Dicen
que España será en el 2050
el país más envejecido de la Unión Europea.
No se si esto contribuirá a aumentar entre los españoles
el extendido complejo de culpa que tanto hoy en día
se confiesa a los psicólogos, por poner barreras a la
procreación. Asimismo ignoro si el deshielo del Ártico,
causado según todos los indicios por el calentamiento
global, incrementará también nuestra culpa por
descuidar el medio ambiente. De igual modo, pienso en aquellos
colectivos que concurren a la formación y manifestación
de la voluntad popular, si con sus agitaciones nos harán
volver a tropezar con la desesperación. Son muchas y
variadas las atmósferas que pueden acomplejarnos, tanto
en un presente más inmediato como en un futuro próximo.
O tal vez no tantas. Cada vida tiene su modo de vida y hay
que respetar su singularidad. Lo que para una persona no violenta,
todo el mundo es su amigo; para una persona violenta, todo
el mundo es su enemigo. Seguramente no es ni lo uno ni lo otro.
En
uno de sus cuentos dice Azorín que lo más
misterioso de la vida es la realidad de la que formamos parte.
Bueno, pues a servidor lo que realmente le interesa es saber
que hay detrás de ese azul inmenso o que hay delante
de esa mirada invisible; en definitiva que hay de verdad o
de mentira en tantos complejos de culpa que nos salpican la
cara. Confesaré que, por repetitivos, llega este sentimiento
culposo a confundirme con la bestia. Reconozco que este desorden
humano, donde los políticos y las políticas se
llevan la palma del fuelle más endemoniado, o las verdades
inducidas por la razón, me interesan mucho menos que
esa otra existencia poblada de sensaciones edénicas.
La receta de Galdós, en la que se prescribe que “y o
no tengo la culpa de que la vida se nutra de la virtud y del
pecado, de lo hermoso y de lo feo”, me impulsa a rebuscar otros
horizontes donde habiten menos monstruos y más poesía.
Actualmente
se ha popularizado lo de tener complejo de culpa por casi
todo. Parece como si nos hubiésemos vuelto
unos bichos raros, totalmente perturbados. Está bien
admitir la culpa en lo que uno sea culposo, sobre todo para
cambiar de vida, pero de ahí a que sea algo obsesivo
debe mediar un trecho; de lo contrario es como crucificarse
de por vida. No merece la pena castigarse porque sí o
volverse un ser diabólico, hay que disfrutar de los
colores de las uvas solares y de los racimos de estrellas que
se pintan a diario sobre la existencia. Advierto que estos
viajes por la vía láctea, aparte de baratos,
cómodos para el cuerpo y sanos para el alma, son los
sueños más gratificantes y las ambiciones más éticas.
Estoy seguro, que si estas sacralidades de la vida, o poéticas
para los no creyentes, las contemplásemos con el corazón
vertido, tomaríamos la flor de la bondad como cayado.
El problema es que hay que dejar el mundo de lo aparente, donde
se cuecen un aluvión de complejos porque el hombre no
es Dios, para ir a la interioridad de las cosas y descubrir
la belleza como salvavidas.
Una
buena manera de conseguir esa interiorización para
quitarse los complejos que tanto nos ensombrecen las sonrisas,
podría ser acudir al permanente arte y a la semántica
de los pensadores. Tápies, por ejemplo, ha sido uno
de los artistas que ha hecho de la materia degradada una luz
de vida. Claro que hay un remedio para borrar de los labios
la culpa, reconociéndola podremos revivir a la alegría
como esa pintura de Tápies que sonríe a la belleza.
Todos tenemos necesidad de lenguajes puros donde reposar complejos,
para recobrar sosiegos perdidos, con nosotros mismos y con
los demás. Al cabo de un siglo he venido a darme cuenta –dice
Ayala en una entrevista- de que la llamada realidad no existe,
pues solamente existe cuando se la toma en cuenta intelectual
o intelectivamente al menos.
A
lo mejor tendríamos que hacer otras catas a la vida
y ser mejores vivientes. Es cierto que el mundo actual ayuda
bien poco, en parte porque hace oídos sordos a ese instinto
religioso que todos llevamos dentro, la sociedad nos ha hecho
creer que somos dioses y nos ha condenado a un vacío
persistente y a una violencia increíble, donde el ser
humano apenas tiene valor alguno. En una palabra, parece que
se haya perdido el sentido moral de la vida, pero se nos ha
injertado un fuerte calvario, acrecentando los complejos de
culpa. Por esa pérdida de orientación, donde
el alimento del rencor y la venganza tantas veces se sirve
en bandeja, sería legítimo avivar el espíritu
de perdón y menos complejos de culpa.
Hay
otros sentimientos de culpa que, en los últimos
tiempos, se han activado. No pocas mujeres, por cierto más
que los varones, confiesan el penoso desafío de tener
que compaginar su misión de madre con su actividad laboral.
La angustia aumenta cuando se piensa que se está delegando
una responsabilidad maternal que es intransferible. Hay que
reconocer que la ley de conciliación laboral ha quitado
algunas penas. Volviendo a la familia, por aquello de ser la
primera educadora y los primeros asistentes de sus hijos, qué me
dicen cuando les sale un retoño con comportamientos
violentos. Ante esas conductas agresivas, quizá piensen
que podrían haber actuado de otra manera cuando eran
pequeños y pueden llegar a sentirse culpables por no
haberlo hecho de otra manera… Nadie me negará, que en
los tiempos que vivimos, son innumerables las situaciones culposas
que pueden dársenos, hasta el punto de enraizarse en
nosotros tan profundamente de llegar a convertirse en algo
tan enfermizo como el autorreproche constante.
Por
si le sirve al lector lo que yo hago en estos casos, diré que
cuando a mis habitaciones interiores se presenta el sentimiento
de la culpa, suelo abrir las ventanas y tomar unos baños
de silencio para cuestionarme por qué hice lo que hice.
Pienso que no hay que hundirse en el desasosiego, mejor sosegarse,
y mucho menos enterrarse en el sufrimiento. Muerto es imposible
pedir perdón y poder reparar el daño causado.
Debemos aceptar los sentimientos de culpa como algo normal,
pensar que somos humanos, e intentar pararse a pensar cómo
podemos mejorar. No vaya a que el tren pase de largo por no
reconocernos humanos. |