir en su
arranque de estéticas y éticas. Tras medio siglo
de camino, pienso que es el momento de avivar un nuevo rumbo
en la solidaridad, poniendo en valor, por encima de toda audacia,
los valores humanos, que han de estar de manera ejemplar en
los que capitanean las instituciones, para que puedan enraizarse
en los ciudadanos, sin obviar de ninguna manera la dimensión
religiosa que estará siempre, mal que nos pese, en la
raíz de todo ser humano. Además, considero que
toda sana cooperación, y el enraizamiento cristiano
lo es a raudales esperanzador, fortalece relaciones. En consecuencia,
me cuesta entender que se desprecie esta colaboración,
por otra parte enraizada al árbol de la existencia.
No existe una mejor prueba del progreso europeísta que
la del progreso de la participación en la medida que
fomenta la alianza de la complicidad. La necedad siempre fue
el mayor de los esperpentos. |